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Tu nombre me sabe a hierba

6 de Mayo de 2008. Por Secretarí­a

GERARDO SOTELO

La marcha mundial por la liberalización de la marihuana también recaló en nuestras costas. Otra vez en el Molino de Pérez, unos tres mil jóvenes reclamaron su derecho a consumir y plantar la hierba sin riesgo de terminar en un calabozo o en la cárcel.

La discusión en torno a la prohibición de ciertas sustancias psicoactivas es tan neurótica y prejuiciada que dificulta cualquier consideración medianamente sensata del asunto. El discurso público reproduce tales extravagancias. Así, se la denomina “las drogas” (como si no hubiera otras, tanto o más perniciosas, de curso legal), “el problema de las drogas” (como si sólo fuera posible un consumo problemático), “los jóvenes y las drogas” (como si fuera un asunto ajeno a los hábitos de los adultos) y antes de que se pueda esgrimir cualquier matiz, aparece el fantasma de la adicción y el narcotráfico.

Los procedimientos argumentales son groseros pero efectivos. De momento, han logrado marginar las voces de quienes creen que el camino de la legalización opera a favor de la responsabilidad individual, la libertad y la verdadera profilaxis. Además, lo han hecho sin esgrimir una sola razón que permita saber a ciencia cierta por qué un vendedor de drogas se llama bolichero y otro narcotraficante. ¿Es por sus efectos sobre la conducta del consumidor? ¿Por su grado de adictividad? El discurso convencional logró invertir la carga de la prueba: en lugar de ser los prohibicionistas los que deban explicar las razones de tan arbitraria e ineficiente censura, son sus víctimas las que tienen que justificar por qué están reclamando respeto por sus derechos.

La respuesta recuerda lo que decían los militares y sus acólitos durante la dictadura: “¿para qué quieren democracia? ¿Para que vuelvan los atentados y las huelgas?” Así las cosas, ¿para qué habríamos de querer “más drogas”? ¿Para que haya más delincuencia y adicciones? La idea de que la mayor libertad es el germen del relajo y la anarquía, no pasa de ser un prejuicio probadamente falso. Lo que destruye la vida familiar y comunitaria así como las instituciones democráticas, no es la disponibilidad de ciertas sustancias sino las leyes absurdas, los burócratas bienmandados, la doble moral, los gobernantes y policías corrompidos por los narcodólares y las mafias creadas por la ilegalización.

Ahora que rememoramos los cuarenta años del mayo francés y la revuelta generalizada del 68, deberíamos pensar dónde se encarnan en nuestros días los valores decrépitos que aquellos jóvenes ayudaron a sepultar. Esa moralina que censura por peligrosa toda alteridad y toda ausencia de la realidad, esa versión momificada del ser humano según la cual la única dimensión de la existencia es nuestro ser colectivo y civilizado, alejado de su dimensión lúdica, cósmica y animal.

La mejor manera de reflexionar sobre los riesgos del consumo abusivo no es bajo la coacción represiva sino bajo el estímulo de la libertad y la responsabilidad individual. Después de todo, es una práctica que acompaña a los humanos desde los albores de la civilización y lo seguirá haciendo, dentro o fuera de la ley.