Artículos etiquetados con ‘Liberalismo’

Evento: Visiones sobre el Liberalismo

10 de Junio de 2008. Por Secretarí­a

La Fundación Libertad y el Centro de Estudios Jean François Revel tienen el agrado de invitarlos al evento “Visiones sobre el Liberalismo” a realizarse el miércoles 11 de junio de 2008 a las 19:30 horas en el Centro de Investigación y Desarrollo de la Universidad Católica, Av. 8 de octubre 2801, piso 2.

El Liberalismo es una corriente de pensamiento de fundamental importancia en la formación de las sociedades contemporáneas. La defensa de los derechos individuales, el Estado de Derecho, la democracia, la sociedad abierta, la no intromisión del Estado en la vida de las personas, la libertad económica, impuestos bajos, han sido desde siempre rasgos de distinción de los liberales de todas las épocas. Entendemos que la difusión de estas ideas es trascendental para nuestro país, ya que una mejor comprensión de la Libertad ayudará a que podamos encarar las reformas que necesitamos para avanzar hacia una sociedad más libre y justa.

La presentación estará a cargo de Hernán Bonilla, Vice-Presidente de la Fundación Libertad. El panel de expositores estará integrado por Alberto Benegas Lynch (h), Presidente de la sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de la República Argentina, Ignacio de Posadas, ex-Ministro de Economía y Pablo Da Silveira, Presidente del Centro de Estudios Jean François Revel. El moderador será Gerardo Sotelo, periodista de canal 10, Radio Sarandí y diario El País.

Muerte y resurrección de Hayek

24 de Abril de 2008. Por Secretarí­a

MARIO VARGAS LLOSA*

Si tuviera que nombrar los tres pensadores modernos a los que debo más, no vacilaría un segundo: Popper, Hayek e Isaías Berlin. A los tres comencé a leerlos, hace 20 años, cuando salía de las ilusiones y sofismas del socialismo y buscaba, entre las filosofías de la libertad, las que habían desmenuzado mejor las falacias constructivistas (fórmula de Hayek) y las que proponían ideas más radicales para lograr, en democracia, aquello que el colectivismo y el estatismo habían prometido sin conseguirlo nunca: un sistema capaz de congeniar esos valores contradictorios que son la igualdad y la libertad, la justicia y la prosperidad. Entre esos pensadores, ninguno fue tan lejos ni tan a fondo como Frederich von Hayek, el viejo maestro nacido en Viena, nacionalizado británico, profesor en la London School of Economics, en Chicago y en Friburgo —en verdad, ciudadano universal—, que acaba de morir, en sus luminosos 92 años, y a quien el destino deparó acaso la mayor recompensa a que puede aspirar un intelectual: ver cómo la historia contemporánea confirmaba buena parte de sus teorías y hacía añicos las de sus adversarios.

De estas tesis, la más conocida, y hoy tan comprobada que ha pasado a ser poco menos que una banalidad, es la que expuso en su pequeño panfleto de 1944, The road to serfdom (Camino hacia la servidumbre): que la planificación centralizada de la economía mina de manera inevitable los cimientos de la democracia y hace del fascismo y del comunismo dos expresiones de un mismo fenómeno, el totalitarismo, cuyos virus contaminan a todo régimen, aun el de apariencia más libre, que pretenda controlar el funcionamiento del mercado.

La famosa polémica de Hayek con Keynes no fue nunca tal cosa, sino el alegato solitario, y transitoriamente inútil, de un hombre con convicciones contra la cultura de su época. Las teorías intervencionistas del brillante Keynes, según el cual el Estado podía y debía regular el crecimiento económico, supliendo las carencias y corrigiendo los excesos del laissez-faire, eran ya un axioma incontrovertible de socialistas, socialdemócratas, conservadores y aun supuestos liberales del viejo y nuevo mundo, cuando Hayek lanzó aquel formidable llamado de atención al gran público, que resumía lo que venía sosteniendo en sus trabajos académicos y técnicos desde que, en los años treinta, junto a Ludwig von Mises, inició la reivindicación y actualización del liberalismo clásico de Adam Smith. Aunque The road to serfdom alcanzó cierto éxito, sus ideas sólo tuvieron eco en grupos marginales del mundo académico y político, y, por ejemplo, el país en el que fue escrito el libro, Gran Bretaña, inició en esos años su marcha hacia el populismo laborista y el Estado-benefactor, es decir, hacia la inflación y la decadencia que sólo vendría a interrumpir el formidable (pero, por desgracia trunco) sobresalto libertario de Margaret Thatcher. Como Von Mises, como Popper, Hayek no puede ser encasillado dentro de una especialidad, en su caso la economía, porque sus ideas son tan renovadoras en el campo económico como en los de la filosofía, el derecho, la sociología, la política, la historia y la ética. En todos ellos hizo gala de una originalidad y un radicalismo que no tiene parangón dentro de los pensadores modernos. Y, siempre, manteniendo el semblante de un escrupuloso respeto de la tradición clásica liberal y de las formas rigurosas de la investigación académica. Pero sus trabajos están impregnados de fiebre polémica, irreverencia contra lo establecido, creatividad intelectual y, a menudo, de propuestas explosivas, como la de privatizar y librar al mercado la fabricación del dinero de las naciones.

Su obra magna es, tal vez, Constitution of liberty (La constitución de la libertad), de 1960, a la que vendrían a enriquecer los tres densos volúmenes de Derecho, Legislación y Libertad en la década de los setenta. En estos libros está explicado, con una lucidez conceptual que se apoya en un enciclopédico conocimiento de la práctica, de lo vivido en el curso de la civilización, lo que es el mercado, ese sistema casi infinito de relación entre los seres que conforman una sociedad, y de las sociedades entre sí, para comunicarse recíprocamente sus necesidades y aspiraciones, para satisfacerlas y materializarlas, para organizar la producción y los recursos en función de aquéllas, y los inmensos beneficios en todos los órdenes que trajo al ser humano aquel sistema que nadie inventó, que fue naciendo y perfeccionándose a resultas del azar y, sobre todo, de la irrupción de ese accidente en la historia humana que es la libertad.

Sólo para los ignorantes y para sus enemigos, empeñados en caricaturizar la verdad a fin de mejor refutarla, es el mercado un sistema de libres intercambios. La obra entera de Hayek es un prodigioso esfuerzo científico e intelectual para demostrar que la libertad de comerciar y de producir no sirve de nada —como lo están comprobando esos recién venidos a la filosofía de Hayek que son los países ex socialistas de Europa central y de la ex Unión Soviética y las repúblicas mercantilistas de América Latina— sin un orden legal estricto que garantice la propiedad privada, el respeto de los contratos y un poder judicial honesto, capaz y totalmente independiente del poder político. Sin estos requisitos básicos, la economía de mercado es una pura farsa, es decir, una retórica tras de la cual continúan las exacciones y corruptelas de una minoría privilegiada a expensas de la mayoría de la sociedad.

Quienes, por ingenuidad o mala fe, esgrimen hoy las dificultades que atraviesan Rusia, Venezuela y otros países que inician (y, a menudo, mal) el tránsito hacia el mercado, como prueba del fracaso del liberalismo, deberían leer a Hayek. Así sabrían que el liberalismo no consiste en soltar los precios y abrir las fronteras a la competencia internacional, sino en la reforma integral de un país, en su privatización y descentralización a todos los niveles y en la transferencia a la sociedad civil, a la iniciativa de los individuos, soberanos de todas las decisiones económicas. Y en la existencia de un consenso respecto a unas reglas de juego que privilegien siempre al consumidor sobre el productor, al productor sobre el burócrata, al individuo frente al Estado y al hombre vivo y concreto de aquí y de ahora sobre esta abstracción: la humanidad futura. El gran enemigo de la libertad es el constructivismo, aquella fatídica pretensión (así se titula el último libro de Hayek, Fatal conceit, de 1989) de querer organizar, desde un centro cualquiera de poder, la vida de la comunidad, sustituyendo las formas espontáneas, las instituciones surgidas sin premeditación ni control, por estructuras artificiales y encaminadas a objetivos como racionalizar la producción, redistribuir la riqueza, imponer el igualitarismo o uniformar al todo social en una ideología, cultura o religión. La crítica feroz de Hayek al constructivismo no se detiene en el colectivismo de los marxistas ni en el Estado-benefactor de socialistas y socialdemócratas, ni en lo que el socialcristianismo llama el principio de la supletoridad, ni en esa forma degenerada del capitalismo que es el mercantilismo, es decir, las alianzas mafiosas del poder político y empresarios influyentes para, prostituyendo el mercado, repartirse dádivas, monopolios y prebendas.

No se detiene en nada, en verdad. Ni siquiera en el sistema del que ha sido, acaso, el más pugnaz valedor de nuestro tiempo: la democracia. A la que, en sus últimos años, el indomable Hayek se dedicó a autopsiar de manera muy crítica, describiendo sus deficiencias y deformaciones, una de las cuales es el mercantilismo y, otra, la dictadura de las mayorías sobre las minorías, tema que lo hizo proclamar que temía por el futuro de la libertad en el mundo en los precisos momentos en que se celebraba, con la caída de los regímenes comunistas, lo que a otros parecía la apoteosis del sistema democrático en el planeta. Para contrarrestar aquel monopolio del poder que las mayorías ejercen en las sociedades abiertas y garantizar la participación de las minorías en el Gobierno y en la toma de decisiones, Hayek imaginó un complicado sistema —que no vacilo en llamar utopía— llamado la demarquía, en el que una Asamblea legislativa, elegida por 15 años, entre ciudadanos mayores de 45 años y por hombres y mujeres de esa misma edad, se encargaría de velar por los derechos fundamentales, en tanto que un Parlamento, semejante a los existentes en los países democráticos, estaría dedicado a los asuntos corrientes y a los temas de actualidad.

La única vez que conversé con Hayek alcancé a decirle que, leyéndolo, había tenido a ratos la impresión de que algunas de sus teorías (no la demarquía) materializaban aquel ambicionado fuego fatuo: el rescate, por el liberalismo, del ideal anarquista de un mundo sin coerción, de pura espontaneidad, con un mínimo de autoridad y un máximo de libertad, enteramente construido alrededor del individuo. Me miró con benevolencia e hizo una cita burlona de Bakunin, por quien, naturalmente, no podía tener la menor simpatía.

Y, sin embargo, en algo se parecen el desmelenado príncipe decimonónico de vida aventurera que quería romper todas las cadenas que frenan o ciegan los impulsos creativos del hombre, y el metódico y erudito profesor de mansa vida que, poco antes de morir, afirmaba en una entrevista: “Todo liberal debe ser un agitador”. En la fe desmedida que ambos profesaron siempre a esa hija de azar y la imaginación que es la libertad —la más preciosa criatura que el Occidente haya aportado al mundo— para dar soluciones a todos los problemas y catapultar la aventura humana siempre a nuevas y riesgosas hazañas.

* Artículo publicado en el diario El País (Madrid), el 5 de abril de 1992.

Liberales y Vargas Llosa

24 de Abril de 2008. Por Secretarí­a

RUBÉN LOZA AGUERREBERE

El Premio internacional Libertad 2008, que reconoce una contribución de alta relevancia a la libertad en el mundo, ha sido conferido a Mario Vargas Llosa. Un encuentro con el celebrado escritor nos lleva a indagar sobre el liberalismo, tan resistido en América Latina, a través de dos preguntas cuyas respuestas resultan iluminadoras.

A la pregunta ¿cuáles serían sus primeras observaciones sobre pensadores como Karl Popper, Hayek e Isaiah Berlin?, responde el escritor: “Han hecho avanzar extraordinariamente la cultura de la libertad. Hayek es más economista, Popper filósofo de la ciencia, e Isaiah Berlin menos economista y más historiador, ensayista y filósofo. Creo que en los tres se da afortunadamente un rechazo de la especialización y una formación humanista, una visión de conjunto de la cultura y un rechazo a compartimentar el conocimiento en cotos autónomos. Creo que en los tres hay el convencimiento de que el bien más preciado de la civilización es la libertad. Sin ella se produce un empobrecimiento de lo humano, se abren las puertas a la violencia, a la intolerancia. La libertad no sólo es la mejor garantía que tenemos para asegurar la convivencia en la diversidad, el respeto a los derechos humanos, para establecer sistemas tolerables de existencia, sino que, en definitiva, sin libertad no existe desarrollo económico, un progreso realmente sostenido, genuino. Creo que en eso hay un denominador común grande entre esos tres pensadores así como diferencias muy marcadas entre ellos”.

Definiendo esas “marcadas diferencias”, agrega Vargas Llosa que: “Ellas muestran que el liberalismo, al que creo que pertenecen Hayek, como Popper y Berlin, no es una doctrina cerrada, dogmática, sino un cuerpo de ideas que admite muchas variantes. Isaiah Berlin es menos entusiasta respecto al mercado como lo es Hayek, como fuente no solamente de creación de riqueza, de buena distribución de los recursos, sino también de una elevación de los niveles de vida. Isaiah Berlin es mucho más escéptico en eso, y, bromeando, diríamos que tiene desviaciones socialdemócratas, porque piensa que si el mercado se deja enteramente a su libre funcionamiento —lo dice en una frase muy célebre— se da rienda suelta a que los lobos se puedan comer a los corderos, ¿no es verdad?, en nombre de una libertad puramente negativa, no contrapesada por una libertad positiva. Creo que el más radical en sus propuestas, alguna de las cuales lindan verdaderamente con el anarquismo, es Hayek, en su defensa de la soberanía individual, en su desconfianza tan profunda del Estado. Un tipo de propuestas que realmente lindan con las del anarquismo. Mientras tanto, en Popper hay una preocupación científica, filosófica; digamos que desborda lo puramente político. Aunque yo creo que de todos ellos el que ha dado la definición más acertada de lo que debería ser el ideal liberal es Popper, cuando dijo que el ideal de una sociedad democrática es crear un sistema en el cual los gobiernos puedan hacer el menor daño posible. Creo que esa es una fórmula que define mejor que ninguna otra lo que es el liberalismo, en lo que tiene de defensa, de desconfianza del Estado, del poder y de los poderes en general. Pero creo que de los tres se puede decir que son grandes pensadores de nuestro tiempo, por desgracia muy desconocidos en América Latina. Quizá por ella, la nuestra haya sido una cultura tan poco liberal”.