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«Opinólogo» se ofrece, sin garantía

12 de Octubre de 2004. Por Vicente Fragola

Ante lo alicaído —y falto de transparencia, por decirlo de forma amable— que se encuentra el fútbol uruguayo, he perdido todo interés en la dirección técnica de nuestra selección nacional. Eso de armar el equipo antes de cada partido y evaluar luego la actuación de los jugadores junto a tres millones de apasionados colegas, como que ya no resulta atractivo, ni siquiera para pasar el rato. Sin embargo, el «opinólogo» que todos los uruguayos llevamos dentro no quiere quedarse quieto. La proximidad de las elecciones nacionales hizo que se volviera interesante estudiar las tendencias que marcan las encuestas y vaticinar posibles resultados, pero parece que en esta ocasión es más fácil acertar el Gordo de fin de año que el resultado de la votación. Con seguridad influye en esto el hecho de que los «opinólogos» oficiales, es decir, los politólogos —esa especie de gurúes de la encuesta que con artes adivinatorias basadas en la matemática, predicen hasta la integración del más ignoto ente del Estado— no se ponen de acuerdo. Las diferencias entre las encuestas son tan grandes que uno, en el mejor de los casos, no encuentra un punto de base para realizar una estimación; y en el peor de los casos, desconfía.

Últimamente parece estar de moda ensañarse con las encuestas y sus intérpretes. Quienes les «dan con un caño» a los politólogos suelen ser los que aparecen detrás en la clasificación, es decir, el Partido Nacional y el Partido Colorado. Tal vez tengan razón, pero no me interesa hacer lo mismo que ellos. En realidad, me dispuse a realizar mi propio «análisis» de la información, más que nada con la idea de intentar ubicar donde están los potenciales votantes de los partidos que, como el Partido Liberal, no aparecen aún en los números de las empresas encuestadoras. Con mi amplia experiencia en el uso de la calculadora —con aquello de «matemáticamente tenemos chance» supe hacer uso intensivo de tal artefacto— supuse que me resultaría sencillo ponerme a tiro con los expertos, y de paso podría dejar de boca abierta a mis colegas en el trabajo. Pero…

Pero, la cosa no es tan fácil. Como decía antes, las diferencias entre las encuestas son enormes, y para peor, algunas hay que estudiarlas sabiendo que no son honestas; porque en nuestro Uruguay —que es un pañuelo donde habemos pocos y nos conocemos todos—, no es ningún secreto quién es el «frentólogo», quién el «blancólogo» y quién el «coloradólogo». Por más que los dueños de las empresas encuestadoras defiendan su supuesta objetividad, lo cierto es que los números dicen lo que cada uno quiere que digan —y si no me creen, pregúntenle al que le hizo la encuesta a Lacalle—. Así, no me quedó más remedio que recabar todos los datos que me parecieran relevantes: me dejé robar por ANTEL algunas horas de Internet —¿tendré que hipotecar mi casa?— mientras buscaba y bajaba información de las elecciones de 1999, las elecciones internas y los datos de las encuestas para las próximas elecciones nacionales.

Cuando reuní toda la información, lo primero que se me ocurrió fue comparar como les había ido a las encuestadoras en la estimación de participación electoral y en el resultado de la elección interna. Suponía que las más acertadas serían las más confiables. Consideré además que, si en Uruguay un 1% representa cerca de 25.000 habilitados para votar, un margen de error de más o menos 4% sería adecuado. Dicho de otro modo, siendo generoso en mi «análisis», las encuestadoras podían errar en unas 100.000 personas, nada menos. Definido esto, me puse a trabajar…

La participación electoral en las internas fue de un 46% —votaron aproximadamente 1:135.000 personas—. Interconsult, la empresa que estimó más cerca, predijo un 47%, en tanto el resto fueron del 50% al 54%: Cifra 50%, Factum 52%, Equipos y Radar 54%. Tal vez los que estimaron un 51% de participación o más, deberían ir pensando en dedicarse a otra cosa.

En cuanto al resultado de la elección, todos predijeron correctamente el orden de votación de los tres partidos tradicionales —chocolate por la noticia—, a saber: Frente Amplio (43%), Partido Nacional (41%) y Partido Colorado (15%). Como en realidad eso lo adivinaba hasta la bestia bruta de Bush, lo interesante eran los porcentajes estimados para cada partido. La mejor estimación de votación para el Frente Amplio fue de Interconsult (44%), y le siguieron Cifra (48%), Equipos (50%) y Radar (52%). La mejor estimación para el Partido Nacional fue de Cifra (37%), y le siguieron Interconsult (36%), Factum (35%), Equipos (32%) y Radar (30%). Para el Partido Colorado los mejores pronósticos fueron los de Interconsult y Equipos (15%), y le siguieron Cifra (14%) y Radar (9%). Como podemos observar, en algunas estimaciones hay diferencias que llegan hasta un 11% —275.000 personas— cuando se las contrasta con la realidad. Definitivamente, algunas de estas empresas deberían pensar en cambiar de rubro. A menos…

A menos que el error sea premeditado. Porque es sabido que la divulgación de las encuestas influye en la decisión de los votantes —y de algunos posibles candidatos, como Astori, quien decidió no presentarse a las internas porque las encuestas decían que sacaba tres votos—. Ese es otro punto que algunos politólogos también discuten, indicando que si hay alguna influencia esta es mínima, y que en todo caso puede favorecer al más débil. Lo cierto es que las influencias son varias, y van desde el votante que quiere «jugar a ganador» hasta crear «sensación de triunfo» en varios segmentos de población. En un país caracterizado por su apatía política, donde las personas se desentienden de los temas esenciales y los principales candidatos no tienen propuestas minimamente coherentes —no hablemos de que sean realizables, mucho menos originales, y ni siquiera inteligentes—, las encuestas conforman un factor de decisión fundamental, mucho más importante de lo que los propios politólogos parecen dispuestos a admitir, vaya uno a saber por qué.

Volviendo al «análisis», probé a ver como me iba con las estimaciones para las próximas elecciones nacionales. Pero si en algo coinciden las encuestadoras es en que tienen predicciones diferentes. Las estimaciones para el Frente Amplio son: Doxa 54%, Radar 52%, Factum 52%, Cifra y Equipos 48%, Interconsult 47,2%. Las predicciones para el Partido Nacional: Cifra 33%, Factum 31%, Doxa 30,5%, Interconsult 30,3%, Radar 30%, Equipos 28%. Los augurios para el Partido Colorado: Doxa 12%, Interconsult 11,1%, Equipos 11%, Cifra y Factum 9% y Radar 8%. Algunas empresas también incluyen al Partido Independiente con estimaciones entre el 1% y el 2%.

¿Y qué hacemos con todos estos números? ¿Usamos el sistema de calificación olímpica, eliminando el mayor y el menor, y promediando el resto? Parece poco serio, así que veamos de hacer algo diferente: consideremos la «fiabilidad» de las empresas encuestadoras, en función de cuan acertadas estuvieron en las internas. Así, con un padrón electoral de 2:487.583 electores, promediando los datos de Interconsult y Cifra para el Frente Amplio y el Partido Nacional, éstos obtendrían el 47,6% —1:184.000 adherentes— y el 31,7% —789.000 lealtades— respectivamente; y considerando a Interconsult y Equipos, el Partido Colorado obtendría el 11,1% —276.000 fieles—. Excluyendo un 1,5% para el Partido Independiente —37.000 personas—, restaría un 8,1% —nada menos que 202.000 personas— para indecisos, en blanco, anulados y otros partidos.

Aquí sería útil limitar el número de indecisos. En la elección de 1999, un 2,6% de los sufragios correspondió a votos en blanco y anulados. Según informan las encuestadoras, esta tendencia se mantendría para las próximas elecciones, por lo que quienes votan —votamos— a otros partidos y los indecisos «puros» constituirían un 5,5% —137.000 voluntades—. Adicionalmente, una encuesta de Equipos publicada el domingo 10 —que seleccioné por la exclusiva razón de que no encontré otra con datos similares—, también puede sernos de utilidad. Dejando de lado la inútil clasificación lineal izquierda-centro-derecha y lo que votaron los hoy indecisos en 1999, lo interesante es lo que sigue: «En ese grupo de votantes, 44% muestra simpatía hacia Larrañaga, mientras que sólo 24% tiene igual postura respecto a Stirling y menos de la sexta parte (16%) simpatiza con Tabaré Vázquez». Tomando estos factores en cuenta, el Frente Amplio alcanzaría el 48,5% de las preferencias —1:206.000 adherentes—, el Partido Nacional el 34,1% —849.000 lealtades— y el Partido Colorado el 12,4% —309.000 fieles—. Excluyendo el 1,5% estimado para el Partido Independiente —37.000 personas— y el 2,6% —64.000 personas— estimado para los votos en blanco y anulados, seríamos cerca de un 1% —24.000 personas— quienes votamos a otros partidos.

Bien, hasta aquí los números fríos. La conclusiones primarias son: habría ballottage en noviembre, y el Partido Liberal tendría que «sacarse los ojos» con el resto de los partidos llamados menores para tal vez —y solo tal vez— obtener un diputado. Pero, aquí surge la primera interrogante: ¿son sólo 24.000 personas las que votan a otros partidos?

Para intentar una respuesta podemos estimar con los resultados de las últimas elecciones nacionales. En esa ocasión, con un padrón de 2:402.160 electores y una votación de 2:204.874, el Frente Amplio y el Nuevo Espacio obtuvieron el 44,7% de los votos —959.000 personas—, el Partido Nacional el 22,3% —479.000 voluntades—, El Partido Colorado el 32,8% —704.000 adhesiones— y un 2,6% — 58.000 sufragios— resultó en votos en blanco y anulados. Si comparamos estos números con las tendencias que indica nuestro «análisis» para las próximas elecciones, en cinco años el Frente Amplio habría obtenido 247.000 nuevos electores, el Partido Nacional 370.000 nuevas lealtades, y el Partido Colorado, merced a su fantastic gestión de gobierno, unos 395.000 ex-fieles.

En conjunto, el Frente Amplio, el Partido Nacional, el Partido Independiente y otros partidos habrían logrado captar 678.000 nuevos votantes respecto a la elección anterior. Si a eso le restamos los 395.000 votos que habría perdido el Partido Colorado, los votantes nuevos no-colorados serían aproximadamente 283.000. ¿Podemos afirmar que entre 283.000 personas, ninguna vota al Partido Colorado? Ninguna no, pero seguramente muy pocas. Existe una gran desilusión con la clase política en general y con este gobierno en particular, por lo que una aceptación mínima, ínfima, del Partido Colorado entre los nuevos votantes, es algo que puede suponerse. ¿Es posible que entre 283.000 nuevos votantes, los otros partidos tradicionales —Frente Amplio y Partido Nacional— cuenten con tan amplia adhesión como señalan las encuestas? Y de los 395.000 votos que perdería el Partido Colorado, ¿una amplia mayoría será para esos otros partidos tradicionales, como también señalan las encuestas? En ambos casos, es posible que no, con lo que aparecería una oportunidad para el Partido Liberal.

En la misma línea pero considerando otros aspectos, parece importante tomar en cuenta a Adela Pellegrino, demógrafo de la Facultad de Ciencias Sociales, quien en abril de 2003 se volvió famosa cuando varios medios recogieron su estimación de que en los últimos cinco años habían emigrado unas 100.000 personas. Supongamos que tal estimación es correcta. No parece descabellado suponer también que prácticamente todos los que emigraron tienen edad para votar, y representarían un 4% del padrón electoral. Por otro lado, parece ser que la gran mayoría de los emigrados son afines al Frente Amplio, tal cual lo viene afirmando un matutino desde hace varios meses, y que el lunes 11 indicó: «Desde la izquierda se estima que en el peor escenario vendrían a votar unas 20 mil personas, en su gran mayoría afines al EP que ampliarían la ventaja actual». Si la gran mayoría de los emigrados son afines al Frente Amplio y —debido al costo de los pasajes— sólo una pequeña parte de ellos podrá venir a votar, ¿este partido obtendrá la votación que estiman las encuestas? También es posible que no, con lo que habría otra oportunidad para el Partido Liberal.

Finalmente, no debemos olvidar a quienes no votan. En la elección de 1999 dejaron de votar 197.000 personas. Si en esta ocasión se da una cifra similar y además le sumamos los 100.000 emigrados, nada menos que un 12% del padrón electoral no participaría de la elección. Eso podría desbaratar totalmente las estimaciones de cualquier encuesta. Algunos estaban eximidos de votar. Otros no votaron por conveniencia: el valor de la multa era menor al de un pasaje a su departamento de origen. Muchos no lo hicieron por «convicción»: personas cansadas, descreídas, desilusionadas, molestas con las mentiras y los estragos causados por los tres partidos tradicionales. Tres partidos tradicionales que no representan opciones diferentes entre sí. Quien está desilusionado del Partido Colorado no ve como opción válida al Frente Amplio o al Partido Nacional, y viceversa.

Vemos que por allí, entre estimaciones y tendencias, es posible que el Partido Liberal encuentre el camino para una mejor votación que la estimada en las encuestas. Existe una masa enorme de desilusionados votantes, sufridos contribuyentes, cansados de tanta farsa y tanta estafa. Tenemos que esforzarnos al máximo para que ninguno de ellos se vuelva a equivocar, y para que sepan que, por sobre todas las cosas, no los vamos a desilusionar.

La alternativa es clara: votar o botar

3 de Octubre de 2004. Por Vicente Fragola

Con cierta frecuencia me reúno con profesionales; esa clase de persona a la que, cada vez más califico como «poseedores de un papel indicativo de su probable dominio de una materia particular», en lugar de considerarlos como comúnmente se los llama: «profesionales». Tengo varias razones para conceptuar de aquel modo a un grupo muy importante —no todos, pero sí la mayoría— de los graduados universitarios, pero hoy me voy a referir exclusivamente a las razones que estos esgrimen para otorgar su voto a tal o cual candidato.

Ciertamente, podría decir que con mucha mayor frecuencia me reúno con personas de todo tipo y color, a las cuales podría referir como «uruguayos» o «ciudadanos», y con ellos desarrollar el tema de este artículo. Pero elegí hablar del grupo de los graduados universitarios porque es el que ha recibido mayor educación —tal como está la educación hoy en día, lo correcto sería decir que han recibido mayor instrucción, que no educación y mucho menos cultura, pero eso podemos discutirlo en otro momento—; y la educación, todo el mundo coincide en señalar que amplía nuestra visión del mundo, nos forma como ciudadanos y otros etcéteras.

Para comenzar, debemos descartar de este «análisis» a los profesionales que militan o trabajan en los diversos partidos políticos. En esos casos, las razones de un profesional para otorgar su voto pueden ser tan válidas como su propia postulación a un puesto de gobierno, o tan espurias como su aspiración a «acomodarse» o «colocarse» si el amigo de turno resulta electo. Quienes nos interesan son esos profesionales a los que la política no les llama la atención; o aún más: a los que la política les desagrada. Esos graduados universitarios que, con su título bajo el brazo, se dedican a trabajar en su área de conocimiento y se desentienden totalmente del acontecer político del país, como si el mismo no los afectara en lo más mínimo. «Yo soy apolítico», «la política no me interesa», «hablemos de otra cosa», «voto porque es obligatorio, sino no votaría» son las frases que solemos escuchar de ellos.

«Bien. Entonces no te molestará decirme a quien vas a votar» le dije hace unos días a un colega. La respuesta no demoró: «a Astori». Casi sin pensarlo volví a preguntar: «Ajá. ¿Y por qué?». Y la respuesta fue una sarta de incoherencias que no estoy seguro si repetir aquí, porque temo que se ahoguen con tanta risa —o lágrimas, según el gusto—. Esta vez me fue mejor con el control facial y el carcajeo interior pasó desapercibido, aunque influyó significativamente en ello el que había dejado de prestar atención a las respuestas de mi colega. Creí que había encontrado el mejor argumento para una campaña política: hacer pensar a las personas. Suponía que si se cuestionaban las verdaderas razones por las cuales iban a otorgar su voto a un delincuente, a un mentiroso, a un incoherente o a un impotente —impotente político; por ejemplo, un ministro de economía que propone cambios necesarios para el país, pero no puede realizarlos por «disciplina partidaria»—, las personas abrirían los ojos, se «despertarían» por sí mismas sin necesidad de «argumentos» como el que describí la semana pasada.

Pero el mundo no funciona como querríamos que funcionara, o como nos parece que debería ser lógico, racional, «de sentido común» —«commonsensically», al decir del animal de Bush (y que me disculpen los animales)—. Si esperamos una respuesta lógica, una respuesta racional, una respuesta «de sentido común» que justifique una acción tan esencial como el voto, podemos llevarnos más de una sorpresa. Las respuestas de otros profesionales no diferían mucho de las del primer colega consultado. Y la preocupación que surge al saber a quién votan los profesionales de este país —reitero: personas que, por su educación, suponemos que poseen una visión amplia de la realidad—, es mínima frente a la que asoma al conocer las razones por las que eligen a sus candidatos: «Astori, porque me parece que tiene las cosas claras y defiende sus ideas», «Abreu o tal vez Michelini, porque me parecen tipos honestos», «Sanguinetti, porque con la experiencia que tiene es el único que sabe lo que hay que hacer para salir adelante», «El Frente, para terminar de una buena vez con este modelo de país, hundido por las políticas neoliberales del gobierno», «Ramírez, porque va a destapar toda la joda y va a mandar en cana a los corruptos», «Mujica los va a sacar a todos del forro pa’fuera», «Battle o Sanguinetti, esos son flor de vivos; y para estar en política no podés ser del todo honesto».

De esta serie de respuestas «profesionales» —no son todas, podríamos llenar hojas enteras con ellas— a una pregunta aparentemente sencilla, surgen algunas interrogantes. La primera es: ¿por qué los candidatos principales de cada partido no son —en rigor son los menos— mencionados? Podríamos pensar que los profesionales uruguayos tienen muy claro que lo que elegirán el 31 de octubre es la integración del Parlamento, y que la presidencia se resuelva ese día o no, es un hecho menor y accesorio. Es muy dudoso que en realidad piensen eso, pero vamos a concedérselo.

Segunda pregunta: ¿importan las banderas? Evidentemente no. Evidentemente, a quién votan nuestros profesionales es a la persona. Buscan a alguien que, de un modo u otro, les brinde confianza. A ninguno parece importarle que Astori no va a poder hacer nada de lo que hoy promete —aunque sea tan ambiguo como «hacer crecer al país»—; que Abreu no pincha, no corta y además se equivoca —no va a haber jubilaciones mínimas de tres mil pesos, a menos que los giles de siempre paguemos más—; que Michelini se abraza hoy con los mismos a quienes ayer llamaba «una olla de corrupción» —si no queríamos sopa, dos ollas—; que la experiencia de Sanguinetti o Batlle ya la «experimentamos» en sus respectivos gobiernos y así nos fue —y nos va—; que Ramírez o Mujica deberían haber denunciado hace mucho tiempo ante la Justicia a todos los delincuentes que supuestamente conocen, y si nunca lo han hecho no lo van a hacer. Y un detalle interesante: ninguno pudo explicarme en qué consiste el famoso «modelo neoliberal», o las «políticas neoliberales»; ni siquiera lo que significa o implica ser «neoliberal». A ningún profesional, entonces, parece importarle nada de su candidato, excepto que por una u otra razón, lo consideran «confiable».

Otras preguntas —y estas se las formulé a los mismos profesionales consultados—: «¿te parece esa una razón lógica para votar a tu candidato? ¿Cuáles son las propuestas concretas de tu candidato para resolver tal o cual problema? ¿No te estás dejando llevar por tu apatía política, en lugar de razonar o al menos utilizar el sentido común?». Las respuestas, pasado un primer momento en el que se sonrojaban por la vergüenza, no dejaron de ser conocidas: «yo soy apolítico», «la política no me interesa», «hablemos de otra cosa», «voto porque es obligatorio, sino no votaría». Y a estas siguió indefectiblemente la gran conclusión final del 99% de ellos: «Voto al menos malo».

No por esperadas dejan de sorprender las actitudes de los profesionales hacia la política: abandono, desgana, dejadez, desidia, desinterés, antipatía, desagrado, resentimiento, tirria, rencor; apatía en general. Aunque, como decía al principio, podíamos llegar a suponer que una mayor educación proporcionaría fundamentos lógicos, racionales, «de sentido común» para esas actitudes, lo que nos encontramos son personas que se dejan llevar por su apatía mental, que en función de ella aceptan las cosas tal como les vienen, y son incapaces de cuestionar si esas cosas están bien o no lo están. En resumen, lo que nos encontramos es un hato de vagos que, como buenos mediocres, votan «al menos malo».

Una frase de Ayn Rand, la autora de esa maravillosa obra llamada La rebelión de Atlas, es la siguiente: «el secreto de la felicidad es la Libertad. El secreto de la Libertad es el coraje». Los uruguayos nos preciamos de peleadores en situaciones difíciles; cuando «la mano viene brava» aflora nuestra «garra charrúa», nuestro coraje. Pues bien, una vez cada cinco años «la mano viene muy brava», porque votar no es sólo un asunto de política: votar significa defender nuestra libertad. Si a usted, lector, le parece que no es así, pregúntele a alguno de esos muchos que en los años oscuros no pudieron hacerlo. No podemos dejar que la apatía nos gane, que nos convierta en mediocres y que sin pensar entreguemos —regalemos, tiremos, botemos— nuestra libertad a otros mediocres. Con coraje debemos cuestionarnos y cuestionar, con coraje debemos informarnos e informar, con coraje debemos razonar y ayudar a razonar. Y con coraje finalmente debemos todos elegir por encima de las emociones que nublan la mente.

No todo parece estar perdido para los profesionales uruguayos, ya que varios de los consultados reaccionaron. Usted ¿sigue durmiendo?

Abuela, ¿a quién vas a votar?

26 de Septiembre de 2004. Por Vicente Fragola

Suena el teléfono en algún lugar del interior del país. No sabría decir si se trata de un pueblo, una villa o una ciudad. Hace mucho tiempo —la última vez que ví un mapa actualizado fue a principios de los noventa—, en razón de la cantidad de habitantes se lo catalogaba como una villa; aunque las cosas pueden haber cambiado. De lo que sí estoy seguro es que el día es domingo, porque es el único día en el cual el ente administrador de las telecomunicaciones uruguayas —el conocido ANTEL— me roba por el servicio algo menos de lo acostumbrado.

Vuelve a sonar el teléfono un par de veces más, hasta que finalmente mi abuela lo atiende. Luego de los saludos de costumbre, hablar un poco de la familia y enterarme de cómo anda todo por esos lares, la conversación trascurre como sigue:

—Abuela, ¿recibiste las listas del Partido Liberal que te envié?

—Sí (risas), me hizo mucha gracia. Me dije: «mirá vos en lo que anda Vicente».

(Pienso: no sé por qué le hará gracia. Debe ser que no se imagina a uno de sus nietos trabajando con un partido político, o tal vez, con un partido político que no conocía hasta que recibió las listas que le envié. En realidad, es un problema que tengo con amigos y conocidos. La política está tan desprestigiada que a algunos, incluso, les parece mal que yo participe en «eso».)

—Bueno… Te marqué el lugar donde figuro yo, pero esa lista es de Montevideo, por lo que no la podés usar ahí. Para que puedas votar te envié las otras, que son de tu departamento.

—Ví que estás en la lista Vicente, pero yo siempre voto igual…

—Sabía que antes votabas a Pacheco, pero ahora no sé a quién…

—¿A Pacheco? No, hace rato que no estoy más en esa… «línea», digamos… aunque sigo votando dentro del mismo partido.

—Pero los de ese partido no hicieron nada…

—¿Cómo que no hicieron nada? ¿Acaso este país se hizo sólo?

(Pienso: el país no se hizo sólo. Lo construyó el grupo de gente que, como dice Hugo Donner, «con su trabajo, sus actitudes y su visión del mundo, determina todos los días si éste será un lugar mejor o peor para vivir». Ese grupo de gente que muchas veces logró construir a pesar de gobiernos infames que se preocuparon más por sí mismos que por hacer las cosas bien; gobiernos más o menos parecidos al gobierno actual, en donde al Partido Colorado, al Partido Nacional y al Frente Amplio sólo les interesa mantenerse o alcanzar el poder. Ese grupo de gente dentro del cual, con total seguridad, no se encuentra ninguno de nuestros gobernantes actuales, sean del partido que sean. Pero con mi abuela no puedo ser tan directo.)

—Sólo no, pero lo que quise decir es que en realidad no hicieron nada bueno. Hicieron todo mal, y por eso estamos como estamos.

—No, no. Todo lo contrario. Todos los males nos vinieron de afuera: la aftosa, lo de Argentina, la estafa de los Peirano, la de los Rohm. Había que conducir el país en medio de un cúmulo de problemas que habían generado una situación crítica. Y se manejó de la mejor manera…

(Pienso: por un segundo me siento como si estuviera hablando con algún gobernante. Pero no puedo culpar a mi abuela por no discordar con el entorno; al fin y al cabo, en este lado del mundo siempre «la culpa la tiene el otro» y «se hizo lo que se pudo», aunque ese «lo que se pudo» incluya violar los derechos de la gente.)

—Yo no lo veo así. Había muchos caminos a seguir para solucionar esos problemas, así como anteriormente a su aparición había muchas cosas que se pudieron haber hecho —y no se hicieron, o no se quisieron hacer— para evitarlos. Cuando el fuego comenzó a quemar, los tres partidos de gobierno hicieron lo mismo de siempre: tomar las peores decisiones.

—¿Por qué las peores decisiones?

—Porque el proceso para tomar esas decisiones siempre es el mismo: en primer lugar, evalúan el costo político de cada una de las opciones; dicho de otro modo, cuantos votos ganan o pierden si, por ejemplo, votan o no una ley para robar a los ahorristas del Banco República. En segundo lugar, evalúan el costo en privilegios que implica cada una de las opciones; por ejemplo, cuántos «pases en comisión» —amigos, entenados, todos ellos «colocados»— tienen que despedir para poder «gargantear» diciendo que son «ejemplos de austeridad y transparencia». Y recién en último lugar, se dedican a pensar en cómo apagar un incendio que, como te decía, pudo haberse evitado. En resumen, lo más importante para ellos es mantener o no perder el cargo; el costo político…

—Pero no. Este país no hubiera salido adelante si no hubiera sido por la buena conducción. Y respecto al costo político, el Partido Colorado se inmoló para salvar al país…

(Pienso: ¿que se inmoló? Esta frase inesperada me toma desprevenido; controlo exitosamente las náuseas pero no puedo mantenerme de pie, por lo que aterrizo con mis huesos en el suelo. Disimulo el golpe fingiendo una pequeña tos, pero la frase de marras me deja desconcertado. En el diccionario, inmolar es «ofrecer en sacrificio una víctima. Sacrificar». Y los del «muere», los sacrificados, fuimos nosotros: los ciudadanos, los contribuyentes, los giles que siempre tenemos que arrimar el hombro para apagar el incendio.

No sabe mi abuela lo bien que está usando esa palabra al referirse al Partido Colorado, y lo bien que la estaría usando si se refiriera también al Partido Nacional o al Frente Amplio, porque para «salir de la crisis» —¿salimos?— entre los tres partidos nos «cocinaron» a todos. Pero evidentemente, lo que quiso decir mi abuela es que su partido se «autoinmoló», o sea, que se sacrificó a sí mismo. Concluyo rápidamente que una conversación sobre política con ella puede terminar en discusión, y lo último que me interesaría hacer es discutir con mi abuela. De todos modos, hago un último intento…)

—¿Te parece?

—No me parece, estoy segura. Si el Partido Colorado está hoy como está es por el sacrificio que hizo…

(Pienso: no hay caso, hay que cambiar de tema…)

—Bueno. ¿Y cuándo venís por acá? ¿Recién para las fiestas?

—…

Luego de colgar el teléfono me puse a pensar —sí, a veces también me sale eso de pensar— en la cantidad de gente que debe haber como mi abuela. Gente que trabajó toda la vida por su cuenta, sin pedir favores de ningún tipo absolutamente a nadie. Gente que con esfuerzo vio cumplido el sueño de la casa propia, sin pedir «gauchadas» de ningún tipo a jerarcas del Banco Hipotecario. Gente que nunca le pidió nada al Estado y a cambio hoy recibe de él poco más de tres mil pesos de jubilación. Gente que, tal vez por lo anterior, se ha acostumbrado a que el gobierno no es su gobierno sino el gobierno, como si lo que éste decidiera no lo afectara en lo más mínimo. Gente que se ha acostumbrado a referir a los parlamentarios como tales o como legisladores, olvidando que antes que nada ellos son nuestros representantes. Gente que, a pesar de todo, sigue votando «por costumbre» a los mismos partidos de siempre.

¿Qué tiene que pasar para que esa gente se despierte? ¿Qué argumento hay que emplear para que abran los ojos a la realidad? ¿Por qué siguen creyendo —y lo que es peor: aceptando— la demagogia del Partido Colorado, las mentiras del Partido Nacional y las estupideces del Frente Amplio? Porque si algo todos tenemos claro, es que estos tres partidos no han hecho más que mentir y robar. Pero aún así los siguen votando.

Recuerdo que en la época de Pacheco muchas señoras decían de él: «¿viste los ojos divinos que tiene? Con esos ojos, yo lo voto». Mi abuela es mucho más inteligente que eso, pero Julio Vera tiene ojos azules y algunas compañeras de trabajo me han comentado que «está muy bien»… Perdido por perdido, no pierdo nada con probar. Como están las cosas, hasta puede pasar que ese «argumento» sea el más convincente.

Eso sí, si esos son sus argumentos, le recomiendo que no lo ande divulgando por ahí… Mejor disimule, y haga lo posible por poner cara de inteligente.

Otra vez la burra al trigo

19 de Septiembre de 2004. Por Vicente Fragola

Esta columna tiene el nombre que tiene en homenaje a dos escritores cuyas palabras suelo tener en gran estima, tanto por su forma como por su contenido. Si yo escribiera la mitad de bien que cualquiera de ellos tal vez hasta podría vivir de las letras, pero ¿quién sabe? si escribe Paulo Coelho —y lo que es peor: lo leen— tal vez tenga oportunidad como escritor de medio pelo. ¿Si voy a nombrar a estos escritores? De ninguna manera; se les caería la cara de vergüenza al ver la clase de admiradores que tienen, por lo que si alguien quiere conocerlos tendrá que molestarse en averiguar de quienes se trata.

Un artículo reciente de uno de estos escritores me da la entrada para un tema con el cual vengo «rumiando» desde hace tiempo: las cuotas o cupos para grupos minoritarios en diversas actividades, especialmente en política. Si mal no recuerdo fue a fines del año 2003 cuando en el Parlamento se habló de establecer cuotas o cupos para las mujeres en los cargos de gobierno, pero el tema lo retomó recientemente la Dra. Cristina Maeso como parte de su campaña como precandidata por el Partido Nacional.

Precisamente, hace un par de meses íbamos caminando con un colega por la zona céntrica, cuando vimos un cartel de campaña de la citada precandidata en el cual se anunciaba —fotos incluídas— que precandidatos de casi todos los partidos se comprometieron por escrito a cumplir con una cuota o cupo mínimo de 33% de mujeres en el gobierno. Es decir que, de cada tres ministros, directores de división o presidentes de entes, uno de ellos será una mujer, sin importar si posee las credenciales suficientes —no hablemos de las indispensables— para estar allí. Mi colega, que casualmente es nacionalista —«blanco como hueso de bagual, y mi bisabuelo acompañó a Saravia», suele comentar cada vez que tiene oportunidad— al ver el susodicho cartel no tuvo mejor idea que comenzar a hablarme de su Partido y sus logros (?), incluído el ya señalado.

Menos mal que a uno los años le han enseñado a controlarse en situaciones límite: evité la carcajada en la cara de mi colega componiendo el gesto y aplicando una disciplina férrea a mi control facial. Por lo general resulta eficaz, salvo en algunos movimientos involuntarios de la comisura de la boca, que deduzco mi colega percibió porque desde aquel día no ha vuelto a hablarme.

Usted, lector o lectora, debe estarse preguntando qué motivos podría tener yo para llegar a un éxtasis risueño ante semejante logro (?) de la Dra. Maeso. No es poca cosa que los líderes políticos de todos los partidos se comprometan por escrito a aumentar la cantidad de integrantes femeninos en su eventual gobierno (no hablemos de ponerse de acuerdo en un tema particular, en especial si es importante). En realidad, era reírse por no llorar. Piénselo bien, lector ¿no se siente discriminado? Y usted, lectora ¿no se siente discriminada? Porque esto es —y llamemos a las cosas por su nombre— discriminación. Discriminación, demagogia y estupidez. Discriminación hacia el hombre por el simple hecho de serlo y discriminación hacia la mujer que ha estudiado, ha trabajado y ha sacrificado vida y familia —en algunos casos incluso el tener hijos— por ser la mejor en esos estudios o en ese trabajo.

A usted lector, que tiene la capacidad y los conocimientos para ocupar el puesto que le corresponde en su Partido y en el gobierno, y tiene la intención de realizar la mejor de las gestiones que ha visto el país en mucho tiempo: ¿qué le parece el hecho de que se lo impida una cuota o un cupo de sexo, ocupando una mujer su lugar por el simple hecho de serlo? ¿No se siente discriminado? A usted lectora, que tiene la capacidad y los conocimientos para ocupar el puesto que le corresponde en su Partido y en el gobierno, y tiene la intención de realizar la mejor de las gestiones que ha visto el país en mucho tiempo: ¿qué le parece el hecho de tener junto a usted —o encima de usted— a alguien que llegó allí por el simple hecho de ser mujer? ¿No se siente discriminada, menoscabada, humillada? ¿Estudió, se preparó, trabajó por su Partido, hizo campaña, habló, discutió, argumentó y convenció, para que luego la incluyeran en una bolsa etiquetada «33%»?

Repasando la lista de legisladores uno encuentra a Daisy Tourné, María Julia Pou, Marina Arismendi, Mónica Xavier, Beatriz Argimón, Diana Saravia, Glenda Rondán, Lucía Topolansky, Margarita Percovich, María Alejandra Rivero, Martha Montaner, Nora Castro, Raquel Barreiro, Silvana Charlone, Yeanneth Puñales. Me consta —y es de conocimiento público— que algunas de estas mujeres son legisladoras gracias a que poseen etiqueta propia («esposa de», «pariente de» o «amiga de», y en ese caso ¿qué le hace una mancha más a la tigresa?). Pero otras han trabajado duro para obtener los votos que las llevaron al Parlamento.

También me consta que algunas de estas últimas poseen capacidades que las convierten en personas excepcionales, y por ello cabe reiterarles la pregunta: ¿cómo se sentirán, de aquí en más, con una etiqueta en la frente indicando «33%»? Aunque ante la formación de la «bancada femenina» —una estupidez con la que, entre otras cosas, discriminan a los hombres que les dieron su voto, y que acaba de presentar su «rendición de cuentas» (?)— resulta totalmente obvio que ellas también aprueban la cuota o cupo de sexo. Da para pensar que, al fin y al cabo, tienen las mismas motivaciones que sus colegas hombres: ganar, mantener o no perder votos, para así cuidar el cargo.

¿Qué ejemplo da un Partido que no está integrado por los mejores elementos? ¿Qué gobierno podemos esperar de partidos que no están integrados por los mejores elementos? ¿Qué podemos esperar de una ministro, una directora de división, una presidenta de ente que llegó a su cargo por cuota o cupo de sexo? ¿Y qué podemos esperar de los líderes políticos que firmaron este acuerdo? Sólo podemos esperar dos cosas: demagogia y estupidez. Porque la demagogia fue lo que los movió a comportarse una vez más como nadie desea que lo hagan. Porque es una estupidez pretender solucionar problemas socioculturales decretando cuotas o cupos para minorías (y ya que estamos, ¿por qué nadie habla de establecer cuotas o cupos para las minorías étnicas? ¿Tal vez porque tales minorías no tienen quien haga el cabildeo —lobby le dicen ahora— necesario?). Pero sucede que tal cosa hoy queda bien, porque sirve como argumento de campaña, porque sirve para ganar votos —o para no perderlos—, porque les permite «llenarse la boca» y «gargantear» con el título de «defensores de los derechos de las mujeres», aunque en el camino violen los derechos de todos, como el del trabajo (artículos 7º, 53 y 55 de la Constitución).

Es evidente que lo que no tiene ideología y vale para todos es la demagogia: ahí sí coinciden machistas, feministas, izquierdistas, derechistas y mediopensionistas. En la demagogia y la estupidez. Y si faltaba algo, también coinciden en la incultura: comenzando por varios grupos y terminando nada menos que en el propio Parlamento, todos cuentan con una «comisión de género» para temas referidos a la mujer. El simple hecho de que exista una comisión diferenciada para la mujer, la discrimina. Pero a lo que iba con el tema de la incultura es que quienes integran tales grupos y/o el Parlamento, olvidaron —tal vez no lo supieron nunca— que en español el género corresponde a los conjuntos de seres, a las cosas, a las situaciones, a las palabras, pero no a las personas. Una silla, una botella, una lámpara, pertenecen al género femenino. Lo que tienen un hombre o una mujer no es género, sino sexo.

Así que «otra vez la burra al trigo». En los discursos mucho «viva la esperanza» y mucho «país productivo», pero en los hechos lo mismo de siempre: demagogia, discriminación, incultura y estupidez. Yo estoy trabajando con el Partido Liberal para que todo esto cambie. ¿Y usted, qué está haciendo?