¿A dónde vamos?
9 de Octubre de 2006. Por Hernán BonillaCuando en 1938 Julio Martínez Lamas escribió ¿A dónde vamos?, denunciando las consecuencias que el estatismo y el proteccionismo tendrían sobre nuestro país, seguramente no imaginó que en 2006 los uruguayos todavía no tendríamos claro que país queremos. Pero a veces parece que el panorama es aún más sombrío, y que en realidad no queremos ir a ningún lado y nos conformamos con “lo que hay”. Si ni blancos ni colorados han logrado darle un rumbo cierto al país, y parece que tampoco podrán los frentistas, hay un tema que va más allá de quien gobierne que impide que salgamos adelante.
La reciente marcha atrás del Presidente respecto al TLC con Estados Unidos es una perfecta síntesis del punto que queremos señalar. Cuando parece que vamos a hacer algo de lo que hacen los países a los que les va bien, finalmente por presiones políticas, sindicales o extranjeras nos quedamos en la vía (valga una metáfora ferroviaria más). La oposición de los sectores más retrógrados de nuestra sociedad (con el PIT-CNT a la cabeza) logra mantener el tristísimo status quo que mantiene sus privilegios y cercena las posibilidades de los uruguayos más desprotegidos. Peor aún es que cedamos a las presiones de Argentina y Brasil que nadie duda están protegiendo sus intereses y no los nuestros. ¿Qué imperialismo ha sido más dañino para el Uruguay en los últimos años, el norteamericano o el argentino-brasileño? ¿Cuál ha comprometido más nuestra soberanía? ¿Quiénes nos han tratado peor? ¿Quiénes detienen ilegítimamente nuestras exportaciones? La miopía de los “antiimperialistas” vernáculos es patética.
Si bien Astori todavía parece soñar con el TLC, el camino elegido por el gobierno muy difícilmente puede arribar a ese destino. Pablo Montaldo en su columna de Últimas Noticias nos informa que sólo cuatro de los 57 países que firmaron acuerdos marco de comercio e inversiones (el ya famoso TIFA) luego firmaron un TLC. Pero más allá del caso concreto, nos preocupa la razón por la que siempre los cambios en serio terminan fracasando. En algunos casos los presidentes para evitar problemas prefieren no tocar nada y dedicarse a “hacer la plancha” durante sus cinco años de gobierno. Esta fue la actitud que, en general, adoptaron los presidentes Sanguinetti y Batlle, y parece ser la de Vázquez. Lacalle en cambio se chocó contra las urnas en el plebiscito de 1992. Si bien el proyecto de privatización de las empresas públicas propuesto era cuestionable, es innegable que fue un intento por cambiar. Pero en cualquier caso hace décadas que en el país no cambia nada importante.
Si bien es cierto que la mayoría de nuestros compatriotas de izquierda y de derecha son conservadores, el rol central en este tema lo tienen los grupos de presión. En primer lugar, por el éxito que han tenido en convencer a buena parte de la ciudadanía de votar en cada plebiscito o referéndum para convalidar sus prerrogativas. En segundo lugar, por prevalecer aún en contra de la mayoría, como en el caso del TLC con Estados Unidos, ya que según las encuestas la mayoría de la población estaba a favor. Por lo tanto, todo proceso de cambio real requiere cumplir con al menos dos condiciones básicas. Una institucional: los grupos de presión deberían tener menos peso en la toma de decisiones colectivas. La otra cultural: la mayoría de la población debería defender activamente sus derechos individuales, exigir bajos impuestos, responsabilidad de los políticos y burócratas por sus irresponsabilidades, y la libertad económica sin la que será imposible el crecimiento económico sostenido y la baja de la pobreza.
Está claro que son desafíos formidables y que hoy parecen políticamente inviables. Y sin embargo es lo único que nos queda. Si no somos capaces de cambiar el estatismo paralizante por la confianza en la libertad estaremos más temprano que tarde ante una nueva crisis. Edmund Burke dijo que “el pueblo no renuncia nunca a sus libertades sino bajo el engaño de una ilusión”. Del incierto éxito de dejar esa ilusión al descubierto dependerá crucialmente el futuro del país.