Planificación vs. mercado
30 de Abril de 2006. Por Hugo DonnerSupongamos que se nos da un ultimátum para realizar una tarea de la que depende nuestra supervivencia: fabricar un millón de unidades de un aparato al que llamaremos “veeblefetzer” —para los nostálgicos que leíamos la revista MAD en la década de los 60— en un plazo máximo de un año.
Disponemos de materias primas suficientes —a nuestros efectos infinitas— y herramientas adecuadas. Hay un sólo pequeño problema: en el mejor de los casos, con buen entrenamiento y buena salud, solo podemos fabricar una unidad por día. Es más, los expertos nos aseguran que, como es necesario un proceso de conformación química que requiere una atención constante, ni siquiera es posible pensar que en el futuro próximo se pueda desarrollar un sistema automatizado que acelere significativamente el ciclo.
Pero no desesperemos, hay una solución: podemos agregarle al veeblefetzer una función adicional: fabricar sin cesar —hasta que se le indique lo contrario— copias idénticas de sí mismo; o mejor aún, un aparato según especificaciones residentes en su propia memoria electrónica. Algo así como un organismo vivo codificado íntegramente en su ADN. Una vez desarrollado el prototipo, podremos sentarnos cómodamente a verlo trabajar y en menos de veinte días tendremos nuestro millón de unidades.
Este caso planteado pretende ser un ejemplo —admitidamente muy remoto e inadecuado— de por qué y cómo la economía de mercado, consistente en millones de transacciones libres, voluntarias, individuales, independientes, espontáneas y simultáneas, logra fácilmente lo que la planificación centralizada no puede siquiera soñar en comenzar a intentar.
Existe una categoría de problemas (nP-completos) —mayoritariamente consistentes en asignación de recursos a fines— ampliamente estudiados por las disciplinas de la teoría de la información y de la complejidad y la Investigación Operativa que, si bien son muy fácilmente formulables, se ha demostrado que son insolubles en la práctica. Lo interesante es que la complejidad crece tan rápidamente en relación a la cantidad de elementos involucrados —por ejemplo el número de individuos en la “sociedad”— que la dificultad no es superable mediante un avance tecnológico que multiplique las velocidades de proceso tanto como se quiera imaginar.
Para solucionar la mayoría de los problemas reales de esa categoría, la computadora necesaria debería tener tantos elementos lógicos como átomos hay en el universo, y trabajar tanto tiempo como el que ha transcurrido desde el Big Bang. Teniendo esto en cuenta, desconfiemos cuando los intelectuales del colectivismo (esos de lentes de grueso cristal y discurso lexotán) nos aseguran la felicidad general a través de los planes quinquenales de la burocracia iluminada.