Archivo de la categoría ‘Liberal y enojado’

La verdadera solidaridad

10 de Diciembre de 2004. Por Bernardo Massa

Más de medio millón de dólares en 24 horas. Todo un hito. Pero el resultado de la Teletón va más allá de los resultados concretos, por extraordinarios que sean. Se comprobo, y quedó fuera de toda duda, que la caridad privada realmente funciona.

Miles de uruguayos decidieron, libre y espontáneamente, colaborar con una causa por demás noble. Decidieron aportar su dinero para concretar la realización de una obra que consideraron valiosa y necesaria, destinando libremente sus recursos para ello.

Esta experiencia choca con las que hemos visto los uruguayos en materia de caridad estatal. La experiencia usual es la de crear comisiones y grupos, dependientes en mayor o menor medida del gobierno, para repartir el dinero que éste considera necesario. Y en muchos casos, la cantidad asignada a “gastos administrativos” es igual o mayor que la que se dedica a la causa en cuestión. Despilfarro por partida doble: cargos excesivos y dinero mal aplicado, que no suele cubrir las necesidades existentes. Los recursos que el Estado o las organizaciones internacionales vierten en estas causas, rara vez llegan a quienes los necesitan.

Más allá de los despilfarros, existe otro aspecto de la caridad estatal que usualmente no se considera. Estas acciones son financiadas, por ser de origen gubernamental, con impuestos que pagan todas las clases sociales. O sea: en muchos casos se le quita dinero a aquellos que lo necesitan para realizar las obras que el Estado considera necesarias. El gobierno decide por los ciudadanos que hacer con su dinero.

La caridad privada en el Uruguay es prácticamente inexistente, debido a las trabas que pone el Estado para realizarla. Los uruguayos no poseemos la libertad de decidir a qué causas deseamos colaborar, si es que deseamos hacerlo. En lugar de ello, el Estado decide por nosotros, quitándonos el dinero y malgastándolo.

La Teletón probó que los uruguayos podemos ser solidarios (en el auténtico sentido del término, como generosidad otorgada libremente) sin necesidad de que el Estado nos estorbe, nos arrebate el dinero y lo desperdicie. Queda por ver si aprendió la lección.

¿Qué es lo que hay que festejar?

24 de Noviembre de 2004. Por Bernardo Massa

El 31 de Octubre, junto con las elecciones, los uruguayos realizamos la primera modificación de la Constitución en el siglo XXI. Y honestamente, comenzamos con el pie izquierdo, en todo sentido.

Durante el siglo XX se monopolizó y se estatizó todo lo que se pudo. Paulatinamente el Estado fue acaparando cada vez más áreas, expulsando de ellas a los operadores privados. Nos transformamos en una sociedad burocrática, lenta y poco eficiente.

Y así nos fue. Poco a poco el Uruguay fue perdiendo la riqueza e infraestructura que había acumulado a lo largo del siglo XIX. De ser una pequeña potencia en crecimiento, pasamos a ser un país tercermundista más.

La idiosincrasia de los políticos uruguayos no deja de sorprendernos. Durante la campaña electoral, tanto Tabaré Vázquez como Jorge Larrañaga se pronunciaron, tímidamente, casi por obligación, a favor de la reforma. Seguramente sabían que este proyecto era un desastre, pero contaron con que, en caso de aprobarse, podrían desde el gobierno, controlarlo. Pero olvidaron un pequeño detalle: La reforma corre desde que se aprueba, o sea dentro del mandato de Batlle, quien, con razón, procedió inmediatamente a aplicarla.

Desde el Partido Liberal nos opusimos permanentemente a la reforma. Siempre sostuvimos que era un proyecto de corte totalitarista, redactado para exclusivo beneficio de los funcionarios de O.S.E. y su gremio. En todo momento declaramos que si era aprobado, todos íbamos a sufrir las consecuencias. Eso fue lo que sostuvimos, y lo que aún sostenemos. Sin embargo, la Constitución es algo que va más allá de nuestras opiniones. Por más criticable que nos parezca, tenemos que respetarla. Y respetarla significa cumplirla.

La ciudadanía eligió apoyar este proyecto. Suya es la responsabilidad de lo que ocurra. En cuanto a los políticos que la apoyaron pensando en el interés político, deben aprender que el costo de la demagogia es alto, si no para ellos, por lo menos sí para todos los que van a salir perjudicados, directa o indirectamente, por esta reforma.

La Constitución no pertenece a los gobernantes de turno, para que la manipulen a su antojo. Gobernar no es hacer “leyes interpretativas” para evitar todo aquello que nos incomoda, por más claro que resulte el texto de la Carta Magna.

En materia constitucional, el siglo XXI comienza siguiendo el mismo rumbo que nos llevo a la miseria en el siglo XX: cada vez más Estado.

Subido a este recrudecimiento de políticas estatistas, el sindicato de ANTEL ya le está pidiendo al gobierno electo que revoque las concesiones a las empresas de telefonía celular, tanto las que operan desde hace años como las que están por llegar al mercado. No les importan los empleos que se pierdan a causa de esto. No les preocupa la señal indudable que damos a los inversores: no los queremos aquí. Lo único que buscan, lo que exigen, es que el Estado los proteja de la libre competencia, que no necesiten ser eficientes, y que toda la sociedad siga siendo su rehén al no tener otra opción que usar los servicios estatales.

Cambiamos de partido de gobierno, pero la filosofía es la misma. Cambiamos de presidente, pero la realidad nos marca que todo va a seguir igual.

Durante la elección unos nos decían cambiemos, mientras que otros nos pedían que despertemos. Si nos guiamos por el resultado del plebiscito, no solo no cambiamos, sino que seguimos profundamente dormidos. Ahora, sólo nos quedan cinco años para meditar sobre lo que hicimos.

Adiós a las urnas

26 de Octubre de 2004. Por Bernardo Massa

Creo que fue Jefferson quien dijo que el precio de la libertad es la vigilancia eterna. No podría estar más de acuerdo. El problema es que Jefferson no aclaró que es lo que hay que hacer cuando la libertad ya está perdida.

No dudo que los uruguayos perdimos nuestra libertad hace tiempo; no frente a un tirano, ni a un invasor extranjero: somos nosotros mismos quienes, con nuestro voto, nos quitamos la libertad. Creamos un Estado que nos aplasta y lo alimentamos, elección tras elección, hasta llegar a el Leviatán actual. Durante casi un siglo seguimos políticos que nos aseguraron que harían lo mejor para todos. Y nos fallaron miserablemente.

Nos fallaron, pero al mismo tiempo lograron abrirnos los ojos, al menos a algunos pocos. La ineptitud de nuestros dirigentes nos forzó a darnos cuenta de su condición de humanos, a bajarlos del pedestal en el que ilusamente los habíamos colocado.

Sin embargo, la gran mayoría de los habitantes del país continúan sin percatarse de la servidumbre en la que viven. A sus ojos, el Estado es aún ese padre bondadoso que los cuida y los protege. Frente al prospecto de la Libertad, la primera reacción del esclavo suele ser el temor. Es que la Libertad implica no depender de nadie mas que de uno mismo.

Ante esta somnolencia generalizada solo nos queda un recurso: llamar a todos los liberales uruguayos a la Revolución, a rebelarnos frente a un Estado abusivo y frente a una democracia que se está convirtiendo en demagogia. Será una Revolución constructiva, no violenta, en la cual muchos de nosotros participamos desde hace tiempo.

Hagamos aquello que creemos que es mejor para el país. Trabajemos para crear una sociedad más libre. Que el Partido Liberal sea tan solo la punta de la lanza, la avanzada de un movimiento que comienza y que devendrá en algo realmente grande.

Todo comienza este domingo. Todo lo que hemos hecho, todo en lo que hemos trabajado se concretará este domingo. Sea cual sea el resultado (y no dudo que nos será favorable), el Partido Liberal es ahora una fuerza en movimiento, y no les será fácil detenerlo.

¡Viva el Partido Liberal!

Nixon y los minutos en Canal 5

20 de Octubre de 2004. Por Bernardo Massa

Estados Unidos, década del ’70. El Presidente Nixon utiliza a los servicios de Inteligencia para conseguir una ventaja sobre sus rivales electorales. El escándalo y la conmoción no se hacen esperar. Nixon se ve forzado a renunciar antes de enfrentar juicio político.

Uruguay, 2004. Políticos de todos los sectores utilizan sus bancas en el Senado para auto-atribuirse minutos de publicidad gratis, con lo que obtienen una ventaja injusta sobre sus rivales electorales sin representación parlamentaria. A nadie le importa.

Quizás se podría argumentar que en el caso de Nixon la falta fue más grave, y que a eso se debe el mayor escándalo. Pero sin embargo, eso no es más que una cuestión de matices. En ambos casos tenemos personas en el poder que utilizaron mal ese poder.

En Estados Unidos, los políticos que trabajan en el gobierno no han perdido la noción de que son funcionarios públicos. Se les respeta enormemente, pero se sabe que fueron electos por el pueblo y es a él a quien sirven. De ahí que haya ocurrido tal escándalo en el caso Watergate: el Presidente abusó de sus funciones y utilizó mal los órganos estatales.

En Uruguay, hace tiempo que los gobernantes han perdido el rumbo. No comprenden que su primera lealtad es hacia sus gobernados. Constantemente utilizan su posición para obtener alguna ventaja, electoral o de cualquier otro tipo. Es la “viveza criolla” en su máxima expresión, la cultura del “garroneo”. Los minutos de televisión cuestan dinero. Dinero que todos pagaremos. ¿Y para qué? Para continuar una casta política que es la responsable del lamentable estado actual de las cosas.

Como colmo de su descaro, los minutos sólo se adjudican a los partidos con representación parlamentaria, o sea, a ellos mismos. La razón de esto escapa a mi comprensión.

Una vez que se superan todas las etapas previas a la elección, todos los partidos se encuentran en igualdad de condiciones. El que aquellos partidos que gobiernan se den a sí mismos ventajas injustas sobre los partidos que no gobiernan es totalmente ajeno al sistema democrático en el que vivimos. Una vez más, ocurre algo indignante y los uruguayos no reaccionan.

La democracia presupone que los ciudadanos se preocupen de su funcionamiento. Aquí parece que no lo hacemos. Eso, de por sí, es preocupante.

Libertad, divino tesoro

6 de Octubre de 2004. Por Bernardo Massa

Que frágil que es la libertad. Tan frágil como valiosa. Intangible, se extiende sobre nosotros sin percibirla hasta que nos falta. Porque la libertad, como tantas otras cosas, solo puede ser definida por su ausencia.

De todos los derechos humanos básicos, es tal vez el más importante, y a su vez, el que mas rápido estamos dispuestos a sacrificar. A lo largo de la historia siempre ha sido la libertad la primera víctima en la búsqueda de algo que, en su momento, parecía más importante.

En nombre de la seguridad, los gobiernos de Estados Unidos y Rusia no dudan en reducir la libertad de sus ciudadanos. Asustado por el terrorismo, George W. Bush está transformando Estados Unidos en un Estado casi-policial. Lo que ayer fue el ejemplo de Democracia y Libertad que guiaba al mundo, hoy está cayendo en un control estatal que pervierte los ideales sobre los que fue fundado ese gran país. En Rusia, Putin parece seguir el ejemplo, quitando los derechos que los ciudadanos rusos comenzaban a disfrutar

Buscando igualdad, o al menos eso declaraba, el comunismo destruyó gradualmente la libertad de quienes estaban bajo ese régimen. La dictadura del proletariado es una dictadura después de todo, y como sistema totalitario, no podía permitir la libertad de ningún tipo. Se aplicó como experimento y falló miserablemente, dividiendo al planeta en dos y sumergiendo a la mitad bajo su control en la más absoluta miseria.

Por una supuesta estabilidad, los sistemas socialistas sacrifican la libertad económica. Pero eso bien lo sabemos los uruguayos, que durante casi un siglo sufrimos regímenes estatistas-socialistas. Y los resultados están a la vista: el país está casi en ruinas, con la economía destruida; por casi cien años le confiamos el dinero de nuestros impuestos al Estado, y este lo derrochó; sacrificamos la libertad de disponer de nuestro dinero como mejor nos pareciese con la promesa de que se utilizaría en beneficio de todos, y nos falló. Lo único que logramos en ese siglo es alimentar a una casta de políticos que sólo buscaron lo mejor para ellos. Conseguimos, no una sociedad más justa sino lo contrario: un sistema que sólo funciona para darle beneficios a unos pocos gobernantes y sus amigos. Clientelismo y corrupción se volvieron palabras habituales en nuestro lenguaje.

Sin embargo, quizás la consecuencia más grave es que los uruguayos nos acostumbramos a esto. Frente a cualquier problema, la solución que proponen es más estatismo. El mejor ejemplo de esto es la reforma a plebiscitarse en las próximas elecciones: cuando surgieron algunos problemas con las concesiones en Maldonado, la respuesta automática fue estatizar toda el agua. Seria risible de no ser tan triste.

El liberalismo es la doctrina que tiene a la Libertad como el valor supremo. En el liberalismo, la Libertad no es algo accesorio, sino la esencia misma de la vida. Para un liberal no hay nada mas sagrado que ella. Desde que surgieron los primeros liberales que se definieron como tales, han pasado varios siglos. Durante este tiempo, surgieron incontables doctrinas y filosofías que predicaron el fin del liberalismo, para luego sucumbir mientras este se mantenía vigente.

Para encontrar el secreto de tal vigencia, basta con observar la piedra angular del pensamiento liberal: la Libertad.

Diez cosas que odio de los políticos uruguayos

27 de Septiembre de 2004. Por Bernardo Massa
  1. La soberbia. Nuestros gobernantes sufren de un serio complejo mesiánico. Están absolutamente convencidos de que no nos gobiernan, sino que nos guían, siguiendo un mandato cuasi-divino. Su destino es protegernos e “iluminarnos” para que nosotros, simples mortales, no tengamos la necesidad de cuidar de nosotros mismos.
  2. La estupidez. Muchos de nuestros legisladores son hombres y mujeres capaces e inteligentes (no todos, pero sí la mayoría). Por eso a uno lo sorprenden las burradas que se discuten en Parlamento. Mayor sorpresa aun causa enterarse que esas mismas burradas no sólo se aprueban, sino que lo hacen por unanimidad. Es como si junto con los fueros, Senadores y Diputados recibieran una lobotomía gratis (a cuenta del Estado).
  3. El despilfarro, tema central de nuestra campaña. Entregar a una persona el dinero propio se llama generosidad. Entregar a esa misma persona dinero ajeno se llama hurto. Así que sería mejor que los políticos fueran tan cuidadosos con los dineros públicos que les fueron confiados como seguramente lo son con los propios.
  4. El poco respeto por la Constitución. Si ese dichoso librito los molesta es justamente porque esa es su función. Los gobernantes se deben limitar a lo que les está permitido, no buscar medios de evadir lo que el Derecho les impone.
  5. Los mamarrachos ideológicos. Hoy día cuesta diferenciar quien es quien en política. En cada partido hay profundas diferencias ideológicas muchas veces irreconciliables. Sin embargo, a nadie le importa, todo sirve para sumar votos.
  6. La ignorancia, muchas veces profunda, de cómo funciona el sistema jurídico. Lo más triste es ver como notorios abogados no vacilan en votar cosas que saben —o deberían saber— son incorrectas. Nadie dice que para ser legislador haya que ser abogado, pero sí por lo menos deberían tener un conocimiento básico de cómo funciona el sistema. O al menos asesorarse.
  7. La falta de consistencia. Si un candidato realiza un discurso, tengo expectativas más o menos razonables de escucharlo decir lo mismo, se encuentre donde se encuentre. Lo que ocurre en la práctica es que los candidatos hoy realizan un discurso en Montevideo y dicen una cosa, luego van al interior y dicen otra, van a Buenos Aires y dicen una tercera, y luego desde Madrid dicen algo completamente distinto. Coherencia, caballeros, que en estos tiempos uno siempre termina por enterarse de lo que se dice en el exterior. El cambio de discurso según donde se encuentre murió con las cartas y las diligencias.
  8. La falta de debate. Si yo sostengo algo es porque creo en ello. Si creo en algo, estoy dispuesto a discutir los argumentos a favor y en contra de mi idea. No vale el “mejor no debato, porque quizás me contradigan”, ya que justamente de eso se trata la política. Si los votantes no pueden comparar ideas —y candidatos— va a ser difícil que tomen una elección racional y sensata. Pero quizás eso es justamente lo que tratan de evitar.
  9. El discurso emocional. Más que razones, en esta campaña se usan emociones. Los sentimientos son una cosa muy linda y todo, pero a la hora de gobernar es necesario usar la razón. Por eso, los candidatos tendrían que detenerse más tiempo en sus programas de gobierno, porque para gobernar hace falta más que buenas intenciones.
  10. Por último, lo que más me molesta de los políticos son sus votantes. Cualquier persona que se deje engañar de una manera tan alevosa como intentan hacer los tres partidos mayoritarios, se merece el gobierno que va a tener. Después de todo, como decía mi abuela, la culpa no es del chancho sino del que le rasca el lomo.