Archivo de la categoría ‘Textos liberales’

Entendiendo el liberalismo

11 de Enero de 2008. Por Secretarí­a

Por Juan Carlos Hidalgo*

El liberalismo es el responsable de los mayores avances experimentados por la humanidad en los campos político, social y económico. Y aún así, a lo largo y ancho del planeta, el pensamiento liberal es víctima del asalto constante de académicos, políticos y activistas que le achacan los principales males contemporáneos, desde la pobreza extrema hasta la degradación ambiental.

Muchas de estas críticas se derivan de la ignorancia, otras son malintencionadas. Lo cierto es que los liberales nos encontramos en un estado defensivo permanente. De ahí que la publicación de Liberalismo: Una aproximación de David Boaz, vicepresidente ejecutivo del Cato Institute, sirve de un importante insumo intelectual en la batalla de ideas.

El pensamiento liberal es bastante sencillo. Como explica Boaz, “El liberalismo sostiene que cada individuo tiene derecho a vivir su vida como desee, siempre y cuando respete los derechos iguales de los demás. Los liberales defendemos el derecho de cada individuo a la vida, la libertad y la propiedad, derechos que el ser humano posee de forma natural, antes que se crearan los gobiernos. Según la visión liberal, todas las relaciones entre seres humanos deben ser voluntarias, La ley debe prohibir solamente las acciones que implican el uso de la violencia contra aquellos que no la han ejercido. En otras palabras, la ley debe circunscribirse a reprimir asesinatos, robos, secuestros y fraudes”.

Si analizamos bien, los preceptos liberales se encuentran dentro de las primeras enseñanzas que los padres dan a sus hijos: “no le pegues a otros niños, no robes, y no mientas”. Sin embargo, por alguna razón, cuando crecemos empezamos a hacer excepciones a estas reglas. La mayor de ellas es el Estado. Boaz indica que lo que nos caracteriza como liberales es la coherencia con que aplicamos estos principios, tanto a gobiernos como a individuos. El Estado fue creado para proteger los derechos a la vida, la libertad y la propiedad que poseen las personas. Sin embargo, como escribiera Frédéric Bastiat hace más de 150 años, esta ley ha sido pervertida y a lo largo de los siglos el Estado se ha convertido en el principal violador de los derechos individuales. De tal forma, el pensamiento liberal se ha vuelto sinónimo de lucha contra el avance del poder estatal en áreas que van más allá de sus funciones legítimas.

Para el lector liberal, Liberalismo… tiene mucho qué ofrecer. En particular, el capítulo 2 del libro hace una reseña detallada de la evolución del pensamiento liberal, partiendo de los escritos de Lao Tse en el siglo VI antes de Cristo, y culminando con el movimiento liberal contemporáneo, el cual experimenta un resurgimiento luego de la Segunda Guerra Mundial con las publicaciones de luminarias como Ludwig von Mises, F. A. Hayek, Ayn Rand, Milton Friedman, entre muchos otros.

El libro es bastante polémico, incluso para un lector liberal. Luego de hacer un análisis filosófico exhaustivo de la teoría de derechos naturales, Boaz analiza los alcances de ésta en una serie de debates de políticas públicas contemporáneos, tanto en el campo económico como social. Refiriéndose a muchos de los problemas que enfrentan nuestras sociedades en la actualidad, Boaz aplica la máxima liberal de que “el gobierno no puede resolver estos problemas. Y muchas veces es precisamente el que los causa”. De esta forma ofrece un recetario de políticas públicas liberales en materia de salud, educación, pensiones, combate al crimen, asistencia social, entre otros.

Si bien el libro fue originalmente escrito para el público estadounidense, muchos de los temas que se tratan en él también tienen relevancia dentro del debate político latinoamericano. No obstante, el lector de la región encontrará en la discusión filosófica las páginas más interesantes.

Este volúmen no es una respuesta a todas las preguntas que enfrentamos los liberales a diario, ni pretende serlo. Como lo dice el título, es una aproximación de lo que consiste el ideario liberal, y los principios sobre los cuales se sustenta. Para aquel que quiera profundizar en alguna de las áreas cubiertas por Boaz, el libro ofrece al final una amplia recomendación bibliográfica.

En América Latina, a pesar del surgimiento del populismo y el socialismo del siglo XXI en países como Venezuela, Ecuador y Bolivia, las ideas liberales siguen teniendo gran relevancia en cualquier discusión política. Los liberales en la región cargamos con la cruz de que las reformas económicas llevadas a cabo en los noventa no fueron en su mayoría puestas en práctica por liberales. Por lo tanto se le achaca al liberalismo problemas sobre los cuales no tiene responsabilidad alguna. Aún así, aquellos países como Chile y El Salvador que implementaron reformas liberales de manera más consistente son los que destacan por sus avances en lo económico y social.

Boaz culmina su libro con una nota positiva: “El liberalismo es mucho más que una plataforma para construir una utopía. Es la plataforma indispensable para construir el futuro”. Cuando miramos alrededor nuestro en América Latina ciertamente vemos la necesidad de más liberalismo, más mercado, más derechos de propiedad, más Estado de Derecho, más libertad de escogencia, más tolerancia, más sociedad civil. La tarea no es sencilla.

Sin embargo sabemos que el juicio de la historia falla a nuestro favor. Las ideas liberales han probado generar riqueza, bienestar y paz donde quiera que han sido intentadas. Nuestra responsabilidad es hacerlas una realidad en toda América Latina.

* Juan Carlos Hidalgo es Coordinador para Proyectos de América Latina del Cato Institute. Éste artículo fue publicado originalmente en la revista Perspectivas (Colombia) en la edición de noviembre de 2007.

El Estado

16 de Mayo de 2005. Por Secretarí­a

Por Frédéric Bastiat*

Yo quisiera que se creara un premio, no de quinientos francos, sino de un millón, con coronas, cruz y cinta en favor de aquél que diera una definición buena, simple e inteligible de esta palabra: El Estado.

¡Qué inmenso servicio proporcionaría a la sociedad! ¡El Estado! ¿Qué es? ¿Dónde está? ¡Qué hace? ¿Qué debería hacer?

Todo lo que nosotros sabemos es que es un personaje misterioso, y seguramente el más solicitado, el más atormentado, el más atareado, el más aconsejado, el más acusado, el más invocado y el más provocado que hay en el mundo.

Porque, Señor, no he tenido el honor de conocerle, pero yo apuesto diez contra uno a que después de seis meses Usted hace utopías, y si Usted hace utopías, apuesto diez contra uno a que Usted encarga al Estado de realizarlas.

Y Usted, Señora, estoy seguro de que desearía en el fondo de su corazón curar todos los males de la triste humanidad y que Usted no estaría de ningún modo molesta si el Estado quisiera solamente prestarse a ello.

Pero, ¡ay! El infeliz, como Fígaro, no sabe a quién oír ni a cuál lado volverse. Las cien mil bocas de la prensa y de la tribuna le gritan a la vez:

«Organiza el trabajo a los trabajadores.
Extirpa el egoísmo.
Reprime la insolencia y la tiranía del capital.
Haz experimentos sobre el estiércol y sobre los huevos.
Surca el país de rieles.
Irriga los llanos.
Puebla de árboles las montañas.
Funda granjas modelos
Funda talleres armoniosos.
Coloniza Argelia.
Amamanta a los niños.
Instruye la juventud.
Asegura la vejez.
Envía a los campos los habitantes de los pueblos.
Pondera los beneficios de todas las industrias.
Presta dinero sin interés a quienes lo deseen.
Libera Italia, Polonia y Hungría.
Eleva y perfecciona el caballo de silla.
Estimula el arte, fórmanos músicos y bailarines.
Prohíbe el comercio y, a la misma vez crea una marina mercante.
Descubre la verdad y echa en nuestras cabezas una pizca de razón.
El Estado tiene por misión esclarecer, desarrollar, agrandar, fortalecer, espiritualizar y santificar el alma de los pueblos.»

— «¡Eh! Señores, un poco de paciencia», responde el Estado, con un aire lastimoso.

«Yo intentaré satisfacerlos, pero para ello me hacen falta algunos recursos. He preparado proyectos concernientes a cinco o seis impuestos totalmente nuevos y los más benignos del mundo. Ustedes querrán el placer de pagarlos.»

Pero entonces un gran grito se eleva: «¡Ah no! ¡Ah no! ¡Cuál sería el buen mérito de hacer cualquier cosa con recursos! No valdría la pena de llamarse Estado. Lejos de preocuparnos por nuevos impuestos, le conminamos a retirar los antiguos. Suprime:

El impuesto de la sal;
El impuesto de las bebidas;
El impuesto de las cartas;
La concesión;
Las patentes;
Las prestaciones.»

En medio de este tumulto y después de que el país ha cambiado dos o tres veces su Estado por no tener satisfechos a todos tales demandas, he querido hacer ver que ellas han sido contradictorias. ¡De qué me he atrevido, por Dios! ¿No pude guardar para mí esta infortunada observación?

Heme aquí desacreditado ante todos por siempre, acusando recibo de que soy un hombre sin corazón y sin entrañas, un filósofo seco, un individualista, un burgués y, para decirlo todo en una palabra, un economista de la escuela inglesa o estadounidense.

¡Oh! Perdónenme, escritores sublimes, que nada me detiene, ni las mismas contradicciones. Estoy equivocado, sin duda, y me retracto de todo corazón. No pido nada mejor, estén seguros, que Ustedes hayan verdaderamente descubierto, fuera de nosotros, un ser bienhechor e inagotable, llamado Estado, que tiene pan para todas las bocas, trabajo para todos los brazos, capitales para todas las empresas, crédito para todos los proyectos, aceite para todas las llagas, alivio para todos los sufrimientos, consejo para todos los perplejos, soluciones para todas las dudas, verdades para todas las inteligencias, distracciones para todos los aburrimientos, leche para la infancia, vino para la vejez, que provee a todas nuestras necesidades, previene todos nuestros deseos, satisface todas nuestras curiosidades, endereza todos nuestros errores, todas nuestras faltas y nos dispensa a todos en adelante de previsión, de prudencia, de juicio, de sagacidad, de experiencia, de orden, de economía, de temperamento y de actividad.

¿Y por qué no lo desearía? Dios me perdone, entre más he reflexionado, más encuentro que el asunto es cómodo y estoy impaciente de tener, yo también, a mi alcance, esta fuente inagotable de riquezas y de luces, esta medicina universal, este tesoro sin fondo, este consejero infalible que Ustedes llaman Estado.

También pido que me lo muestren, que me lo definan, porque propongo la creación de un premio para el primero que descubra este fénix. Porque, en fin, bien se me recordará que este descubrimiento precioso todavía no ha sido hecho, porque, hasta ahora, a todo esto que se presenta bajo el nombre del Estado el pueblo le derroca enseguida, precisamente porque no llena las condiciones algo contradictorias del programa.

¿Falta decirlo? Temo que seamos, en este respecto, engañados por una de las más bizarras ilusiones que se hayan apoderado jamás del ser humano.

El hombre repugna de la Pena, del Sufrimiento. Y sin embargo está condenado por la naturaleza al Sufrimiento de la Privación si no acepta la Pena del Trabajo. No tiene luego más que la elección entre estos dos males.

¿Cómo hacer para evitar los dos? Hasta aquí no ha encontrado ni encontrará jamás otro medio: disfrutar del trabajo de otro; hacer de suerte que la Pena y la Satisfacción no incumban a cada uno según la proporción natural, sino que toda la pena sea para los unos y todas las satisfacciones para los otros. De allí la esclavitud, de allí la expoliación, en cualquier forma que tome: guerras, imposturas, violencias, restricciones, fraudes, etc., abusos monstruosos pero consecuentes con el pensamiento que les ha dado nacimiento. Se debe odiar y combatir a los opresores, no se puede decir que sean absurdos.

La esclavitud está terminando, gracias al Cielo, y, por otro lado, esta disposición por la que estamos listos a defender nuestro bien hace que la Expoliación directa y cándida no sea fácil. Una cosa pues permanece. Es esta infeliz inclinación primitiva que llevan dentro de sí todos los hombres a dividir en dos partes la suerte compleja de la vida, rechazando la Pena sobre otros y guardando la Satisfacción para sí mismos. Queda por ver bajo cuál forma nueva se manifiesta esta triste tendencia.

El opresor no actúa más directamente por sus propias fuerzas sobre el oprimido. No, nuestra conciencia se ha convertido en demasiado meticulosa para ello. Hay todavía tirano y víctima, pero entre ellos se coloca un intermediario que es el Estado, es decir la ley misma. ¿Qué más propio para hacer callar nuestros escrúpulos y, lo qué es quizás más apreciado, para vencer las resistencias? Luego, todos, con un título cualquiera, bajo un pretexto o bajo otro, nos dirigimos al Estado. Le decimos: «No he encontrado entre mis goces y mi trabajo una proporción que me satisfaga. Bien quisiera, para establecer el equilibrio deseado, tomar algún poco del bien de otro. Pero esto es peligroso. ¿No podría Usted facilitarme la cosa? ¿No podría darme una buena plaza? ¿O bien dificultar la industria de mis competidores? ¿O bien prestarme capitales que Usted haya tomado a sus propietarios? ¿O asegurarme el bienestar cuando tenga cincuenta años? Por este medio, llegaré a mi meta con toda tranquilidad de conciencia, porque la ley misma habrá actuado por mí, ¡y tendré todas las ventajas de la expoliación sin tener ni los riesgos ni los odios!»

Como es cierto, por una parte, que dirigimos todos al Estado alguna demanda semejante y que, por otra parte, está comprobado que el Estado no puede procurar satisfacción a los unos sin aumentar el trabajo de los otros, en espera de otra definición del Estado me creo autorizado a dar aquí la mía. ¿Quién sabe si me llevaré el premio? Hela aquí:

El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo.

Porque, hoy como en otros tiempos, cada uno, un poco más, un poco menos, quisiera aprovecharse del trabajo de otro. Este sentimiento no se osa exhibirlo, se disimula a sí mismo; ¿y entonces qué se hace? Se imagina un intermediario, se envía al Estado, y cada clase por turno viene a decirle: «Usted que puede tomar lealmente, honestamente, tome del público y compartiremos». ¡Ay! El Estado no tiene más que inclinarse a seguir el diabólico consejo; porque está compuesto de ministros, de funcionarios, de hombres en fin, quienes, como todos los hombres, llevan en el corazón el deseo y toman siempre con ardor la ocasión de ver agrandarse sus riquezas y su influencia. El Estado, pues, comprende de prisa el partido que puede sacar del papel que el público le ha confiado. Será el árbitro, el amo de todos los destinos: tomará mucho, luego se dejará mucho a sí mismo; multiplicará el número de sus agentes, ensanchará el círculo de sus atribuciones; terminará por adquirir proporciones aplastantes.

Pero lo que falta señalar es la asombrosa ceguera del público en todo esto. Cuando los soldados victoriosos reducen a los vencidos a esclavitud, han sido bárbaros, pero no han sido absurdos. Su meta, como la nuestra, fue vivir a expensas del otro; pero, como a nosotros, no les falló. ¿Qué debemos pensar de un pueblo donde no parece sospecharse que el pillaje recíproco no es menos pillaje porque sea recíproco, que no es menos criminal porque se ejecute legalmente y con orden, que no se ajusta para nada al bienestar público, que lo disminuye por el contrario tanto como cuesta este intermediario dispendioso que llamamos Estado?

Y a esta gran quimera la hemos colocado, para edificación del pueblo, en el frontispicio de la Constitución. He aquí las primeras palabras del preámbulo: «Francia se constituye en República para… llamar a todos los ciudadanos a un grado siempre más elevado de moralidad, de luz y de bienestar.»

Así, es Francia o la abstracción quien llama a los franceses o las realidades a la moral, al bienestar, etc. ¿Hay que abundar en el sentido de esta bizarra ilusión que nos lleva a todos a esperar otra energía que la nuestra? ¿Hay que dar a entender que hay, al lado y fuera de los franceses un ser virtuoso, esclarecido, rico, que puede y debe verter sobre ellos sus beneficios? ¿Hay que suponer, y por cierto muy gratuitamente, que hay entre Francia y los franceses, entre la simple denominación abreviada, abstraída, de todas las individualidades y de estas individualidades mimas, relaciones de padre a hijo, de tutor a pupilo, de profesor a escolar? Sé bien que se dice a veces metafóricamente: La patria es una madre tierna. Pero para atrapar en flagrante delito de inanidad a la proposición constitucional, es suficiente mostrar que puede ser invertida no solo diría que sin inconveniente, sino incluso con ventaja. ¿La exactitud sufriría si el preámbulo hubiera dicho:

«Los franceses se han constituido en República para llamar a Francia a un grado siempre más elevado de moralidad, de luz y de bienestar»?

Ahora bien, ¿cuál es el valor de un axioma en el que el sujeto y el predicado pueden cambiar de sitio sin inconveniente? Todo el mundo comprende cuando se dice: la madre amamantará al niño. Pero sería ridículo decir: el niño amamantará a la madre.

Los estadounidenses se hacían otra idea de las relaciones de los ciudadanos con el Estado cuando colocaron a la cabeza de su Constitución estas simples palabras:

«Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, para formar una unión más perfecta, establecer la justicia, asegurar la tranquilidad interior, proveer a la defensa común, acrecentar el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad a nosotros mismos y a nuestra posteridad, decretamos, etc.»

Aquí el punto de creación quimérica, punto de abstracción a la que los ciudadanos piden todo. No esperan nada más que de ellos mismos y de su propia energía.

Si se me permite criticar las primeras palabras de nuestra Constitución, no hace más, como se podría creer, que una pura sutileza metafísica. Pretendo que esta personificación del Estado ha sido en el pasado y será en el provenir una fuente fecunda de calamidades y de revoluciones.

He aquí el Público de un lado, el Estado del otro, considerados como dos seres distintos, éste teniendo que entregar a aquél, aquél teniendo derecho a reclamar de éste el torrente de felicidades humanas. ¿A qué debe llegarse?

Al hecho de que el Estado no es manco ni puede serlo. Tiene dos manos, una para recibir y otra para dar, dicho de otro modo, la mano ruda y la mano dulce. La actividad de la segunda está necesariamente subordinada a la actividad de la primera.

En rigor, el Estado puede tomar y no dar. Esto se observa y se explica por la naturaleza porosa y absorbente de sus manos, que retienen siempre una parte y algunas veces la totalidad de lo que ellas tocan. Pero lo que no se ha visto jamás ni jamás se verá e incluso no se puede concebir es que el Estado dé al público más de lo que le ha tomado. Es luego muy loco que tomemos alrededor de él la humilde actitud de mendigos. Es radicalmente imposible conferir una ventaja particular a algunos individuos que constituyen la comunidad sin infligir un daño superior a la comunidad entera.

Se encuentra luego colocado, por nuestras exigencias, en un círculo vicioso manifiesto.

Si rehúsa el bien que se exige de él, es acusado de impotencia, de mala voluntad, de incapacidad. Si intenta realizarlo, se reduce a golpear al pueblo con impuestos redoblados, a hacer mayor mal que bien, a atraerse, por otro lado, la desafección general.

Así, en el público hay esperanzas, en el gobierno dos promesas: muchos beneficios y no impuestos. Esperanzas y promesas que, siendo contradictorias, no se realizan jamás.

¿No es ello la causa de todas nuestras revoluciones? Porque entre el Estado, que prodiga promesas imposibles, y el público, quien ha concebido esperanzas irrealizables, se vienen a interponer dos clases de hombres: los ambiciosos y los utópicos. Su papel está totalmente trazado por la situación. Es suficiente a estos cortesanos de popularidad gritar a las orejas del pueblo: «El poder te engaña; si nosotros estuviéramos en su lugar, te colmaríamos de beneficios y te liberaríamos de impuestos.»

Y el pueblo cree, y el pueblo espera, y el pueblo hace una revolución.

Tan pronto sus amigos se encargan de los asuntos, son urgidos a ejecutarlos. «Denme luego trabajo, pan, seguros, crédito, instrucción, colonias, dice el pueblo, y sin embargo, según sus promesas, libérenme de las garras del fisco.»

El Estado nuevo no está más apurado que el Estado antiguo, pues, en realidad lo imposible bien se puede prometer, pero no cumplir. Busca ganar tiempo, que le hace falta para madurar sus vastos proyectos. Primero, hace algunos tímidos ensayos; por un lado, extiende un poco la instrucción primaria; por el otro, modifica un poco el impuesto de las bebidas (1830). Pero la contradicción sales siempre por delante; si quiere ser filántropo, está forzado a permanecer fiscal; si renuncia al fisco, le falta renunciar también a la filantropía.

Estas dos promesas se impiden siempre y necesariamente la una a la otra. Usar del crédito, es decir, devorar el provenir, es de hecho un medio actual de conciliarlos; se ensaya hacer un poco de bien en el presente a expensas de mucho mal en el porvenir. Pero este proceder evoca el espectro de la bancarrota a quien toma el crédito. ¿Qué hacer luego? Entonces el Estado nuevo toma su parte valientemente; reúne las fuerzas para mantenerse, sofoca la opinión, recurre a lo arbitrario, ridiculiza sus antiguas máximas, declara que se no puede administrar más que con la condición de ser impopular; en una palabra, se proclama gubernamental.

Y está aquí lo que los otros buscadores de popularidad esperan. Ellos explotan la misma ilusión, pasan por la misma vía, obtienen el mismo éxito, y van sobre todo a hundirse en el mismo abismo. Así hemos llegado a febrero. En esta época, la ilusión que ha sido objeto de este artículo había penetrado más que nunca en las ideas del pueblo con las doctrinas socialistas. Más que nunca, se esperaba que el Estado bajo la forma republicana abriera totalmente la gran fuente de beneficios y cerrara la de impuestos. «Me he equivocado a menudo, dice el pueblo, pero me vigilaré a mí mismo para no equivocarme una vez más.»

¿Qué puede hacer el gobierno provisional? ¡Ay! Lo que se hace siempre en coyunturas parecidas: prometer y ganar tiempo. No faltaba más, y para dar a sus promesas más solemnidad, las fija en sus decretos. «Aumento del bienestar, disminución del trabajo, seguridad, crédito, instrucción gratuita, colonias agrícolas, roturación y al mismo tiempo reducción del impuesto de la sal, de las bebidas, de las cartas, de la carne, todo será concedido… al venir la Asamblea Nacional.»

La Asamblea Nacional ha venido, y como no se pueden realizar dos contradicciones, su tarea, su triste tarea, se ha limitado a retirar, lo más suavemente posible, uno tras otro, todos los decretos del gobierno provisional.

Sin embargo, para no volver la decepción más cruel, ha sido necesario transigir un poco. Ciertos compromisos se han mantenido, otros han recibido un muy limitado comienzo de ejecución. También la administración actual se esfuerza en imaginar nuevos impuestos.

Ahora me transporto con el pensamiento a algunos meses en el porvenir, y me pregunto, con tristeza en el alma, lo que vendrá cuando los agentes de la nueva creación vayan a nuestras campiñas a colectar los nuevos impuestos sobre las sucesiones, sobre las rentas, sobre los beneficios de la explotación agrícola. Que el Cielo desmienta mis presentimientos, pero veo allí un papel a desempeñar por los buscadores de popularidad.

Lean el último Manifiesto de los Montagnards, aquél que se ha emitido a propósito de la elección presidencial. Es un poco largo, pero, después de todo, se resume en dos palabras: El Estado debe dar mucho a los ciudadanos y tomar poco de ellos. Es siempre la misma táctica o, si se quiere, el mismo error.

«El estado debe gratuitamente instrucción y educación para todos los ciudadanos».

Debe:

«Una enseñanza general y profesional apropiada hasta donde sea posible a las necesidades, a las vocaciones y a las capacidades de cada ciudadano.»

Debe:

«Enseñar sus deberes hacia Dios, hacia los hombres y hacia sí mismo; desarrollar sus sentimientos, sus aptitudes y sus facultades, darles en fin la ciencia de su trabajo, el entendimiento de sus intereses y el conocimiento de sus derechos.»

Debe:

«Poner al alcance de todos las letras y las artes, el patrimonio del pensamiento, los tesoros del espíritu, todos los disfrutes intelectuales que elevan y fortalecen el alma.»

Debe:

«Reparar todo siniestro, incendio, inundación, etc. (este et caetera dice más de lo que dice) sufrido por un ciudadano.»

Debe:

«Intervenir en las relaciones del capital con el trabajo y hacerse regulador del crédito.»

Debe:

«A la agricultura estímulos serios y una protección eficaz.»

Debe:

«Volver a comprar los ferrocarriles, los canales, las minas» y sin duda también administrarlas con esa capacidad industrial que le caracteriza.

Debe:

«provocar las iniciativas generosas, estimularlas y ayudarlas con todos los recursos capaces de hacerlas triunfar. Regulador del crédito, comanditará ampliamente las asociaciones industriales y agrícolas, a fin de asegurar el éxito.»

El Estado debe todo ello, sin perjuicio de los servicios a los que debe hacer frente hoy; y, por ejemplo, deberá tener siempre respecto a los extranjeros una actitud amenazante, pues dicen los signatarios del programa, «ligado por esta solidaridad santa y por las precedentes de la Francia republicana, llevamos nuestros votos y nuestras esperanzas más allá de las barreras que el despotismo eleva entre las naciones: el derecho que queremos para nosotros, lo queremos para todos aquellos a los que oprime el jugo de las tiranías; queremos que nuestra gloriosa armada sea, si hace falta, la armada de la libertad.»

Verán que la mano dulce del Estado, esta buena mano que da y que reparte, estará muy ocupada bajo el gobierno de Montagnard. ¿Creen Ustedes quizás que lo estará de la misma manera la mano ruda, esta mano que penetra y extrae de nuestros bolsillos?

Desengáñense. Los buscadores de popularidad no sabrán su oficio si no tienen el arte de mostrar la mano dulce ocultando la mano ruda.

Su reino será seguramente el jubileo del contribuyente. «Es lo superfluo, dicen, no lo necesario lo que el impuesto debe atacar.»

¿No será un buen tiempo aquél en que, para colmarnos de beneficios, el fisco se contentará con mermar nuestro superfluo?

Esto no es todo. Los Montagnards aspiran a que «el impuesto pierda su carácter opresivo y no sea más que un acto de fraternidad.«

¡Bondad del cielo! Sabía bien que está de moda meter la fraternidad en todas partes, pero no sospechaba que se la pudiera meter en el cobro del recaudador.

Llegando a los detalles, los signatarios del programa dicen:

«Queremos la abolición inmediata de los impuestos que golpean a los objetos de primera necesidad, como la sal, las bebidas, et caetera

«La reforma del impuesto a los bienes raíces, de las concesiones, de las patentes.»

«La justicia gratuita, es decir la simplificación de formas y la reducción de gastos.» (Esto sin duda se refiere al timbre.)

Así, impuesto a los bienes raíces, concesiones, patentes, timbre, sal, bebidas, correos, todo eso desaparece. Estos señores han encontrado el secreto de dar una actividad ardorosa a la mano dulce del Estado paralizando su mano ruda.

Bien, pregunto al lector imparcial, ¿no es eso infantilismo, y más aún, infantilismo peligroso? ¿Cómo el pueblo no hará revolución sobre revolución una vez que decide a no detenerse hasta que haya realizado esta contradicción: «¡No dar nada al Estado y recibir mucho!»

¿Creen que si los Montagnards llegarán al poder no serán las víctimas de los medios que han empleado para tomarlo?

Ciudadanos, en todos los tiempos dos sistemas políticos han estado presentes y ambos pueden apoyarse en buenas razones. Según uno, el Estado debe hacer mucho, pero también debe tomar mucho. Según el otro, esa doble función se debe hacer sentir poco. Entre los dos sistemas es necesario optar. Pero en cuanto a un tercer sistema, que participe de los otros dos y que consista en exigir del Estado sin darle nada, es quimérico, absurdo, pueril, contradictorio, peligroso. Aquellos que lo ponen por delante para darse el placer de acusar a todos los gobernantes de impotencia y exponerles así a ataques, estos a Ustedes los adulan o los engañan, o al menos se engañan a ellos mismos.

En cuanto a nosotros, pensamos que el Estado no es o no debería ser otra cosa que la fuerza común instituida no para ser entre todos los ciudadanos un instrumento de opresión y de expoliación recíproca sino, por el contrario, para garantizar a cada uno lo suyo y hacer reinar la justicia y la seguridad.

* Frédéric Bastiat (1801-1850) vivió en Francia durante la primera mitad del siglo XIX. Fue aquella una época convulsionada y divisiva, en la que a la juventud se le exigía involucrarse en las luchas ideológicas y en las revoluciones que culminaron con la destrucción del antiguo régimen en Europa. Pero, la alternativa a los Estados Nacionales Monárquicos, a los Emperadores autócratas, o a las tiranías militares, no estaba clara y el debate habría de durar hasta bien entrado el siglo XX. Las opciones del intervencionismo del Estado en la economía mediante los privilegios fiscales —el proteccionismo—, el radical movimiento comunista y el indefinido socialismo, eran las corrientes más populares. Ante estas corrientes destructoras del progreso de los pueblos, Bastiat enarboló la bandera de la libertad, caída tras la degeneración de principios y las luchas sanguinarias en que culminó Revolución Francesa. El texto precedente fue publicado en el Diario de Debates, número del 25 de setiembre de 1948.

La desobediencia civil

21 de Abril de 2003. Por Secretarí­a

Por Henry David Thoreau*

Asumo de corazón el lema “el mejor gobierno es el que menos gobierna” y deseo verlo en acción. Viene a ser lo mismo que “el mejor Estado sería aquel donde no se gobierna en absoluto, y, cuando los hombres estén preparados, ése será el Estado que tendrán.”

(…) Debemos ser primero hombres y después súbditos. Las masas sirven al Estado como máquinas, con sus cuerpos. En eso consisten el ejército, los funcionarios, los ayudantes del alguacil, etc. No tienen libre ejercicio del juicio ni del sentido común, sino que actúan como la madera, la tierra, las piedras, y quizá fabriquemos algún día hombres de madera que sirvan igual ese propósito. Tales hombres no merecen más respeto que una pila de estiércol, pero generalmente son considerados buenos ciudadanos. Los héroes, los patriotas y los reformadores actúan con su conciencia, por lo que se suelen oponer al Estado y éste les trata como enemigos. ¿Cómo debemos comportarnos con este Estado norteamericano de hoy? No podemos asociarnos con él sin deshonra. No puedo reconocer como mi Estado a esa organización que permite la esclavitud (…) Cuando la sexta parte de la nación son esclavos, y el ejército invade y conquista injustamente todo un país (México) sometiéndolo a la ley marcial, no es demasiado pronto para que los hombres honestos se rebelen y subleven. Que el país invadido no sea el nuestro, sino que nuestro sea el ejército invasor, hace más urgente este deber.

Existen leyes injustas. ¿Nos contentaremos con obedecerlas? ¿Nos esforzaremos en enmendarlas, obedeciéndolas mientras tanto? ¿O las transgredimos de una vez? Si la injusticia requiere de tu colaboración, rompe la ley. Sé una contra fricción para detener la máquina (…) Bajo un Estado que encarcela injustamente, el lugar del hombre justo es también la cárcel. Hoy el único lugar que el gobierno ha provisto para sus espíritus más libres está en sus prisiones, para encerrarlos y separarlos del Estado, tal y como ellos mismos ya se han separado de él por principios. Allí se encontrarán el esclavo fugitivo, el prisionero mexicano y el indio. Es la única casa en la que se puede permanecer con honor.

No pagar impuestos sería menos sangriento que pagarlos, capacitando al Estado para derramar sangre inocente. Si niego la autoridad al Estado cuando me exige sus impuestos, tomará y arrasará mi propiedad, y nos acosará sin tregua a mí y a mis hijos. Es duro, pero me cuesta menos el castigo que llegar a obedecer. Me sentiría de mucho menos valor. El Estado no tiene mayor honestidad o juicio, sino fuerza bruta. Y yo no nací para ser forzado. Respiraré a mi manera. Veamos quién es más fuerte. Cuando el Estado me dice “la bolsa o la vida”, ¿por qué debo apresurarme a pagar? Deseo simplemente negarle mi lealtad y vivir lejos de él. De hecho, le declaro tranquilamente la guerra al Estado, a mi manera.

La autoridad del Estado debe tener el consentimiento de cada gobernado. No tiene más derechos sobre mi persona y propiedad que los que yo le conceda. No habrá una nación realmente libre hasta que el Estado reconozca al individuo como ente superior del que deriva toda su autoridad, y le trate en consecuencia.

* Henry David Thoreau (1817-1862) demostró con sus obras cómo el libertarianismo y el individualismo pueden aplicarse efectivamente en la vida de una persona. Reconocido como uno de los autores, filósofos y naturalistas estadounidenses más influyentes, optó por ir a la carcel antes que pagar un impuesto que apoyara la guerra de Estados Unidos contra México. Escribió varios libros y ensayos, entre los que destacan “Walden, or Life in the Woods”; (1854) y “A Week on the Concord and Merrimack Rivers”; (1849). Lo que aquí presentamos son los párrafos seminales de su famoso ensayo “Civil Disobedience” (1849).

Los cimientos económicos de la libertad

20 de Febrero de 2003. Por Hugo Donner

Por Ludwig von Mises*

Los animales son dominados por urgencias instintivas. Ceden al impulso que prevalece en el momento y que exige satisfacción perentoria. Son marionetas de sus apetitos.

La eminencia del ser humano radica en el hecho de que elige entre alternativas. Regula su comportamiento en forma deliberada. Puede controlar sus impulsos y deseos; tiene la capacidad de suprimir aquéllos cuya satisfacción lo forzaría a renunciar a la consecución de fines más importantes. En resumen: el ser humano actúa; busca intencionalmente los fines elegidos. Eso es lo que tenemos en mente cuando afirmamos que el hombre es una persona moral, responsable por su conducta.

La Libertad como un Postulado de la Moral

Todas las enseñanzas y los preceptos de la ética, tanto los basados en un credo religioso como los basados en una doctrina secular como la de los filósofos estoicos, presuponen esa autonomía moral del individuo y por lo tanto apelan a su conciencia.

Presuponen que el individuo es libre de elegir entre varias formas de conducta y requieren que se comporte de acuerdo a reglas definidas, las reglas de la moral.

Haz las cosas buenas, evita las malas.

Esa es la razón por la cual la libertad no es sólo un postulado político, sino también un postulado de todas las morales religiosas o seculares.

La Lucha por la Libertad

Sin embargo, durante miles de años, una parte considerable de la humanidad estuvo total o parcialmente privada de la facultad de elegir entre lo bueno y lo malo. En la sociedad jerárquica de los tiempos pasados la libertad de actuar de acuerdo al propio albedrío estaba, para los estratos más bajos de la sociedad —la amplia mayoría de la población— seriamente restringida por un rígido sistema de controles. Una formulación explícita de este principio fue el estatuto del Sacro Imperio Romano que confería a los príncipes y condes del Reich (Imperio) el poder y el derecho de determinar la confesión religiosa de sus súbditos.

Los orientales se resignaron pacíficamente a ese estado de cosas. Pero los pueblos cristianos de Europa y sus vástagos que se establecieron en los territorios de ultramar, nunca cedieron en sus esfuerzos en pos de la libertad. Paso a paso abolieron todos los privilegios e inhabilitaciones de estado y casta hasta que lograron establecer el sistema que los precursores del totalitarismo pretenden enchastrar llamándolo “el sistema burgués”.

La Supremacía de los Consumidores

El cimiento económico de ese sistema burgués es la economía de mercado en la cual el consumidor es soberano. El consumidor —es decir todos— determina, mediante su compra o abstención de compra, lo que debe producirse, en qué cantidad y con qué calidad. Los empresarios son obligados, a través del instrumento de las pérdidas y las ganancias, a obedecer las órdenes de los consumidores. Sólo podrán florecer aquellas empresas que puedan proveer de la mejor y más barata manera, los bienes y servicios que los consumidores estén más ansiosos por adquirir. Los que fracasen en la satisfacción del público sufren pérdidas y finalmente son forzados a abandonar el negocio.

En las épocas precapitalistas los ricos eran los dueños de grandes latifundios. Ellos o sus antepasados habían adquirido sus propiedades como obsequio —feudos— del soberano quien —con su ayuda— había conquistado el país y subyugado a sus habitantes. Esos terratenientes aristócratas eran amos reales y no dependían del patrocinio de los compradores. Pero los ricos en una sociedad capitalista industrial están sujetos a la supremacía del mercado. Adquieren su riqueza sirviendo a los consumidores mejor que como lo hacen otros, y la pierden cuando otras personas satisfacen los deseos de los consumidores mejor o más barato que ellos. En la economía de libre mercado los dueños del capital están obligados a invertirlo en aquellas líneas de negocio que mejor sirvan al público. Por lo tanto, la propiedad de los bienes de capital se desplaza continuamente hacia las manos de aquellos que sirven a los consumidores más exitosamente. En la economía de mercado, la propiedad privada es, en ese sentido, un servicio público que impone a los propietarios la responsabilidad de emplearla de acuerdo al mejor interés del consumidor soberano. Esto es a lo que se refieren los economistas cuando dicen que la economía de mercado es una democracia en la cual cada centavo da derecho a un voto.

Los Aspectos Políticos de la Libertad

El gobierno representativo es el corolario político de la economía de mercado. El mismo movimiento espiritual que creó el capitalismo moderno sustituyó el dominio de los reyes absolutos y de las aristocracias hereditarias por funcionarios electos. Fue ese tan vilipendiado liberalismo burgués el que trajo libertad de conciencia, de pensamiento, de expresión y de prensa y puso fin a la persecución intolerante de los disidentes.

Un país libre es uno en que cada ciudadano tiene la libertad de encaminar su vida de acuerdo a sus propios planes. Es libre para competir en el mercado por los puestos de trabajo más apetecibles, y en la escena política por los más altos cargos. Depende de los favores de los demás tanto como los demás dependen de los de él. Si pretende triunfar en el mercado, debe satisfacer a los consumidores; si desea triunfar en la labor pública, debe satisfacer a los votantes. Este sistema ha traído a los países capitalistas de Europa Occidental, América y Australia un incremento sin precedentes en las cifras de población y el nivel de vida más alto que se haya conocido en la historia. El tan mentado hombre común tiene a su disposición comodidades que los más ricos en la era precapitalista no podrían ni haber soñado. Puede disfrutar los logros espirituales e intelectuales de la ciencia, la poesía y el arte, que en épocas anteriores sólo eran accesibles a una pequeña élite de gente acomodada. Y es libre de ejercer las confesiones que su conciencia le dicte.

La Falsa Representación Socialista de la Economía de Mercado

Todos los hechos concernientes a la operación del sistema capitalista son presentados falsamente y distorsionados por los políticos y escritores que se arrogaron a sí mismos la etiqueta del liberalismo, la corriente de pensamiento que en el siglo XIX demolió el dominio arbitrario de las monarquías y aristocracias y pavimentó el camino para el libre comercio y la libre empresa. Según lo ven estos defensores de un regreso al despotismo, todos los males que acosan a la humanidad se deben a siniestras maquinaciones de las grandes empresas. Lo que se necesita para conseguir riqueza y felicidad para toda la gente decente es colocar a las corporaciones bajo un estricto control gubernamental. Admiten, aunque tangencialmente, que eso significa la adopción del socialismo, el sistema de la U.R.S.S. Pero afirman que el socialismo será algo completamente diferente en los países de la civilización occidental de lo que es en Rusia. Y de todas formas, dicen, no hay ningún otro método para privar a las mastodónticas corporaciones del enorme poder que han adquirido, y prevenir que sigan dañando los intereses de la gente.

Para contrarrestar toda esa propaganda fanática, se necesita enfatizar una y otra vez la verdad de que son justamente las grandes empresas las que han posibilitado la mejora sin precedentes del estándar de vida de las masas. Artículos de lujo para unos pocos ricos pueden ser producidos por pequeños negocios. Pero el principio fundamental del capitalismo es la producción para la satisfacción de los deseos de muchos. Las mismas personas que son empleadas por las grandes corporaciones son los principales consumidores de los bienes producidos. Si se mira alrededor en el hogar de un asalariado americano promedio, se verá claramente para quién giran los engranajes de las máquinas. Son las grandes empresas las que hacen que los logros de la tecnología moderna sean accesibles al hombre común. Todos se benefician de la alta productividad de la producción a gran escala.

Es tonto hablar del “poder” de las grandes empresas. La verdadera marca característica del capitalismo es que el poder supremo en todos los asuntos económicos está depositado en las manos de los consumidores. Todas las grandes empresas crecieron desde comienzos modestos a la grandeza porque el apoyo de los consumidores las hizo crecer. Sería imposible para firmas pequeñas o medianas producir aquellos productos de los cuales ningún americano del presente querría prescindir. Cuanto más grande es una corporación, tanto más depende de la disposición del consumidor a comprar sus productos. Fueron los deseos —o como algunos piensan, la locura— de los consumidores, los que llevaron a la industria automotriz a producir automóviles cada vez más grandes, y hoy a que sean cada vez más chicos. Las cadenas de tiendas y tiendas de departamentos están bajo la presión de ajustar sus operaciones nuevamente cada día para adaptarse a los caprichos cambiantes de sus clientes. La ley fundamental del mercado es: el consumidor siempre tiene la razón.

El que siempre critica la conducta de los negocios y cree que conoce mejores métodos para proveer a los consumidores no es más que un charlatán ocioso. Si piensa que sus propias elucubraciones son mejores, ¿porqué no las intenta él mismo?

Siempre hay en este país capitalistas atentos buscando una inversión rentable para sus fondos, que gustosamente proveerían el capital requerido para cualquier innovación razonable. El público siempre estará deseoso de comprar lo que sea mejor o más barato, o mejor y más barato. Lo que cuenta en el mercado no son los sueños fantásticos, sino la acción. No fue hablando que los magnates se hicieron ricos, sino sirviendo a los consumidores.

La Acumulación de Capital Beneficia a Todos

Hoy en día está de moda hacerse el distraído respecto al hecho de que toda mejora económica depende del ahorro y la acumulación de capital. Ninguno de los maravillosos logros de la ciencia y la tecnología podría haber sido aprovechado en la práctica si el capital requerido no se hubiera hecho disponible previamente. La razón por la cual los países subdesarrollados económicamente no pueden obtener ventajas plenas de los métodos occidentales de producción, y por lo tanto mantienen pobres a sus masas, no es la falta de familiaridad con los conocimientos de la tecnología, sino la insuficiencia de su capital. Es claramente un error en la evaluación de los problemas que enfrentan los países subdesarrollados cuando se afirma que lo que les falta es conocimiento técnico o “know-how“. Sus empresarios e ingenieros, la mayoría graduados en las mejores universidades de Europa y EEUU, están muy familiarizados con el estado actual de la ciencia aplicada. Lo que ata sus manos es la escasez de capital.

Hace cien años, EEUU era aún más pobre que esas naciones atrasadas. Lo que hizo que los EEUU se convirtieran en el país más próspero del mundo fue el hecho de que el “rudo individualismo” de los años previos al “New Deal” no fue un obstáculo en el camino de los emprendedores. Los empresarios se enriquecieron porque consumieron sólo una pequeña porción de sus ganancias e invirtieron la mayor parte nuevamente en sus negocios. De esa forma se enriquecieron ellos y a toda la población. Porque fue esa acumulación de capital la que incrementó la productividad marginal del trabajo y por lo tanto los salarios.

Bajo el capitalismo, el poder adquisitivo de un empresario no solo lo beneficia a él mismo, sino a todas las demás personas. Existe una relación recíproca entre la adquisición de su riqueza sirviendo a los consumidores y acumulando capital, y la mejora del estándar de vida de los asalariados que constituyen la mayoría de los consumidores. Las masas están interesadas en el florecimiento de los negocios, tanto en su carácter de asalariados como en su carácter de consumidores. Esto es lo que tenían en mente los viejos liberales cuando declararon que en la economía de mercado prevalece una armonía entre los verdaderos intereses de todos los grupos de la población.

El Bienestar Económico Amenazado por el Estatismo

El ciudadano americano vive y trabaja en esta atmósfera moral y mental del sistema capitalista. Aún quedan algunas partes de los EEUU donde las condiciones parecen altamente insatisfactorias para los prósperos habitantes de los distritos avanzados que conforman la vasta mayoría del país. Pero el rápido progreso de la industrialización hubiera eliminado hace tiempo esos remanentes bolsillos de atraso, si las desafortunadas políticas del “New Deal” no hubieran enlentecido la acumulación de capital, la herramienta irremplazable de la mejora económica. Acostumbrado a las condiciones del medio capitalista, el americano promedio da por sentado que cada año las empresas harán que algo nuevo y mejor le sea accesible. Mirando hacia atrás sus años vividos, se da cuenta de que muchos implementos que eran totalmente desconocidos en su juventud, y muchos otros de los que sólo podía disfrutar una pequeña minoría, hoy son equipamiento corriente en cualquier hogar. Tiene plena confianza en que esa tendencia continuará en el futuro. Simplemente la llama la “forma de vida americana” (the American way of life), y no se cuestiona en profundidad qué es lo que hace posible esa mejora continua en la provisión de bienes.

No está especialmente preocupado por la operación de factores que conducirían no solo a la detención del proceso de acumulación de capital, sino que incluso podrían causar un proceso de desacumulación. No se opone a las fuerzas que —mediante el frívolo aumento del gasto público, mediante el recorte de la acumulación de capital, o incluso haciendo que se consuma parte del capital invertido en las empresas, y finalmente mediante la inflación— están socavando los mismos cimientos de su bienestar material. No le preocupa el crecimiento del estatismo, que donde sea que se aplicó, terminó produciendo y preservando condiciones que a sus ojos son inaceptablemente espantosas.

No Hay Libertad Personal sin Libertad Económica

Lamentablemente muchos de nuestros contemporáneos no se dan cuenta del cambio radical en las condiciones morales del ser humano que traería la adopción del estatismo, la sustitución de la economía de mercado por la omnipotencia del gobierno. Se engañan con la idea de que existe un claro dualismo en los asuntos humanos, de que hay, por un lado una esfera de actividades económicas, y por otro un campo de actividades que puede ser considerado como no-económico. Piensan que entre estos dos campos no hay una fuerte conexión. La libertad que es abolida por el socialismo es “solamente” la libertad económica, mientras que la libertad en todos los demás asuntos permanece intocada.

Sin embargo, a pesar de lo que asume esa doctrina, las dos esferas no son independientes. Los seres humanos no flotan en regiones etéreas. Todo lo que alguien hace necesariamente afecta la esfera material o económica de alguna manera, y requiere su poder para interferir con ella. Para poder subsistir, el hombre debe esforzarse y tener la oportunidad de interactuar con bienes materiales.

La confusión se manifiesta en la idea popular de que lo que ocurre en el mercado se refiere únicamente al aspecto económico de la vida y la acción humana. Pero en los hechos, los precios del mercado reflejan no solamente “interés material” —como conseguir alimento, vivienda, y otras comodidades— sino también aquellos intereses que son comúnmente llamados espirituales o superiores o más nobles. La observancia o no observancia de mandamientos religiosos —abstenerse de ciertas actividades en forma permanente o en días específicos, ayudar a los necesitados, construir y mantener locales de práctica religiosa, y muchos otros— es uno de los factores que determina la oferta de, y la demanda por, varios bienes de consumo y por lo tanto los precios y las conductas del empresariado. La libertad que la economía de mercado permite al individuo no es meramente “económica” —para distinguirla de algún otro tipo de libertad. Implica también la libertad de determinar todos aquellos asuntos considerados morales, espirituales e intelectuales.

Al controlar en forma exclusiva todos los factores de la producción, el régimen socialista controla también la vida completa de cada individuo. El gobierno le asigna a cada uno un trabajo determinado. Decide qué libros o artículos deben ser impresos y leídos, quién debe disfrutar de la oportunidad de emprender una carrera de escritor, a quién se debe permitir utilizar los espacios públicos de reunión, para emitir transmisiones y para utilizar otros medios de comunicación. Eso significa que aquellos a cargo de la conducción suprema de los asuntos de gobierno tendrán la decisión última de qué ideas, enseñanzas y doctrinas pueden ser propagadas y cuáles no. No importa qué diga una constitución promulgada sobre la libertad de conciencia, pensamiento, expresión o prensa y sobre la neutralidad en cuestiones religiosas; en un país socialista eso será letra muerta si el gobierno no ofrece los medios materiales para el ejercicio de esos derechos. Quien monopolice los medios de comunicación tiene el pleno poder sobre las mentes y almas de los individuos.

Lo que hace que la gente sea incapaz de ver esa característica esencial de cualquier sistema socialista o totalitario es la ilusión de que ese sistema será operado precisamente en la forma que ellos mismos consideran deseable. Al apoyar al socialismo, dan por sentado que el “estado” siempre hará lo que ellos quieren que haga. Llaman totalitarismo “verdadero”, “real”, o “bueno”, al socialismo cuyas autoridades cumplan con sus propias ideas. Cualquier otro tipo es decretado falso. Lo primero que esperan del dictador es que suprima todas las ideas que ellos desaprueban. De hecho, todos esos adherentes del socialismo están, sin saberlo, obsesionados por un complejo dictatorial o autoritario. Quieren que todas las opiniones y planes con los que no están de acuerdo sean aplastados por la acción violenta del gobierno.

El Significado del Derecho Efectivo al Disenso

Los variados grupos que proponen el socialismo, tanto se llamen a sí mismos comunistas, socialistas, o meramente reformadores sociales, están de acuerdo en la esencia de su programa económico. Todos ellos pretenden sustituir la economía de mercado y la supremacía del consumidor individual por el control del estado —o como algunos prefieren denominarlo, control social— de las actividades productivas. Lo que los diferencia no son cuestiones de manejo económico, sino convicciones religiosas e ideológicas. Hay socialistas cristianos —católicos y protestantes de diversas denominaciones— y hay socialistas ateos. Cada una de estas variedades da por sentado que la mancomunidad socialista será guiada por los preceptos de su propia fe o por el rechazo de todo credo religioso. Nunca se les ocurre la posibilidad de que el régimen socialista pueda ser dirigido por personas hostiles a su propia fe y principios morales, que puedan considerar que es su deber la utilización todo el tremendo poder del aparato socialista para la supresión de lo que a sus ojos es error, superstición e idolatría.

La verdad lisa y llana es que los individuos sólo pueden ser libres para elegir entre lo que consideran correcto o equivocado en aquellas circunstancias en que sean económicamente independientes del gobierno. Un gobierno socialista tiene el poder de hacer imposible el disenso mediante la discriminación de grupos religiosos o ideológicos indeseados, negándoles todos los implementos materiales necesarios para la propagación y la práctica de sus convicciones. El sistema de partido único, el principio político de la norma socialista, implica también un sistema de religión única y moral única. Un gobierno socialista tiene a su disposición medios que pueden ser usados para el logro de una conformidad rigurosa en todos los aspectos de la vida; Gleichschaltung (conformidad política), como lo llamaron los nazis. Los historiadores han señalado el importante papel que en la Reforma cumplió la invención de la imprenta. Pero ¿qué chances hubieran tenido los reformadores si todas las imprentas hubieran sido operadas por el gobierno encabezado por Carlos V de Alemania y los reyes franceses de Valois1?. Y, a propósito, ¿qué chance hubiera tenido Marx en un sistema en el que todos los medios de comunicación estuvieran en manos del gobierno?

Quien quiera libertad de conciencia debe repudiar al socialismo. Por supuesto, la libertad permite a las personas hacer no solo las cosas buenas, sino también las malas. Pero no se le puede atribuir un valor moral a una acción, por mejor que sea, si fue realizada bajo la presión de un gobierno omnipotente.

* Ludwig Heinrich Edler von Mises (1881-1973), discípulo de Böhm-Bawerk y mentor de Hayek y Rothbard, fue uno de los notables economistas y filósofos sociales del siglo veinte. En el curso de una larga y altamente productiva vida, desarrolló una integrada, deductiva ciencia económica basada en el axioma fundamental de que todos los individuos actúan con el propósito de alcanzar metas deseadas. Aún cuando sus análisis económicos eran en si mismos “libres de valor” en el sentido de ser irrelevantes a los valores sostenidos por los economistas, Mises concluyó que la única política económicamente viable para la raza humana era una política irrestricta de laissez-faire, de mercados libres y del in obstaculizado ejercicio de la propiedad privada, con gobiernos estrictamente limitados a la defensa de la persona y la propiedad dentro de su área territorial.

Mises fue capaz de demostrar (a) que la expansión de los libres mercados, la división del trabajo, y la inversión de capital privado es el único camino posible hacia la prosperidad y florecimiento de la raza humana; (b) que el socialismo sería desastroso para la economía moderna puesto que la ausencia de propiedad privada de la tierra y de los bienes de capital evita cualquier forma racional de establecimiento de precios, o de estimación de costos y (c) que el intervencionismo gubernamental sumado a la obstaculización y reducción del mercado, se prueban contra productivos y acumulativos, llevando inevitablemente al socialismo a menos que todo el tejido de la intervención sea repelido. El texto precedente fue publicado en The Freeman, una publicación de la Foundation for Economic Education, número de abril de 1960. Traducción: Hugo Donner.

1 Carlos V de Alemania (1500-1558), un católico devoto, persiguió a la herejía religiosa en los Países Bajos y luchó por suprimir el Luteranismo en los principados alemanes. Durante el reinado de los reyes franceses de Valois (1328-1589) se pelearon guerras religiosas cuando los protestantes franceses, incluyendo a los hugonotes, lucharon por su libertad de confesión.

Manifiesto Liberal de Oxford (1947)

21 de Agosto de 2002. Por Secretarí­a

Nosotros, liberales de 19 países, reunidos en Oxford, en una época de desorden, pobreza, hambre y temor provocados por dos guerras mundiales;

Persuadidos de que esta situación del mundo es, en gran parte, debida al abandono de los principios liberales;

Expresamos nuestras convicciones en esta Declaración:

I

  1. El hombre es, ante todo y sobre todo, un ser dotado de la facultad de pensar y actuar bajo su propria autonomía, y de la capacidad de distinguir entre el bien y el mal.
  2. El auténtico fundamento de la sociedad es el respeto a la persona humana y a la familia.
  3. El Estado es solamente el instrumento de la comunidad. No debe arrogarse ningún poder que entre en conflicto con los derechos fundamentales de los cuidadanos y con los requisitos esenciales de una vida creadora y responsable. Estos requisitos son:
    • Libertad de la persona, garantizada por una administración de la ley y de la justicia independiente;
    • Libertad de conciencia y de creencias;
    • Libertad de palabra y de Prensa;
    • Libertad de asociación y de no asociación;
    • Libre elección de profesión;
    • Oportunidad para una educación plena y pluriforme, según las capacidades individuales, con independencia del origen o de las riquezas;
    • Derecho a la propiedad privada y a la iniciativa individual;
    • Libertad de elección de los consumidores y oportunidad para la explotación total de las riquezas del suelo y de la industria humana;
    • Seguridad frente a los riesgos de enfermedad, desempleo, incapacidad profesional y edad;
    • Igualdad de derechos del hombre y de la mujer.
  4. Estos derechos y estos requisitos sólo están garantizados en una auténtica democracia. La democracia auténtica es inseparable de la libertad política y se fundamenta en el consenso consciente, libre e ilustrado de la mayoría, expresado a través del sufragio libre y secreto, respetando al mismo tiempo las libertades y las opiniones de las minorías.

II

  1. La supresión de la libertad económica lleva inexorablemente a la desparación de la libertad política. Nos oponemos a esta supresión, ya sea debida a la propiedad o el control del Estado o a monopolios, cártels y trusts privados. Sólo aceptamos la propiedad del Estado respecto de aquellas empresas que caen fuera del ámbito de los objetivos de la iniciativa privada o en las que ya no existe el juego de la competencia.
  2. El bien común debe prevalecer y quedar garantizado frente a los abusos de poder de los grupos de interés.
  3. Es esencial una mejora constante de las condiciones laborales, de la vivienda y del medio ambiente de los trabajadores. Los derechos, deberes e intereses del capital y del trabajo se complementan mutuamente. Las instituciones de asesoramiento y colaboración de empleados y empleadores revisten una importancia vital para el florecimiento de la industria.

III

El servicio es complemento indispensable de la libertad. Todo derecho incluye un deber. Para que las instituciones libres sean eficaces, todos los ciudadanos deben tener clara conciencia de su responsabilidad moral frente a los demás y deben participar activamente en las tareas de la colectividad.

IV

Sólo podrán abolirse las guerras y restablecerse la paz mundial y la prosperidad económica si todos los países cumplen las siguientes condiciones:

  1. Sincera adhesión a una organización mundial que agrupe a todas las naciones, sean grandes o pequeñas, bajo una misma ley y unos derechos. Esta organización debe estar dotada de poder suficiente para imponer el cumplimiento estricto de todas las obligaciones internacionales libremente asumidas.
  2. Respeto al derecho de todos los pueblos de disfrutar de las libertades humanas fundamentales.
  3. Respeto a la lengua, las creencias, las leyes y costumbres de las minorías nacionales.
  4. Libre circulación de ideas, noticias, bienes y servicios entre los pueblos, así como libertad de desplazamiento dentro de y entre todos los países, sin limitaciones de la censura, barreras comerciales proteccionistas ni restricciones en el cambio de divisas.
  5. Desarrollo de las regiones retrasadas, en colaboración con sus habitantes, en interés tanto de estas regiones como del mundo en su conjunto.

Invitamos a todos los hombres y mujeres que hacen suyos estos ideales y estos principios a colaborar con nosotros en el empeño de que sean aceptados en todo el mundo.

Proclama Liberal de Roma (1981)

21 de Agosto de 2002. Por Secretarí­a

Nuevo Manifiesto de la Internacional Liberal y Progresista aprobado en el 34 Congreso Anual Roma, 24-26 septiembre 1981.

  1. Consideraciones generales
  2. Los principios liberales y la realidad contemporanea
  3. Problemas institucionales de las modernas democracias
  4. Problemas educativos y culturales
  5. Problemas economicos y sociales
  6. El liberalismo y los temas internacionales
  7. Los puntos de vista liberales sobre las relacions entre paises industrializados, paises subdesarrollados y paises en vias de desarrollo
  8. La senda del futuro

I. Consideraciones generales

1. Nosotros, liberales de Africa, América, Asia, Australasia y Europa, reunidos en Roma, en septiembre de 1981, en una época de enormes violaciones de los derechos humanos y de graves y permanentes tensiones internacionales, que amenazan la paz y la democracia:

  1. enfrentados con las repercusiones de los inmensos cambios en los que el liberalismo ha jugado un papel decisivo y que han modificado sustancialmente el concepto del hombre, de la sociedad y del Estado, de la ciencia y la tecnología, de la política y la economía;
  2. empeñados en la tarea de orientar estos profundos cambios y sus repercusiones mundiales en una dirección liberal, esto es, de modo que queden a salvo los derechos fundamentales del hombre;
  3. reafirmamos nuestra fe en la permanente vigencia de los principios liberales fundamentales, tal como fueron definidos en el Manifiesto de Oxford de 1947;
  4. confirmamos la Declaración de Oxford de 1967 relativa a algunas de las principales transformaciones de la últimas décadas;
  5. pedimos a todos los hombres y mujeres de todos los países que confían en la libertad que reemprendan con renovada convicción y mente clara la gran tarea de garantizar la pervivencia y la fortaleza de la sociedad libre —que ha demostrado ser la única capaz de poner al servicio de la humanidad las nuevas fuerzas que han venido surgiendo y creciendo— y de satisfacer a través de la libertad las necesidades espirituales y materiales de los pueblos de la tierra.

2. La tarea liberal es más ardua, porque le son hostiles muchas de las nuevas realidades. Ha ido en aumento acquella ambigüedad de las nuevas fuerzas a que aludía ya la Declaración de Oxford. Han surgido nuevas formas de libertad y también nuevas formas de opresión. Debemos analizar más a fondo estas formas; debemos idear y desarrollar nuevas instituciones, hacer un vigoroso esfuerzo para conseguir que la opinión pública acepte el liberalismo. Debemos intentar, en particular, conseguir un nuevo equilibrio entre las indispensables interveniones del Estado y la iniciativa privada. Sin este equilibrio, el Estado se convertirá cada vez más en una burocracia opresora. Debemos, en fin, ampliar nuestras perspectivas más allá de los países industrializados, hasta alcanzar una visión a escala mundial.

3. Debemos tener clara conciencia de que tropezamos con una oposición amplia y profunda, no sólo —como sería natural— procedente de otros grupos políticos. Hay quienes creen que nuestros principios, nuestra concepción del hombre, de la sociedad, de Estado, de la economía y de la comunidad internacional están indisolublemente ligados a las normas y a las instituciones creadas por nuestros fundadores y antecesores. Frente a esta opinión, reconocemos que el abandono de los viejos caminos se debe, esencialmente, a la aparición de nuevos factores. Es tarea nuestra comprender estos nuevos factores, para intentar insertarlos en las nuevas y variadas formas de la sociedad democrática y liberal, ahora y en el futuro.

II. Los principios liberales y la realidad contemporanea

4. Los principales desafíos con que nos enfrentamos en el flujo y reflujo entre nuestros principios y la realidad contemporánea son:

  1. el hecho de que más de dos tercios de la humanidad se hallan sujetos a regímenes que no respetan los derechos fundamentales del hombre;
  2. las crecientes desigualdades entre los países ricos de larga tradición industrial, los países recientemente industrializados, los países en vías de desarrollo que cuentan con materias primas y recursos energéticos y los países subdesarrollados, sumamente pobres, que tienen escasos recursos;
  3. el deterioro de la “relación de intercambio” entre el hombre y la naturaleza, debido a la creciente presión demográfica y a la demanda, cada vez más acentuada, de bienestar;
  4. la creciente amenaza que pesa sobre el medio ambiente y sobre la calidad de vida;
  5. las graves tensiones entre Estados y grupos de Estados, provocadas por las ambiciones imperialistas y nacionalistas, por los conflictos ideológicos y la mutua desconfianza;
  6. la carrera armamentista, que pone en peligro la existencia misma de la raza humana;
  7. las discordias en el seno de las democracias industriales y la generalizada insatisfacción que produce su funcionamiento.

Todos estos desafíos configuran, en su conjunto, la más grave crisis con que ha tenido que enfrentarse la humanidad a lo largo de su historia, tanto en el Este como en el Oeste. Mientras tanto, el Sur acentúa cada vez más sus justificadas exigencias de independencia política, de integridad cultural y de una más justa participación en las riquezas de la tierra.

5. Las crecientes desigualdades económicas de unas naciones a otras y entre las capas de población de un mismo Estado constituyen una amenaza para la paz y la democracia a nivel mundial. Los valores liberales promueven de forma insuperable tanto la libertad política y personal como el desarrollo material. Pero donde un gran número de seres humanos padecen hambre, enfermedad, pobreza, desempleo o subempleo, está en peligro la libertad.

6. La difundida insatisfacción y desencanto, sobre todo entre los jóvenes, en las democracias liberales, se debe al fracaso parcial de estas democracias por crear, apoyar y promover valores ideales, a su incapacidad para adaptar las instituciones y para generar más justicia y une mejor calidad de vida. En algunos casos extremos, esta insatisfacción desemboca en el terrorismo, en otros en la anarquía o en la negativa a participar en las tareas colectivas. Los valores de la libertad y de la independencia, tal como los propugna el liberalismo, pueden colmar este vacío, sobre todo si los liberales aciertan a poner en claro que la libertad individual no puede confundirse con el egoísmo, pues se trata de una libertad inscrita en el marco de una comunidad, lo que implica responsibilidad y solidaridad con los demás hombres.

7. Es un hecho conocido que los recursos energéticos, las materias primas y los suelos susceptibles de explotación agrícola están lejos de ser bienes inagotables. Es imposible satisfacer las crecientes necesidades derivadas de una explosión demográfica que en muchos países es excesiva y de las elevadas apentencias materiales que surgen por doquier en todas las partes del mundo recurriendo a un crecimiento económico ilimitado que no cause al mismo tiempo danos irreparables al medio ambiente. Son absolutamente necesarias drásticas medidas de ahorro energético, así como el desarrollo de fuentes de energía renovables, que tengan en cuenta los imperativos ecológicos.

8. La ininterrumpida carrera de armamentos practicada en todas las regiones de la tierra dilapida recursos que tendrían mejor destino si se les empleara en mejorar las condiciones de vida, sobre todo de los grupos de población y de los países más pobres. Aun reconciendo la importancia que para algunos países tiene el tema de la defensa, los liberales instan al mismo tiempo a la moderación y la prudencia. Un mundo en el que la paz sólo puede conservarse con el poder de las armas es un mundo en peligro. La paz y la estabilidad significan algo más que terror disuasivo. Los liberales piden que se reduzcan las causas de los conflictos por medios políticos y diplomáticos y mediante el desarrollo social, económico y cultural.

9. No hay soluciones definitivas para los problemas humanos, no hay “paraísos en la tierra.” La urgencia —por otra parte muy comprensible— con que algunos querrían resolver los problemas de una vez para siempre es la raíz del totalitarismo. El enfoque específicamente liberal se basa en los siguientes supuestos:

  1. el debate ininterrumpido, la crítica y la reforma son indispensables para una sociedad sana;
  2. No hay un solo liberal que crea en el poder absoluto; el poder legítimo se basa en el consenso, pero éste puede verse destruido en virtud de una desmedida concentración del poder del gobierno. Para que el consenso sea una realidad, el poder debe estar repartido y descentralizado entre una variedad de instituciones democráticamente responsables;
  3. los liberales creen que debe respetarse la voluntad de la mayoría, salvo cuando ésta atenta contra los derechos humanos o contra los principios fundamentales de la libertad;
  4. la igualdad de la dignidad, de los derechos y de las oportunidades, la protección del individuo frente a los riesgos materiales más importantes de la vida, una distribución más justa de la propiedad y de las rentas, son aspectos esenciales; pero en ningún caso se les debe confundir con un abstracto igualitarismo;
  5. los liberales apoyan aquellos movimientos de liberación que, frente a los regímenes tiranos, luchan por la causa de la libertad y de la democracia, pero, al mismo tiempo, condenan de forma clara e inequívoca los métodos terroristas y cualquier otro género de violencia ilegal en las sociedades democráticas;
  6. los liberales consideran esencial la lucha en pro de la igualdad del hombre y la mujer. Hombres y mujeres deben gozar de idénticas oportunidades de participación en el desarrollo de sus países.

III. Problemas institucionales de las modernas democracias

10. El liberalismo exige la reforma y renovación constante de las instituciones democráticas. En la actualidad, esta reforma se enfrenta con los siguientes desafíos:

  1. necesidad de rubustecer el poder real de los parlamentos;
  2. mejora de la eficacia del ejecutivo y del control parlamentario del mismo;
  3. descentralización del poder;
  4. protección legal de la dignidad individual del ser humano;
  5. equilibrio entre intervención estatal y no-injerencia del Estado;
  6. colaboración entre Estados.

11. Los liberales saben que la democracia liberal no es un sistema perfecto, pero que, de todos los existentes, es el que mejor promueve la causa de la libertad, de la dignidad humana y de la justicia social.

12. Partiendo de la premisa de que todo sistema puede ser mejorado y de que el inmovilismo es una amenaza para la estabilidad y el futuro, puede definirse a la democracia liberal como el sistema más capacitado para dar respuesta a la constante exigencia de mejora y renovación. Lo que debe modificarse son las instituciones, no los valores que estas instituciones encarnan.

13. Para el moderno liberalismo, la renovación de las instituciones del Estado y de la sociedad tiene carácter de urgencia en las siguientes áreas:

  1. una presencia más eficaz de la voluntad popular en el poder legislativo a través, por ejemplo, de representación proporcional, referéndums, el desarrollo de la participación cuidadana, tanto espontánea como legalmente organizada, en las actividades públicas y la protección de las minorías, para garantizar su igualdad de oportunidades;
  2. la reorganización de la función legislativa, atendido el hecho de que hay amplias capas de la población, sobre todo entre las generaciones jóvenes, que no se sienten satisfechas con el actual funcionamiento de la democracia parlamentaria. Los liberales contemplan con gran preocupación el fenómeno, presente en varias democracias parlamentarias, de que la tecnocracia, los fallos institucionales y algunos especiales grupos de interés constituyen un obstáculo considerable para el control eficaz del poder ejecutivo por el legislativo;
  3. mayor prestigo y eficacia del poder ejecutivo; la elección entre un ejecutivo parlamentario o presidencialista debe tener en cuenta y basarse en las tradiciones y necesidades concretas de cada país; pero debe quedar siempre a salvo el control de los electores a través del parlamento;
  4. la descentralización del poder mediante una organización más claramente definida de las autoridades regionales y locales; los liberales consideran este aspecto como una importante prolongación horizontal de la tradicional división vertical de poderes;
  5. la incorporación de los sindicatos y de la asociaciones profesionales al sistema democrático liberal de control y equilibrio para posibilitar la planificación de la economía de mercado y para poner en marcha unas relaciones más equilibradas y justas entre las partes sociales;
  6. el status de la mujer en la sociedad, la situación de inferioridad y desigualdad que se le ha impuesto son cuestiones básicas que afectan a todos y cada uno de los ciudadanos. Este status desigual de la mujer significa que se infrautilizan las capacidades de la mitad de la población, precisamente en una época que requiere la contribución de todos los ciudadanos para el progreso de la sociedad;
  7. la protección jurídica del individuo frente a normas estatales que amenacen sus derechos fundamentales y su propia existencia (habeas corpus, prohibición de la tortura, abolición de la pena de muerte);
  8. la protección de la esfera privada de las personas frente al espionaje tecnológico y los abusos de las computadoras y de los bancos de datos, ya sea por parte del Estado o de instituciones privadas;
  9. la recculación y el control estricto de la ingeniería genética y de la manipulación psicológica, en defensa de la personalidad y de la salud de los individuos;
  10. el cuidadoso equilibrio entre intervención y no ingerencia del Estado, para armonizar los intereses individuales con los colectivos. En este punto, los principios liberales establecen:
    • la libertad del individuo es un valor de primer orden;
    • el Estado debe intervenir para garantizar la libertad de todos los individuos;
    • sin iniciativa privada y sin responsabilidad, tanto en el ámbito privado como en el público, el Estado se transforma en una pesada máquina burocrática que pierde rápidamente su capacidad de rendimiento;
  11. el fortalecimiento de las organizaciones existentes y la creación de otras nuevas, a nivel internacional, intercontinental y mundial para incrementar la colaboración entre todos los países, basada en un trato justo y equitativo.

IV. Problemas educativos y culturales

14. El liberalismo moderno se enfrenta con:

  1. el pluralismo mundial de las culturas;
  2. los aspectos culturales, políticos y económicos de una educación moderna en y para una sociedad democrática;
  3. la necesidad de libertad y de pluralismo en los medios de comunicación.

15. Los países subdesarrolladas están adquiriendo actualmente una creciente conciencia de su identidad cultural. Una de las causas esenciales de los conflictos entre Occidente y los países islámicos en particular es la mutua imcomprensión de sus respectivas culturas. El mundo industrializado debe admitir que para un número cada vez más elevado de países los valores y las conquistas de la civilización tecnificada no están por encima de toda sospecha crítica, si es que no merecen un simple y puro rechazo. Contrariamente a otros sistemas de valores que han tenido su origen en Europa, el liberalismo ha adoptado desde siempre una actitud abierta y tolerante respecto de las restantes culturas. Los liberales deben, por tanto convertirse en portavoces de aquellos que se niegan a reducir el diálogo Norte-Sur a sus aspectos meramente económicos y políticos. En un mundo multipolar, en el que se cuestiona y se desafía cada vez más la supremacía militar y económica de las superpotencias, el pluralismo cultural es un instrumento de gran valor para promover la mutua compresión y colaboración, por encima de las fronteras.

16. Para los liberales, la cultura no es un concepto abstracto. Afecta, directa o indirectamente, a la vida cotidiana de todos los hombres, mujeres y niños. En consecuencia, es tarea central de la política cultural liberal hacer que los pueblos adquieran conciencia de que su existencia está esencialmente condicionada por los valores y la herencia culturales. La promoción de actividades culturales a cargo de la comunidad debe servir, ante todo, para consolidar en el mayor número posible de ciudadanos la conciencia de su realidad cultural y de las culturas de otros pueblos y continentes.

17. Una educación libre, basada en métodos democráticos, es el medio más adecuado para superar las barreras culturales y para combatir la intolerencia cultural, política y racial. La educación es, además, el instrumento más eficaz de la política liberal de promoción de la paz y de eliminación de las fronteras clasistas, de las injusticias sociales y económicas y de las actitudes retrógradas y contribuye a la armonización entre formación técnia y humanista. Los liberales se pronuncian a favor de la educación de ambos sexos, en todos los niveles de edad, con los siguientes objetivos:

  1. ofrecer a todos los individuos unas mismas oportunidades para una vida personalmente satisfactoria y socialmente útil;
  2. transmitir a los hombres la conciencia de la mutua dependencia de los Estados y las regiones, en orden a la solución de problemas complejos que, hoy más que nunca, desbordan las fronteras nacionales;
  3. garantizar a las mujeres los mismos niveles educativos que a los hombres, tanto durante como después de los cursos escolares;
  4. llevar a los padres la convicción de que una buena educación, tanto en el hogar como en la escuela, es la base de la condición de todo buen ciudadano.

18. La libertad y el pluralismo de los medios de comunicación son elementos básicos de una sociedad liberal. No puede haber libertad política, cuando estos medios se hallan sujetos a monopolio o semimonopolio, sea público o privado. Los liberales contemplan con creciente preocupación los poderosos ataques contra la libertad de prensa, tanto dentro como fuera de las sociedades liberales. En este punto, los problemas más urgentes son:

  1. la creciente concentración de la propiedad de la prensa en unas pocas manos, en las democracias industrializadas;
  2. la nueva tecnología, que facilita la transmisión de noticias, pero que también puede proporcionar un peligroso instrumento de manipulación de la opinión pública y debilitamiento de las culturas autóctonas;
  3. los ataques de los gobiernos, de los grupos de interés y de las organizaciones internacionales contra una prensa pluralista independiente del control y de la censura gubernamentales.

Los liberales admiten que para solucionar estos problemas se requiere, en algunos casos concretos, la ayuda estatal, siempre bajo control público, que garantice la continuidad del pluralismo de los medios de comunicación. Pero insisten en que tanto los subsidios concedidos como la supervisión deben estar, a su vez, sujetos a rígidos controles, para que no acaben agravando el problema que pretenden remediar.

19. Los liberales reconocen la legítima pretensión de los países subdesarrollados de que los medios de comunicación occidentales expongan sus problemas de una manera más imparcial. Pero este objetivo no puede conseguirse mediante la censura ni poniendo obstáculos al flujo de la libre información. Las democracias occidentales y los países subdesarrollados deben llegar a un acuerdo que sea beneficioso para ambas partes y que no suponga menoscabo para la libertad y el pluralismo de la prensa.

V. Problemas economicos y sociales

20. Tienen hoy día una importancia crucial los siguientes problemas:

  1. la función de la economía en una democracia liberal;
  2. la función del Estado y de la planificación en la economía social de mercado;
  3. la seguridad social;
  4. las nuevas tecnologías y la protección del medio ambiente.

21. El principio básico de la política liberal en materia económica establece que no puede haber libertad política allí donde el Estado se alza con el control exclusivo de la economía y no hay espacio suficiente para la iniciativa privada. Pero de igual modo, y a despecho de ciertas ilusiones, tampoco puede haber auténtico y permanente libertad económica allí donde se ha eliminado la libertad política y no se respetan los derechos humanos.

22. Esta estrecha conexión entre la economía social de mercado y la democracia liberal implica una lucha permanente contra los monopolios, cártels, trusts y prácticas restricutivas, es decir, contra las llamadas “posiciones dominantes”, ya sean patentes o encubiertas, de naturaleza privada o pública, excepto en aquellos casos autorizados por la ley y justificados y definidos como necesidades sociales.

23. El corolario natural, a nivel internacional, de la economía social de mercado es la libertad de comercio, basada en la igualdad, la reciprocidad y —en algunos casos— la planificación de los mercados internacionales. Los proteccionismos —de jure o de facto— son contrarios a una economía de mercado.

24. La estabilidad de un sistema democrático liberal y el correcto funcionamiento de la economía social de mercado están en peligro cuando amplias capas de la población viven en la miseria. La eficiencia de la economía de mercado debe ser juzgada por su capacidad de garantizar una distribución de la riqueza material y del poder económico más justa que la de cualquier otro sistema.

25. El mejor modo de eliminar a largo plazo la pobreza de amplias regiones de la tierra es implantar la libertad de comercio. Pero esta libertad está amenazada por los cártels, los monopolios restrictivos y los precios artificiales e injustos de la materias primas y de los productos agrícolas. Aunque la economía de mercado se opone a los proteccionismos, sea de jure o de facto, puede admitirse una excepción en favor de aquellas medidas que son un instrumento para el restablecimiento de la libertad de comercio, o cuando existen acuerdos especiales para proteger a las regiones más pobres.

26. Los monopolios, tanto estatales como privados, sean de alcance nacional o internacional, amenazan la economía de mercado y deben quedar sujetos a una estricta legislación. Los liberales piden también códigos de conducta y legislaciones internacionales, cuando sea necesario, para las compañías multinacionales. Reconocen tanto los peligros de un abuso del poder económico y político que estas compañías encierran como su papel positivo en la difusión de las inversiones y de las tecnologías y en la diversificación de las economías.

27. Se ha relacionado —erróneamente— el concepto liberal del mercado con una economía controlada por medios puramente monetarios o con una economía del laissez-faire sorda a los intereses de los pobres o al bien común. Los liberales no aceptan esta visión simplista de la economía de mercado ni de su postura frente a ella. Han reconocido, hace ya largo tiempo, que la libertad económica degenera en anarquía y en fuente de opresión cuando no tiene en cuenta el bien de la colectividad.

28. Planificación, en el sentido liberal de la palabra, significa planificación en y para la libertad. La planificación en una economía social de mercado se basa en al interacción entre la iniciativa privada y la intervención del Estado. Cuando las circunstancias así lo exijan, una flexible política de rentas puede ser parte constitutiva de dicha planificación. En las sociedades modernas, los problemas económicos son de ordinario demasiado complejos como para poder ser solucionados sólo por el sector privado o sólo por el sector público.

29. Los cambios estrucutrales en la producción y los servicos, que son uno de los resultados inevitables del progreso tecnológico, crean problemas cuya solución exige a menudo al acción concertada del Estado y de la iniciativa privada. En estos casos, la intervención del sector público debe proponerse el objetivo de crear empresas competitivas, según las leyes del mercado.

Los liberales reafirman su confianza de que los cambios sociales y económicos causados por la aplicación generalizada de nuevas tecnologías podrán desembocar en una mayor participación de la inteligencia humana en los procesos de producción, en una mayor humanización de las condiciones en que se desarrolla el trabajo y, finalmente, en una liberalización de los recursos físicos, de modo que se consiga una mejor satisfacción de las necesidades humanas, a condición de que dichas tecnologías se implanten en un espíritu de colaboración pacífica y en el marco de un Estado y de una sociedad liberales y democráticos, sobre todo en el ámbito de la información.

30. Con este enfoque adogmático de la función del Estado en la economía, los liberales consideran que la relación entre el sector privado y el público en una economía concreta y en un momento concreto no es estática ni constituye el estadio final. Cuando el Estado o las autoridades locales se ven precisados —en razón de sus obligaciones respecto del bien común— a emprender actividades económicas, estas actividades públicas deben estar sujetas a constante revisión para comprobar cuáles de ellas podrían ser de alguna manera devueltas a empresas privadas, organizaciones voluntarias o grupos locales de ciudadanos dispuestos a colaborar con las instituciones públicas. En todo caso, debe garantizarse que no se reduzca todo a pasar simplemente de un monopolio estatal a otro privado.

31. Los liberales defienden la democracia industrial, que se apoya en una auténtica participación directa de los trabajadores y en la concesión a estos últimos de una parte de los beneficios. Este sistema ha sido ya puesto en práctica con buenos resultados en diferentes ocasiones y debe ser desarrollado. Las actuales formas de organización tanto del sector privado como del sector público, no excluyen nuevos modelos. Los liberales estimulan, admás, las cooperativas, las sociedades en que los trabajadores son al mismo tiempo propietarios y la descentralización de las grandes empresas en unidades más pequeñas.

32. Para los liberales, el pleno empleo es una aspiración económica y social de cardinal importancia. Es inaceptable un elevado índice de paro, sobre todo entre los jóvenes. Cuando son muchas las personas sin ocupación y sin perspectivas razonables de volver a encontrar un puesto de trabajo, están amenazadas las tablas de valores políticos y económicos del liberalismo.

33. La economía de mercado atenta contra sus proprios fundamentos cuando impulsa o tolera un crecimiento económico sin prestar atención a sus consecuencias ecológicas. El bienestar de una sociedad es algo más que el mero crecimiento cuantitativo de su economía. Se trata de un concepto estrechamente relacionado con la calidad de la vida, en el más amplio sentido de la palabra. Las estructuras de la economía de mercado y la protección del medio ambiente son valores complementarios. Donde se destruyen la naturaleza y los recursos naturales, no existen ya bases para la economía. La planificación y los regímenes fiscales deben tener en cuenta estas realidades. Pero también es inaceptable el “crecimiento cero” como remedio contra los abusos sociales y económicos, debido y no en último término, a que el desarrollo económico equilibrado que nosotros deseamos genera costes adicionales.

34. Los individuos, en cuanto ciudadanos libres, son los primeros y los máximos responsables de sus proprias vidas y de su desarrollo a lo largo de su existencia. Pero cuando, por causas que escapan a su control, tales como enfermedad, invalidez, desempleo o ancianidad, no pueden ya cubrir sus necesidades vitales, la sociedad, organizada en forma de Estado, debe asumir la responsibilidad de la seguridad social y del bienestar material de estos ciudadanos.

35. Esta función correctora del Estado no puede, con todo, configurarse de tal suerte que convierta a todos y cada uno de los ciudadanos en seres necesitados de subsidios. Los mayores peligros de un Estado del bienestar llevado hasta la exageración son los siguientes:

  1. hace que las personas depedendan del gobierno y de la burocracia y reduce, por tanto, su sentido de la responsibilidad y de la libertad;
  2. crea una burocracia proliferante, que tiende a reclamar cada vez mayores esferas de poder, desbordando sus competencias;
  3. a través de la presión fiscal y del endeudamiento, el Estado detrae una gran parte de la renta nacional, que ya no puede destinarse a las crecientes necesidades de inversión productiva, a la investigación y al desarrollo;
  4. puede alimentar procesos inflacionistas, dificultando de este modo la inversión y el empleo.

36. Los liberales creen que la presión fiscal debe mantenerse dentro de los límites de una relación razonable entre los derechos individuales y las necesidades de ahorro y de inversión de toda sociedad. En cualquier caso, la presión fiscal debe estimular a las empresas y asegurar una mayor igualdad de oportunidades.

Los liberales profesan el principio de que los servicios deben ser pagados por sus beneficiarios. Allí donde sea posible y equitativo, tanto las corporaciones como los consumidores deben pagar los bienes y sevicios públicos, en vez de cargar los costes sobre los contribuyentes anónimos. Con este principio, se reduce el consumo innecesario y se promueve el equilibrio entre la oferta y la demanda en el sector público.

37. La tentativa de eliminar la pobreza y las injusticias sociales no debe confundirse con el igualitarismo, con un abstracto y rígido “trato igual” para todos, sin tener en cuenta el talento, el trabajo o la previsión individuales. Mientras que, por un lado, los liberales piden medidas enérgicas para reducir los desniveles de riqueza y pobreza, para proteger a todos y a cada uno de los ciudadanos y para aumentar la igualdad de oportunidades, se oponen también, por otro, y con no menor decisión, al igualitarismo que degrada al individuo. En el marco de la justicia social, debe estimularse el reconocimiento de los méritos personales.

38. Para los liberales, cada individuo es único e irrepetible. No todos son iguales, pero todos tienen el mismo valor. Igualdad significa que todos deben tener unas mismas oportunidades para desarrollarse y para aportar una plena contribución a la sociedad.

VI. El liberalismo y los temas internacionales

39. Entre los numerosos problemas con los que se ve enfrentado el liberalismo, hay que mencionar los siguientes:

  • los derechos políticos y humanos y la Realpolitik;
  • las tensiones y la distensión entre el Este y el Oeste;
  • el bipolarismo y el multipolarismo;
  • la carrera de armamentos;
  • las organizaciones regionales;
  • el movimiento de los países no alineados;
  • los países subdesarrollados y en vías de desarrollo;
  • las Naciones Unidas.

40. Los liberales aceptan estos desafíos, así como los relativos al diálogo Norte-Sur, con espíritu universalista. Su repulsa tradicional frente a todo tipo de discriminación por razón de la raza, las creencias, la clase social, la nacionalidad, el sexo o la edad, es aplicado por los liberales de hop a los problemas del mundo en su totalidad, por encima de las fronteras de los países industrializados. Esta actitud se apoya, por un lado, en la evidencia de la creciente interdependencia de las naciones y es, por otro, fruto del reconocimiento de que la pluralidad de culturas es una necesidad. Por otra parte, avanzan a velas desplegadas la burocracia y los orgullos nacionales, la tecnología y el consumismo irrefrenado, que amenazan sofocar la calidad humana de cada hombre y cada mujer, aspecto al que concedemos una capital importancia. La postura liberal se apoya también en la clara conciencia de que la recíproca fecundación de las culturas a nivel mundial puede crear una civilización pluralista que contribuya a la mutua comprensión y a la regulación pacífica de los inevitables conflictos de intereses.

41. Los derechos humanos y políticos constituyen parte irrenunciable de la herencia de todo hombre y mujer de la tierra. La defensa y la promoción de estos derechos incumbe a todos y cada uno de los Estados y grupos de Estados que los aplican ya dentro de sus fronteras. Esta obligación puede entrar en colisión con los intereses estatales a corto plazo. No obstante, los gobiernos deben mantener una línea de acción que sirva para la aceptación más amplia posible de los derechos humanos, civiles y políticos. Los liberales hacen suyo el deber de denunciar y condenar —sin paliativos y sin excepciones— los abusos comentidos en este punto. A largo plazo, esta política será a menudo más provechosa que ninguna otra, sobre todo en un mundo en el que está adquiriendo creciente importancia la opinión pública. Lo dicho es particularmente válido respecto de América Latina y de Africa.

42. Desde 1945, el mundo se halla dominado por las continuas tensiones entre la OTAN y el Pacto de Varsovia, agrupados en torno a EE.UU. y la URSS, respectivamente. Estas tensiones están alimentadas por el conflicto ideológico entre el Oeste, regido, en su conjunto, por instituciones democrático-liberales, y el régimen totalitario de la Unión Soviética, e intensificadas, además, por la creciente renuncia con que los Estados más pequeños del Pacto de Varsovia toleran los regímenes y las prácticas políticas controladas por los soviéticos. Ambas partes advierten bien el peligro de que estas tensiones, unidas a otra crisis, desemboquen en un conflicto mundial o en graves “guerras limitadas” o “localizadas”. La “guerra fría” ha sido sustituida por una política de distensión, es decir, de crecientes negociaciones y acomodaciones, que han cristalizado en el Acta Final de Helsinki. Pero incluso estos modestos progresos están ahora en peligro.

Un importante elemento de estas tensiones gira en torno al enorme aumento del poderío militar, tanto del Este como del Oeste. La Unión Soviética ha conseguido igualar, a escala mundial, el arsenal estratégico nuclear de los Estados Unidos, mientras que el Pacto de Varsovia supera ampliamente, en el escenario europeo, el potencial de la OTAN, tanto en el capítulo de cohetes de alcance medio con ojiva nuclear como en el de las armas convencionales. En estas circunstancias, los liberales creen que:

  1. la actidud del Oeste frente a la Unión Soviética y sus aliados debería estar dictada por el espíritu del universalismo liberal, con la confianza puesta en la superioridad intrínsica de las ideas y las instituciones de la libertad;
  2. Occidente debe defender siempre y bajo cualquier circunstancia los derechos humanos civiles y políticos en todos los países de la tierra, tal como están definidos en la convención de las Naciones Unidas sobre los derechos humanos y en el Acta Final de Helsinki, firmadas ambas por los países del Este y del Oeste;
  3. la colaboración cultural, tecnológica y económica entre el Este y Oeste debe ser entendida como parte sustantiva de sus relaciones globales;
  4. el diálogo y las negociaciones deben seguir adelante, poniendo especial énfasis en el desarme, en el cese de las intervenciones militares y de la carrera de armamentos;
  5. la distensión es indivisible;
  6. Occidente debe dar a la Unión Soviética la absoluta certeza de que se halla siempre dispuesto tanto a la negociación como a la defensa armada;
  7. el equilibrio militar es presupuesto indispensable para la prosecución y el éxito, aunque limitado, de la política de distensión.

43. El distanciamiento entre la República Popular China y la Unión Soviética y la aparición de nuevos centros de poder con creciente influencia, como por ejemplo la OPEP, han hecho que las antiguas relaciones bipolares entre la OTAN, y el Pacto de Varsovia hayan sido desbordadas por un sistema mundial multipolar. Los liberales creen que:

  1. por razones de poder —político, militar y económico— las relaciones bipolares siguen siendo, la igual que en etapas anteriores, de decisiva importancia y que lo seguirán siendo durante mucho tiempo;
  2. no obstante, es innegable la tendencia hacia un sistema multipolar, lo que confiere mayor importancia aún a la perspectiva universalista liberal;
  3. la función de los países neutrales y no alineados adquiere mayor peso en la política mundial y estos países pueden convertirse en factores de equilibrio;
  4. debe darse la máxima importancia al establecimiento de una colaboratión pacífica con estas nuevas fuerzas emergentes.

44. Entre estas nuevas fuerzas deben incluirse las agrupaciones regionales de stados que surgen en todos los continentes. La más importante de todas ellas es, sin duda, la Comunidad Europea que, además, de su éxito económico, ha iniciado la tarea de desarrollar instituciones políticas democráticas en sus relaciones internacionales. Se tiende así a crear un nuevo factor de equilibrio entre el Este y el Oeste y el mundo en su conjunto. Otros convenios y organizaciones internacionales, como el Pacto Andino, la SEATO, la EFTA, el Convenio de Lomé y la OUA, son también valiosos instrumentos para asegurar la estabilidad política y económica a nivel regional, aunque no tengan tanta influencia como la Comunidad Europea. Los liberales saludan y apoyan este tipo de evolución, que responde a sus ideas sobre una mejor cooperación internacional, basada en culturas e intereses comunes.

45. Respecto del movimiento de países no alineados, los liberales estiman que:

  1. deben estimularse los esfuerzos por crear y conservar un área ampliamente diferenciada de países no alineados con ninguna de las superpotencias;
  2. a todo país debe garantizársele el derecho a mantenerse alejado de los bloques;
  3. numerosos países no alineados pueden aportar una notable contribución a la causa de la difusión del universalismo liberal.

46. La presente y creciente espiral de los gastos militares constituye una gravísma amenaza. Esta carga aumenta año tras año e incita a algunos países a comprometerse en las llamadas “guerras limitadas”. La carrera de armamentos arrastra también a los países pobres, e incluso a los que viven en la miseria, convirtiéndose para ellos en un peso insoportable.

  1. No debería ahorrarse ningún esfuerzo para someter a control los gastos de defensa y para reducirlos, en términos absolutos y relativos, mediante esfuerzos mutuamente equilibrados y contralados. Este objetivo, en el pasado tenido por utópico, se ha convertido hoy en asunto de vida o muerte para la civilización.
  2. debería someterse a rígidos controles, a través de convenios intergubernamentales, tanto la producción como el transporte de armas y la venta de armas. Con esta finalidad, debería crearse de la ONU un registro de todos los transportes de armas que desbordan las fronteras nacionales;
  3. la creciente sofisticación de la tecnología, en todos los tipos de armamento, no hace sino conferir una mayor urgencia a esta tarea.

47. Respecto de las Naciones Unidas, los liberales reafirman la postura expresada en el Manifiesto de Oxford de 1947. Los liberales estiman que las Naciones Unidas, creadas con el designio original de solucionar los conflictos y reforzar el imperio de la ley en las relaciones internacionales, merecen el apoyo de todos los países para poder estar a la altura de sus grandes responsibilidades. Pero anto los múltiples puntos débiles del Organismo y los fallos de algunos de sus miembros, los liberales consideran un deber seguir de cerca las actividades de la ONU y de sus organizaciones especiales e impulsar su reforma, de modo que se garantice la imparcialidad de sus negociaciones y resoluciones a nivel mundial.

VII. Los puntos de vista liberales sobre las relaciones entre países industrializados, paises subdesarrollados y paises en vias de desarrollo

48. En éste ámbito, los desafíos más importantes son:

  • las posibilidades de establecer democracias liberales en estos países;
  • las diferencias existentes entre ellos que, en el terreno económico, van desde los países exportadores de petróleo hasta los Estados neo-industrializados y las regiones sumamente pobres; cada uno de estos grupos necesita una política económica diferente;
  • los aspectos culturales del diálogo Norte-Sur;
  • las relaciones entre el diálogo Norte-Sur y las tensiones Este-Oeste, así como la carrera de armamentos considerada en su conjunto.

49. El liberalismo no puede aceptar que el diálogo Norte-Sur se reduzca al mero intercambio de bienes materiales, al comercio, a la colaboración económica y a la ayuda al desarrollo. Además de los valores culturales, también las ideas políticas juegan un importante papel. Los liberales contemplan los derechos humanos no sólo en la perspectiva de los derechos políticos y del pluralismo, sino también bajo el aspecto de los derechos específicamente sociales. No podemos admitir que los derechos humanos y la dignidad política, tanto personal como nacional, se midan por la magnitud del producto interior bruto, por la disposición a actuar como mercenarios del Este o por la voluntad de ceder bases al Oeste. El liberalismo renunciaría a su propia esencia y acabaría por acarrear su propia descomposición si consintiera en que a los países subdesarrollados no se les diera otra opción que elegir entre dictaduras de derechas o dictaduras de izquierda. El liberalismo puede convertirse en fundamento de regímenes libres en las regiones subdesarrolladas. Tambíen en los países industrializados el futuro del liberalismo depende de la posibilidad de implantar sus valores en los países subdesarrollados, respetando siempre su amplia diversidad.

50. El liberalismo ofrece a las regiones subdesarrolladas o en vías de desarrollo una tercera vía, por igual alejada de los regímenes autoritarios dictatoriales o teocráticos y de los totalitarismos comunistas. El liberalismo favorece y promueve un simultáneo desarrollo de la economía, de la cultura y de la política. Frente a esta postura, el marxismo subordina la libertad política al progreso económico, aunque, en definitiva, no puede alcanzarlo, y en razón, precisamente, de sus propias premisas. También los dogmáticos seguidores de un sistema puramente capitalista están dispuestos a subordinar a su ilusorio objetivo el éxito exonómico y el progreso social.

51. Los liberales no comparten la opinión de quienes creen que cuando un país subdesarrollado se inserta en el movimiento de los no alineados, o cuando sus gobiernos emprenden un rumbo económico más bien nacionalista o introducen una estricta planificación económica o un control financiero, esto significa que este país ha roto o está a punto de romper con las democracias liberales.

52. Los liberales consideran como un valor básico el derecho de los pueblos a su identidad cultural. Comprenden y apoyan la postura de numerosas países subdesarrollados, dispuestos a permanecer fieles a su herencia cultural a costa incluso de un menor desarrollo económico.

53. Los liberales contemplan el mundo como una unidad indivisible, en la que nadie puede vivir en paz y bienestar permanente mientras tantos seres humanos padecen pobreza y hasta miseria. La angustiosa situación de millones de personas inmersas en la más absoluta indigencia en los países subdesarrollados afecta de forma directa a todos y cada uno de los países industrializados.

54. Es evidente que el mundo no puede seguir avanzando por más tiempo a lo largo de dos vías totalmente separadas y diferentes, que permiten que un tercio de la humanidad consuma más de dos tercios de las fuentes energéticas no renovables y donde el ciudadano medio de los países occidentales industrializados tiene unos ingresos equivalentes a los de setenta familias de Bangla Desh. Las revoluciones dentro de una colectividad son desencadenadas por las extremadas diferencias de rentas y propiedad y, en general, de status humano, social y político. El escándalo de que dos tercios de la humanidad vivan en el límite mismo de la pobreza, mientras se destruyen año tras año excelentes campos de cultivos y bosques, sin que la comunidad internacional tome medidas eficaces para poner remedio a la situación, aumenta con sumergirnos en gravísimos conflictos.

55. Muchas materias primas están siendo consumidas con tal celeridad que crearán inevitablemente muy duras dificultades para las futuras generaciones. Dado que la naturaleza sólo posee una capacidad limitada para absorber los subproductos de la actividad industrial, no podrá lograrse una más justa distribución de la riqueza mientras los países industrializados mantengan un crecimiento económico ilimitado. Por otra parte, aflora también la necesidad de elevar el nivel de vida de la población —en rápido crecimiento— de los países subdesarrollados hasta estándares similares a los de la mayoría de la población de Norteamérica, Europa Occidental, Japón y algunos países de Europa Oriental. Es escandalosa la obstinada negativa de los países del COMECON a contribuir de forma significativa al progreso económico y social de los países subdesarrollados.

56. Una distribución más justa de la riqueza implica que las sociedades industrializadas deben reducir drásticamente su despilfarro de materias primas y de energías no renovables. Deben también reducir las tasas de crecimiento de su consumo per capita y destinar mayores medios a inversiones productivas, tanto en su propia economía como en el ámbito de la economía mundial, incluida la de los países subdesarrollados. Deben hacerse concesiones comerciales y transferencias directas de recursos a las regiones del mundo más necesitadas. Debe corregirse la balanza del consumo de recursos naturales en beneficio de aquellos seres que se hallan al borde mismo de la muerte por hambre.

57. Los liberales deben insistir particularmente en que los países industrializados se atengan a una política de libertad de comercio no sólo en sus transacciones mutuas, sino también, y de forma especial, en sus relaciones con las regiones subdesarrolladas, sin que ello suponga renunciar a tratados preferenciales en favor de los más pobres. En contra de algunas opiniones, el comercio con los países subdesarrollados no sólo no reduce a largo plazo los puestos de trabajo de los países industrializados, sino que es de hecho, y siempre que se adoptan las medidas adecuadas, un instrumento de crecimiento y resulta, por tanto, beneficioso para ambas partes.

58. Los liberales estiman que debe darse pronto y pleno cumplimiento al compromiso oficialmente adquirido pro los países industrializados de destinar al menos un 0,7 por 100 de su producto nacional bruto a ayudas al desarrollo. Es inaceptable que numerosos Estados no hayan ni siquiera llegado a este porcentaje, ya de suyo insuficiente. Debe ponerse mayor empeno por ambas partes para promover las inversiones productivas privadas en los países en vías de desarrollo.

59. Aparte las secuelas negativas del colonialismo y de las desigualdades en el comercio mundial y en la cooperación económica, el subdesarrollo económico de algunos países es también el resultado de la mala administración y del fracaso político de las élites nativas. Los países subdesarrollados —y de forma especial las fuerzas liberales que existen en ellos— deben poner más empeno en las necesidades básicas y en la movilización de sus propios recursos, tanto materiales como humanos, deben poner mayor énfasis en la sanidad y en la educación públicas, en el control de la natalidad, en la lucha contra la corrupción, en la eficacia de la administración y en el adecuado funcionamiento del sistema político. Estos esfuerzos deben contar con el sólido apoyo de los liberales de los países industrializados.

60. Las tensiones entre el Este y el Oeste son una de las más graves amenazas que se ciernen sobre el progreso económico y social de los países subdesarrollados. La carrera de armamentos, que es un pesada lastre incluso para los países industrializados, es ruinosa para los subdesarrollados o en vías de desarrollo y les induce a renunciar a su condición de no alineados y a destinar un porcentaje cada vez más elevado de sus ya escasos recursos al servicio de una política de engrandecimiento político o militar, que debilita o destruye por entero su libertad interior y es radicalmente contraria a sus verdaderas necesidades.

VIII. La senda del futuro

61. Reafirmamos nuestra fe en la excepcional capacidad del liberalismo para oponerse a los peligros que acechan a la libertad y a la existencia humana y para hacer frente a las agresiones procedentes del exterior. En un mundo de rápidos cambios y crecientes complejidades, en el que hasta los dictadores confiesan, de labios afuera, los valores liberales, todos los hombres y mujeres están autorizados a exigir más libertad y dignidad, mejores condiciones de vida y una mayor seguridad.

Mientras que los dictadores, anarquistas, reaccionarios y terroristas están librando hoy las batallas de ayer, el desafío liberal se centra en la tarea de armonizar estas aspiraciones, rechazando al mismo tiempo la anarquía, la opresión y la tiranía.

En este esfuerzo, dirigimos nuestra mirada, con talante abierto y espíritu de colaboración, a todas las restantes fuerzas democráticas. Para responder al desafío, debemos librar los combates de hoy y prepararnos para los de mañana.