Archivo de la categoría ‘Documentos’

Inflación y trabas sanitarias al comercio

4 de Junio de 2008. Por Secretarí­a

JULIO PREVE FOLLE

Se viene un durísimo invierno, y como es natural el gobierno se preocupa por el incremento de precios en esta estación, hoy como ayer, como anteayer. De entre las medidas que se han divulgado como posibles, el Ministerio de Economía sugirió al de Ganadería dejar sin efecto las trabas sanitarias que impiden la importación de pollo así como de frutas y verduras. Se trata de un reconocimiento público de la violación que, sobre todo desde la administración anterior, se viene practicando sistemáticamente a la normativa internacional en materia sanitaria; la misma cuyo respeto defendemos y tanto necesitamos para colocar nuestros productos.

LAS NORMAS. Hay algunos principios generales que me propongo repasar a partir de lo que se recoge en el acuerdo sobre Medidas Sanitarias y Fitosanitarias (Acuerdo SPS en la jerga ginebrina) aprobado cuando la culminación de la Ronda Uruguay del GATT, que dio nacimiento a la OMC (Organización Mundial del Comercio). En el conjunto de acuerdos sobre comercio de bienes, es éste tal vez uno de los más conocidos. Como principio básico establece la soberanía de los países para establecer sus propios estándares de protección para el cuidado de la salud humana, animal o vegetal. Ello no obstante, establece que las regulaciones deben contener un fundamento científico y no pueden discriminar entre países. Por otra parte, deben apoyarse en lo posible en recomendaciones internacionales divulgadas por organismos competentes, como es el caso por ejemplo de la OIE para la sanidad animal, o del Codex Alimentarius de FAO para los residuos en alimentos. Las disposiciones de protección sanitaria o fitosanitaria deben asimismo apoyarse en análisis de riesgo, no debiendo aplicarse las restricciones en un sentido de riesgo cero, equivalente a no comerciar. Hay disciplinas en el Acuerdo sobre el modo de realizar estos análisis de riesgo, de modo que los gobiernos no los eternicen con fines proteccionistas; y en cuanto a las medidas de preservación del estatus sanitario, de existir varias alternativas, se establece que deben seleccionarse las menos lesivas para el comercio. Asimismo, el acuerdo reitera reglas de transparencia y por supuesto de trato nacional, es decir de igual trato para mercaderías importadas y nacionales a la hora de establecer reglamentaciones.

Es cierto que muchos países practican diversas travesuras metodológicas para disfrazar restricciones sanitarias al comercio. Pero no es menos cierto que para un país exportador, la realización de este tipo de engañifas supone regar el árbol del que nos pueden ahorcar. En este sentido, estoy convencido que parar las importaciones de pollo de Brasil ha estado en la base de restricciones que nos han aplicado en arroz o lácteos. Es más; participé en reuniones internacionales donde esto se expuso así con todas las letras.

VIOLACIONES. Por estas razones desde siempre me he opuesto al abuso sanitario. Pero no solamente por lo que significa a mediano plazo agraviar el sistema de reglas, violando asimismo la legislación nacional. También por el tipo de beneficiarios de estas medidas. No se trata en la mayoría de los casos de productores vulnerables, al menos no exclusivamente. En el caso de los pollos se trata de una reserva de mercado también para algunas industrias que han disfrutado de un sobreprecio respecto del regional, evitándonos a los consumidores acceder a la producción más competitiva del mundo, que se coloca en todo el planeta, la brasileña. Y en el caso de las frutas y verduras el abuso ha sido grotesco, ya que la administración de las importaciones se ha realizado a través de la expedición del certificado sanitario conocido como Afidi (Acreditación Fitosanitaria de Importación) el cual se ha entregado nada menos que consultando con los competidores nacionales de quienes tienen la osadía de querer importar. Esto nos ha aislado del comercio regional, pero lo que es peor ha contribuido a recrear la opinión en productores y técnicos en el sentido de que se puede prosperar produciendo para el mercado doméstico, y que esta política puede implantarse a través de cualquier abuso jurídico, apelando a restricciones indefendibles.

La propuesta del MEF supone pues ante todo el reconocimiento público y oficial de este tipo de abusos, que deben dejarse de lado no solo en razón del invierno sino en homenaje al estado de derecho. Ya he afirmado otras veces que me importa menos el proteccionismo declarado que practicarlo a escondidas y con agravio al ordenamiento jurídico y a los compromisos internacionales, que pedimos otros honren. Bienvenido sea pues este reconocimiento, no solo por el eventual beneficio invernal en algunos precios. Sea destacado más bien como un avance en transparencia, laudando definitivamente sobre la validez técnico sanitaria que alguna vez se defendió para estas trabas.

UTILIDAD BAJA. De cualquier forma es difícil que sobre el propio invierno estas medidas tengan gran efecto, menos aún si se advierte su transitoriedad, y no se perciben como el resultado de un cambio cualitativo favorable. En efecto, nadie puede armar un negocio de importación sobre la base de reglas cuya precariedad pudiera advertirse fácilmente. Y si no se habilita la posibilidad de este negocio de modo que muchos puedan competir en él, el riesgo es que algún vivo o algún hábil negociador de Afidis, los obtenga en exclusividad, capturando totalmente una diferencia de precios entre el de importación y el doméstico. Por otra parte, de no existir la posibilidad de importación siempre abierta, desaparecería el desafío a la competitividad doméstica, que es a largo plazo el único camino sustentable de beneficio del consumidor. No obstante, si se trata del comienzo de una nueva forma de encarar las importaciones de pollo, frutas y verduras, bienvenida sea. Si fuera en cambio algo estacional, en el fondo nada estaría cambiando.

APOCALIPSIS. Cuando se prepara una situación difícil como la de este invierno, suele recordarse la figura de los cuatro jinetes del Apocalipsis, que prefiguran el fin del mundo, y que propongo como un juego literario para terminar el artículo, subrayando desde ya como es obvio, que muchos de los males que traen no son responsabilidad del gobierno.

El jinete sobre el caballo blanco lo imagino trayendo junto al frío invernal, toda su carga de precios en alza en alimentos, energía eléctrica, combustibles, tarifas, tipo de cambio, sequía. El jinete sobre el caballo rojo me sugiere los males provenientes de la maleta ideológica del gobierno, en particular el cuajado de su inicua reforma tributaria, y de la promesa de mayor gasto público; destacando dentro de éste los fondos para la educación sin contrapartidas de compromiso de un aumento de su calidad, básicamente en salarios. Sobre el caballo negro imagino discusiones invernales en torno a una reforma constitucional, al derecho de propiedad en las ocupaciones, a la independencia de la justicia o a la calidad de las instituciones.

Y finalmente no imagino nada respecto del jinete en el cuarto caballo escuálido y viejo, porque sería exagerar mucho; quien pueda entender que entienda…

Democracia vs. Libertad

9 de Mayo de 2008. Por Secretarí­a

José Joaquín Fernández*

¿Son la libertad y la democracia sinónimos o antónimos? ¿O son más bien como conceptos independientes que pueden ir de la mano como amigos pero que otras veces son enemigos a muerte? La respuesta a estas interrogantes depende de la claridad de los conceptos que tengamos sobre libertad y democracia.

El primer punto es que la libertad del ser humano es un derecho natural. “Todo ser humano nace libre…” dice el primer artículo de la declaración universal de los derechos humanos. Es decir, la libertad es anterior a la creación de cualquier Estado y el ser humano es libre por naturaleza y no por decisión o voluntad del gobierno, del legislador o de las mayorías. La mejor prueba de que el ser humano es libre es que, si no lo fuera, entonces sería esclavo —de alguien. En términos materiales, ser esclavo significa que la persona no pude disponer libremente de su propiedad libremente adquirida y por tanto el respeto a la propiedad privada y al ingreso honestamente adquirido son expresión de la libertad. Libertad y propiedad privada son distintas caras de la misma moneda. Por eso es que Marx en el Manifiesto Comunista expresa como objetivo último comunista la abolición de la propiedad privada, es decir, de la libertad.

Por otra parte, democracia significa el gobierno de las mayorías, la voluntad de las mayorías. Esto nace como reacción a las monarquías absolutas en donde el gobierno, y por ende la ley, era la voluntad del soberano. Como dijo Luis XIV: “El Estado soy yo”. Sin embargo, la democracia, —el gobierno de la voluntad de las mayorías— implica por definición que ni la libertad individual, ni la propiedad privada, ni la libertad económica son valores o derechos naturales. En este sentido los gobiernos de Hugo Chávez, Evo Morales, Adolfo Hitler, Daniel Ortega, Rafael Correa no son violadores de la democracia sino productos naturales de ella. Ninguno ha entrado por la cocina sino por la puerta grande. El socialismo en la democracia no es usurpación de la libertad individual porque el gobierno de las mayorías no presupone necesariamente la defensa de la libertad individual.

Un corolario de la libertad individual es la libertad económica. Quien es dueño de su ingreso y propiedad honestamente adquirida es libre para comerciar, comprar, vender, alquilar, empeñar, asegurar, prestar, producir, importar, exportar, intercambiar, regalar, recibir, heredar sin restricción de ningún tipo (incluyendo permisos, cuotas, licencias o patentes) con cualquier otro ser humano sin importar nacionalidad o credo religioso. Creer en la libertad individual es demandar el derecho a la libertad económica y al libre comercio por razones morales y éticas.

Por otra parte, quien no cree en la libertad individual sino en la voluntad de las mayorías o en la democracia, somete el libre comercio a referendos o la voluntad del legislador que representa a las mayorías. Quien cree en la democracia, no debe ver objeción a los obstáculos al libre comercio creados por ley bajo la institucionalidad democrática. Creer en la democracia es creer en el derecho a oprimir a otro. Por el contrario, quien defiende la idea de que todo ser humano nace libre no cree ni en fronteras ni en aduanas.

Ya en 1960 en su libro “Constitution of Liberty” escrito por Hayek, quien fuera galardonado con el premio Nobel en Economía en 1974 escribió como la democracia ha fracasado en preservar la libertad individual. Si democracia es el derecho de las mayorías contra la libertad individual, entonces libertad y democracia son valores distintos que se contraponen. Pero no solo Hayek sino autores como Ortega y Gasset en su libro “España Invertebraba” (1921) y Peter Drucker en “The End of Economic Man: The origins of totalitarism” (1939) nos hablan desde mucho tiempo atrás sobre esta contradicción entre libertad y voluntad de las mayorías (democracia).

El ser humano debe defender la libertad individual y no tanto la democracia. En este punto debe quedar claro que hablar de democracia liberal es un absurdo. Tampoco tiene sentido discutir si lo mejor es una democracia presidencialista o una parlamentaria, ni discutir sobre los pesos o contrapesos ni la división de poderes en la democracia porque como dice Murray Rothbard en “For a New Liberty” (1976), es el mismo gobierno decidiendo sobre sí mismo. Lo importante es defender la libertad individual frente al gobierno, a los empresarios y los sindicalistas. La democracia no es un valor, la libertad sí lo es. Como decía Lord Acton: “La libertad no es un medio para un fin político superior. Es en sí mismo el fin político máximo”.

* José Joaquín Fernández es parte del programa doctoral en Economía de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala, posee un Master en Economía Empresarial por la misma universidad y completó el “International Program in Finance and Managerial Economics” en Boston University. Consultor internacional, fue funcionario del Banco Central de Costa Rica, fundador y gerente de varias empresas, miembro del Consejo Permanente de la ANFE y Secretario General adjunto del Comité Ejecutivo del Partido Movimiento Libertario. Actualmente es Presidente del Instituto Libertad y miembro de la Internacional Society for Individual Liberty, entre otras organizaciones. Ha escrito numerosos ensayos en la prensa nacional de Costa Rica sobre temas económicos y políticos y es autor del libro: “Causa de la inflación, cierre del Banco Central y dolarización en Costa Rica”.

Tu nombre me sabe a hierba

6 de Mayo de 2008. Por Secretarí­a

GERARDO SOTELO

La marcha mundial por la liberalización de la marihuana también recaló en nuestras costas. Otra vez en el Molino de Pérez, unos tres mil jóvenes reclamaron su derecho a consumir y plantar la hierba sin riesgo de terminar en un calabozo o en la cárcel.

La discusión en torno a la prohibición de ciertas sustancias psicoactivas es tan neurótica y prejuiciada que dificulta cualquier consideración medianamente sensata del asunto. El discurso público reproduce tales extravagancias. Así, se la denomina “las drogas” (como si no hubiera otras, tanto o más perniciosas, de curso legal), “el problema de las drogas” (como si sólo fuera posible un consumo problemático), “los jóvenes y las drogas” (como si fuera un asunto ajeno a los hábitos de los adultos) y antes de que se pueda esgrimir cualquier matiz, aparece el fantasma de la adicción y el narcotráfico.

Los procedimientos argumentales son groseros pero efectivos. De momento, han logrado marginar las voces de quienes creen que el camino de la legalización opera a favor de la responsabilidad individual, la libertad y la verdadera profilaxis. Además, lo han hecho sin esgrimir una sola razón que permita saber a ciencia cierta por qué un vendedor de drogas se llama bolichero y otro narcotraficante. ¿Es por sus efectos sobre la conducta del consumidor? ¿Por su grado de adictividad? El discurso convencional logró invertir la carga de la prueba: en lugar de ser los prohibicionistas los que deban explicar las razones de tan arbitraria e ineficiente censura, son sus víctimas las que tienen que justificar por qué están reclamando respeto por sus derechos.

La respuesta recuerda lo que decían los militares y sus acólitos durante la dictadura: “¿para qué quieren democracia? ¿Para que vuelvan los atentados y las huelgas?” Así las cosas, ¿para qué habríamos de querer “más drogas”? ¿Para que haya más delincuencia y adicciones? La idea de que la mayor libertad es el germen del relajo y la anarquía, no pasa de ser un prejuicio probadamente falso. Lo que destruye la vida familiar y comunitaria así como las instituciones democráticas, no es la disponibilidad de ciertas sustancias sino las leyes absurdas, los burócratas bienmandados, la doble moral, los gobernantes y policías corrompidos por los narcodólares y las mafias creadas por la ilegalización.

Ahora que rememoramos los cuarenta años del mayo francés y la revuelta generalizada del 68, deberíamos pensar dónde se encarnan en nuestros días los valores decrépitos que aquellos jóvenes ayudaron a sepultar. Esa moralina que censura por peligrosa toda alteridad y toda ausencia de la realidad, esa versión momificada del ser humano según la cual la única dimensión de la existencia es nuestro ser colectivo y civilizado, alejado de su dimensión lúdica, cósmica y animal.

La mejor manera de reflexionar sobre los riesgos del consumo abusivo no es bajo la coacción represiva sino bajo el estímulo de la libertad y la responsabilidad individual. Después de todo, es una práctica que acompaña a los humanos desde los albores de la civilización y lo seguirá haciendo, dentro o fuera de la ley.

Como digo una cosa digo la otra

5 de Mayo de 2008. Por Secretarí­a

JULIO PREVE FOLLE

Lanzado a reacomodar su discurso con el fin de viabilizar una fórmula detrás de Astori, el ex ministro Mujica ha realizado una serie de manifestaciones en su programa de radio a favor de la no intervención en los precios, que llamaron la atención de la prensa de izquierda; concretamente las levantó La República el 21 de abril recogiendo su planteo en contra de los subsidios domésticos: “… Si hay un precio elevado es porque alguien lo paga… no se puede andar toqueteando los precios… es mejor y más transparente asistir directamente a los damnificados… hay que revisar la historia del (Frigorífico) Nacional y los stock reguladores, de los controles del comercio exterior…”. Todo esto parece plausible, aunque opuesto a lo que se practicó durante su gestión en el MGAP con dispar resultado, para intervenir en el mercado de los lácteos, de los granos, del asado, de las frutas y verduras, del pollo, etc. Con todo, el cambio podría ser bienvenido; pero —como digo una cosa digo la otra— completó su análisis diciendo que el problema de los arrendatarios, que no pueden mantenerse en actividad por la suba de las rentas que otros productores rurales pagan, debe solucionarse con una extensión compulsiva y legal de los plazos de los contratos de arrendamiento por un año. Se ve que en este caso no le parece riesgosa la intervención en los mercados, ni considera importantes los efectos de semejante distorsión de las reglas de juego de los contratos privados.

LA TIERRA. Vengo de un tiempo en el que se habló tanto de la tierra, de las estructuras, de la reforma agraria, de su tamaño y tenencia, que confieso que antes que sobre este tema empiece alguien de la orientación del MGAP a hablar, me vienen en tropel al recuerdo, todos los lugares comunes de siempre: tierra para el que la trabaja, que la tierra esté en manos nacionales, no al latifundio, hay que radicar al productor en el campo, hay que gravar la tierra para que produzca más, y un sinnúmero de fruslerías del tipo de las que acabo de mencionar como muestra. Algunas de ellas están vacías de contenido real, otras son un sinsentido económico, y todas han sido avasalladas por una realidad que es la de las producciones intensivas en capital en grandes extensiones, con la propiedad dividida en miles de tenedores de papeles, de aquí o del exterior, sin posibilidad siquiera de conocer el domicilio de esos titulares; o con la tierra valiendo la tercera parte de lo que en ella hay que poner para trabajar. Y todo esto empujando un desarrollo único.

El llamado modelo económico alternativo, que bien puede caracterizarse con la frase del título, logró no obstante prohibir por la ley 18.092 las sociedades anónimas por acciones al portador en el campo. Pero —como digo una cosa digo la otra— abrió la puerta para autorizarlas de a una por resolución presidencial, cosa que se hizo con las grandes forestadoras y ahora, por decreto 201/08 del mes pasado, se abrió aún más la posibilidad a fondos de inversión, algunas sociedades comerciales, administradoras de fondos de ahorro previsional, fondos de pensión de cualquier país, y finalmente, cualquier sociedad anónima cuyo proyecto se considere prioritario para el desarrollo productivo (sic). En otras palabras el decreto, probablemente yendo contra la ley, permite de nuevo todas las sociedades anónimas por acciones al portador aunque sujetas a un trámite: como digo una cosa digo la otra. De cualquier forma hay que dar la bienvenida al cambio, ya quedaba bastante ridículo tener que averiguar si Botnia pertenecía a Cacho Botnia, o si Stora Enso respondía al Tito Stora o al Lucho Enso.

ARRENDAMIENTOS ATACADOS. Esta mezcolanza conceptual que tiene la administración con la propiedad de la tierra, se amenaza ahora con extenderla a los arrendamientos rurales, la forma más extendida hoy de acceso a la tierra y a las múltiples sociedades tan variadas como la vida misma, que gracias a Dios no pueden encuadrarse en formatos rígidos como hasta hace pocos años atrás.

Como se recordará, hasta 1990 la legislación sobre arrendamientos rurales de la ley 14.384 —prima hermana de la 14.219 de arrendamientos urbanos— dejaba fuera de la voluntad de las partes nada menos que el plazo contractual y la renta, supuestamente en beneficio del arrendatario y de su estabilidad en la tierra. Es decir que cualquiera fuera el plazo contractual, el arrendatario podía finalmente quedarse hasta diez años. Y cualquiera fuera la renta pactada, con intervención judicial se la podía modificar.

La realidad golpeó esta locura, y así fue que se destruyó la oferta de tierras para arrendar; nadie en su sano juicio podía ofrecer un campo en arrendamiento si el plazo y la renta podían quedar fuera de su voluntad. Para huir de estas disposiciones, se utilizaban hasta el hartazgo dos figuras que la propia ley declaraba excluidas de ella: el pastoreo de hasta once meses, y los contratos por una sola cosecha. Estos mecanismos de absoluta inestabilidad previstos como excepciones, se convirtieron en norma general. Y el arrendamiento como mecanismo ágil y rico para recoger la voluntad de las partes en variedad de plazos, formas de renta, de ajuste de ésta, asociaciones, etc., estaba muerto y enterrado. Sobre fines de los noventa se aprobó la reforma de esta ley introduciendo la libre contratación hasta donde se pudo, pero en cualquier caso recuperando para los contratantes en ejercicio de su libertad, el derecho de pactar lo que se les diera la gana, arrancando el plazo y la renta del orden público.

Lo que vino después es conocido. Superados los miedos de que alguien se quedara en el campo lo que quisiera, la tierra ofrecida para arrendar reapareció, y desaparecieron también los pininos que había que hacer para disfrazar los arriendos de pastoreos, para que no pasaran los once meses, animándose todo el mundo a hacer contratos por dos años, tres, o lo que sea. Es más; hoy el gran desarrollo agrícola se basa en contratos de cinco cosechas, de tres años, y a nadie llama la atención. Es verdad por cierto que luego de firmado un contrato, andado el tiempo del mismo las condiciones económicas pueden cambiar a favor de arrendador o arrendatario, quienes a lo mejor no pactaron mecanismos de reajuste o aun de revisión. Pero esto en todo caso es un mal que puede aquejar a los contratantes, y que debería ameritar como máximo que cambiaran de abogado en la próxima oportunidad. Nada más.

INACEPTABLE. En cambio lo que definitivamente no puede aceptarse es lo de Mujica. Inclinándose en favor de algún arrendatario que no puede pagar las elevadas rentas que otros colegas sí pueden, y perjudicando al arrendador no sólo en su renta sino en su decisión futura de arrendar, propone prorrogar por ley todos los arrendamientos. Se trata de una barbaridad que arrancaría de la libre elección de los ciudadanos otro ámbito de actuación. Si la ley se entrometiera en el terreno de las partes reservado al contrato, habrá efectos económicos varios. Entre ellos el despojo al arrendador, o la felicidad transitoria del arrendatario. Pero al año siguiente habría mucho menos arrendadores con voluntad de entregar su tierra a otros productores, que le pueden sacar más rendimiento por su bien y el del país. Volver a postulados de una ley del año 1975 que fracasó rotundamente, es retroceder no solo económicamente sino en calidad institucional.

Y la gran oportunidad de negocios que se abre para tantos empresarios arrendadores y arrendatarios quedaría malherida. El avance agrícola, desarrollado sobre rentas de arrendamiento en zonas ganaderas desafiadas a producir mucho más en menos espacio, se habría paralizado. Como se sabe, muchos agricultores grandes en capital y capacidad de gestión avanzan por su bien y el del país pagando rentas elevadas para lo que es el ingreso ganadero, ya que compiten por esas tierras. De esta forma los ganaderos en menos espacio se ven compelidos a producir mucho más, con frecuencia con el aporte de ración de esos agricultores, que pagan su renta con dinero y también con grano barato. Es un proceso estimulante para el país, de transformación radical del paisaje productivo, con aumentos notables de la producción agrícola y de carne vacuna.

A este proceso es al que se le quiere poner un palo en la rueda con el modelo alternativo. Se trata de algo muy grave, mucho más que chichonear con el precio del asado, del trigo o de las verduras; y apunta al corazón del desarrollo agropecuario, bloqueando una forma probadamente eficaz de empezar a acceder a la tierra, así como un mecanismo de asociación preferido en los nuevos escenarios de integración agrícola ganadera.

Abjurar del intervencionismo en el precio de algunos bienes para proponer en el mismo momento hacerlo en los arrendamientos, no puede tomarse como una anécdota simpática más de las recogidas en las declaraciones del tipo de las del título. Es mucho peor y justifica estar atentos; no sólo por un tema económico, sino fundamentalmente para defender al contrato, expresión práctica del ejercicio de la libertad económica.

Empecemos por el principio

5 de Mayo de 2008. Por Secretarí­a

ALBERTO MEDINA MÉNDEZ

La violencia es un fenómeno detestable. Genera rechazo, pero mucho más aun cuando ésta se manifiesta en niños o adolescentes. Abundan en estos tiempos noticias que nos hablan de violencia infantil y escolar.

Los seres humanos solemos pretender mirar al costado cuando de responsabilidades se trata. Es por eso que para describir aberrantes hechos que ocurren a diario con el indeseable protagonismo de jóvenes y niños, se recurre a argumentos muy ingenuos que gozan de una extraña aceptación general en la sociedad.

Uno de los responsables preferidos suele ser el consumismo y la globalización. Atribuirle a fenómenos sociales y económicos, a los deseos de progreso, al interés por poseer bienes o sumarse a modas circunstanciales supone una simplificación tan burda como inexacta. Esta preferencia por usar esta línea argumental tiene que ver más bien con aquellos que juzgan todo con el cristal de la ideología que los obsesiona. Todos los problemas de la sociedad tienen estrecha relación con ello y son invariablemente la consecuencia del sistema económico que detestan, del mercado, del capitalismo y de cuanto ícono simplificado pueda describir esa forma de vida que han decidido combatir.

Otro argumento siempre presente tiene que ver con el comportamiento de los medios de comunicación, especialmente de la televisión. La difusión de noticias cargadas de violencia, la emisión de contenidos de éste tipo, promueven, según esta simplista mirada, la violencia infantil. El alcohol, las drogas y cuanta adicción se nos ocurra, se lleva otra parte relevante de la explicación.

Todos estos diagnósticos, derivan irremediablemente en exigir más controles por parte del Estado, para que eviten la venta de bebidas alcohólicas, solicitando la profundización de la lucha contra el narcotráfico, una mayor presencia policial y un Gobierno omnipresente, preventivo y vigilante que nos garantice que estos males no nos afectarán en momento alguno.

Esta forma de razonar la vida, que se aplica a buena parte de las cosas que nos pasan a diario, busca responsables por fuera de nosotros. Pretende encontrar enemigos de gran envergadura, preferentemente intereses económicos, que amparados en su poder justificarían sus permanentes triunfos, llevando así a nuestros hijos por el mal camino.

Esta conducta autista, nos libera. Evita que seamos nosotros los responsables del problema. Esta teoría, después de todo, explica porque los medios, la globalización, las drogas, el Estado, la escuela, la policía, el alcohol, el mercado, son enemigos demasiado poderosos para que nosotros, los padres, podamos hacer algo al respecto.

Así las cosas, exigimos que los demás actúen por nosotros, mientras nos llenamos la boca criticando todo cuanto nos rodea. Mientras tanto, no podemos explicar porque nos cuesta tanto dialogar e interpretar a esta generación de niños y adolescentes.

Somos los padres y no otros los responsables. Es la familia el ámbito donde se juega el partido. Es en los valores transmitidos y aprendidos donde se define la cuestión. Es cierto que no hay manuales para padres, que no sabemos como educar a nuestros hijos y que mucho menos existen recetas y fórmulas mágicas que resuelvan el asunto.

Pero tal vez sí valga la pena recorrer algunos caminos más seguros. Por superficial que parezca, el amor, el diálogo, la tolerancia, la paciencia, la comprensión absoluta y el intento por entender más que por imponer, pueden servir como guía y orientación. Los padres, muchas veces, no sabemos como abordar a nuestros hijos. Resulta difícil establecer diálogos profundos, pero tampoco fue menos sencillo lo que les tocó en suerte a nuestros padres y abuelos.

Nadie puede desconocer que el mundo hoy nos plantea nuevos peligros y desafíos. Cierto es también que los padres tropezamos con innumerables dificultades para encontrar espacios que posibiliten tender puentes para la construcción de una relación sólida con nuestros hijos. El trabajo, el deseo de progreso asociado a ofrecer a nuestros hijos mejores oportunidades, son parte de la naturaleza humana y no hay porque renegar de ello. En todo caso, cabe hacerse la autocrítica, para saber exactamente que nos impide resolver esta ecuación.

Mucho se ha hablado de la ausencia de modelos. Los códigos de los adultos se trasladan a los jóvenes irremediablemente. El tirar la pelota afuera, el des-responsabilizarnos de lo que sucede, no nos acerca a la solución del problema. Nosotros estamos convocados a ser los modelos de nuestros hijos. Nosotros y no otros. Debemos aceptar esa indelegable responsabilidad. Lo que no transmitimos con el ejemplo mal podemos exigirles. Comunicar conceptos positivos, predicar con amor, hacer un culto de la amistad, intentar ser íntegros, honestos y trabajadores es la tarea. El hombre en su esencia alberga virtudes y defectos. La labor de desarrollar las primeras y minimizar los últimos es la lucha misma por convertirnos en el ejemplo más concreto para nuestros hijos.

Si sólo transmitimos sentimientos negativos y mostramos cotidianamente lo peor de nosotros mismos, pues las consecuencias estarán a la vista.

El “ojo por ojo, diente por diente”, la venganza, la revancha el rencor, el odio, la mezquindad, la envidia, la infamia, son sólo una breve lista de las formas negativas de comunicarnos.

Somos la fuente de valores para nuestros hijos. La sociedad es lo que cada uno de nosotros hace en sus hogares. Tenemos la sociedad que nosotros mismos supimos construir. Cuando sólo nos enfocamos en nuestras frustraciones, en los sentimientos negativos más profundos, y vomitamos odio, intolerancia, baja autoestima, abulia, malicia e indignidad, no debemos esperar otra cosa que lo que nos pasa.

No hay fórmulas, está claro. Pero algo es evidente. El camino no es buscar responsables afuera. Ni la televisión, ni los gobiernos, ni la economía, ni mucho menos la globalización y los fantasmas de la droga, el alcohol y cada una de las adicciones, son suficientes para doblegar a nuestros hijos cuando ellos están llenos de amor, e inundados de padres que “trabajan” para que ellos sean mejores.

Se le atribuye a un proverbio chino esta afirmación: “Antes de iniciar la labor de cambiar el mundo, da tres vueltas por tu propia casa.” Tal vez éste sea el camino que debamos recorrer los padres para empezar a revertir esta historia llena de violencia escolar y juvenil. No reclamemos a otros. Empecemos por el principio.

Muerte y resurrección de Hayek

24 de Abril de 2008. Por Secretarí­a

MARIO VARGAS LLOSA*

Si tuviera que nombrar los tres pensadores modernos a los que debo más, no vacilaría un segundo: Popper, Hayek e Isaías Berlin. A los tres comencé a leerlos, hace 20 años, cuando salía de las ilusiones y sofismas del socialismo y buscaba, entre las filosofías de la libertad, las que habían desmenuzado mejor las falacias constructivistas (fórmula de Hayek) y las que proponían ideas más radicales para lograr, en democracia, aquello que el colectivismo y el estatismo habían prometido sin conseguirlo nunca: un sistema capaz de congeniar esos valores contradictorios que son la igualdad y la libertad, la justicia y la prosperidad. Entre esos pensadores, ninguno fue tan lejos ni tan a fondo como Frederich von Hayek, el viejo maestro nacido en Viena, nacionalizado británico, profesor en la London School of Economics, en Chicago y en Friburgo —en verdad, ciudadano universal—, que acaba de morir, en sus luminosos 92 años, y a quien el destino deparó acaso la mayor recompensa a que puede aspirar un intelectual: ver cómo la historia contemporánea confirmaba buena parte de sus teorías y hacía añicos las de sus adversarios.

De estas tesis, la más conocida, y hoy tan comprobada que ha pasado a ser poco menos que una banalidad, es la que expuso en su pequeño panfleto de 1944, The road to serfdom (Camino hacia la servidumbre): que la planificación centralizada de la economía mina de manera inevitable los cimientos de la democracia y hace del fascismo y del comunismo dos expresiones de un mismo fenómeno, el totalitarismo, cuyos virus contaminan a todo régimen, aun el de apariencia más libre, que pretenda controlar el funcionamiento del mercado.

La famosa polémica de Hayek con Keynes no fue nunca tal cosa, sino el alegato solitario, y transitoriamente inútil, de un hombre con convicciones contra la cultura de su época. Las teorías intervencionistas del brillante Keynes, según el cual el Estado podía y debía regular el crecimiento económico, supliendo las carencias y corrigiendo los excesos del laissez-faire, eran ya un axioma incontrovertible de socialistas, socialdemócratas, conservadores y aun supuestos liberales del viejo y nuevo mundo, cuando Hayek lanzó aquel formidable llamado de atención al gran público, que resumía lo que venía sosteniendo en sus trabajos académicos y técnicos desde que, en los años treinta, junto a Ludwig von Mises, inició la reivindicación y actualización del liberalismo clásico de Adam Smith. Aunque The road to serfdom alcanzó cierto éxito, sus ideas sólo tuvieron eco en grupos marginales del mundo académico y político, y, por ejemplo, el país en el que fue escrito el libro, Gran Bretaña, inició en esos años su marcha hacia el populismo laborista y el Estado-benefactor, es decir, hacia la inflación y la decadencia que sólo vendría a interrumpir el formidable (pero, por desgracia trunco) sobresalto libertario de Margaret Thatcher. Como Von Mises, como Popper, Hayek no puede ser encasillado dentro de una especialidad, en su caso la economía, porque sus ideas son tan renovadoras en el campo económico como en los de la filosofía, el derecho, la sociología, la política, la historia y la ética. En todos ellos hizo gala de una originalidad y un radicalismo que no tiene parangón dentro de los pensadores modernos. Y, siempre, manteniendo el semblante de un escrupuloso respeto de la tradición clásica liberal y de las formas rigurosas de la investigación académica. Pero sus trabajos están impregnados de fiebre polémica, irreverencia contra lo establecido, creatividad intelectual y, a menudo, de propuestas explosivas, como la de privatizar y librar al mercado la fabricación del dinero de las naciones.

Su obra magna es, tal vez, Constitution of liberty (La constitución de la libertad), de 1960, a la que vendrían a enriquecer los tres densos volúmenes de Derecho, Legislación y Libertad en la década de los setenta. En estos libros está explicado, con una lucidez conceptual que se apoya en un enciclopédico conocimiento de la práctica, de lo vivido en el curso de la civilización, lo que es el mercado, ese sistema casi infinito de relación entre los seres que conforman una sociedad, y de las sociedades entre sí, para comunicarse recíprocamente sus necesidades y aspiraciones, para satisfacerlas y materializarlas, para organizar la producción y los recursos en función de aquéllas, y los inmensos beneficios en todos los órdenes que trajo al ser humano aquel sistema que nadie inventó, que fue naciendo y perfeccionándose a resultas del azar y, sobre todo, de la irrupción de ese accidente en la historia humana que es la libertad.

Sólo para los ignorantes y para sus enemigos, empeñados en caricaturizar la verdad a fin de mejor refutarla, es el mercado un sistema de libres intercambios. La obra entera de Hayek es un prodigioso esfuerzo científico e intelectual para demostrar que la libertad de comerciar y de producir no sirve de nada —como lo están comprobando esos recién venidos a la filosofía de Hayek que son los países ex socialistas de Europa central y de la ex Unión Soviética y las repúblicas mercantilistas de América Latina— sin un orden legal estricto que garantice la propiedad privada, el respeto de los contratos y un poder judicial honesto, capaz y totalmente independiente del poder político. Sin estos requisitos básicos, la economía de mercado es una pura farsa, es decir, una retórica tras de la cual continúan las exacciones y corruptelas de una minoría privilegiada a expensas de la mayoría de la sociedad.

Quienes, por ingenuidad o mala fe, esgrimen hoy las dificultades que atraviesan Rusia, Venezuela y otros países que inician (y, a menudo, mal) el tránsito hacia el mercado, como prueba del fracaso del liberalismo, deberían leer a Hayek. Así sabrían que el liberalismo no consiste en soltar los precios y abrir las fronteras a la competencia internacional, sino en la reforma integral de un país, en su privatización y descentralización a todos los niveles y en la transferencia a la sociedad civil, a la iniciativa de los individuos, soberanos de todas las decisiones económicas. Y en la existencia de un consenso respecto a unas reglas de juego que privilegien siempre al consumidor sobre el productor, al productor sobre el burócrata, al individuo frente al Estado y al hombre vivo y concreto de aquí y de ahora sobre esta abstracción: la humanidad futura. El gran enemigo de la libertad es el constructivismo, aquella fatídica pretensión (así se titula el último libro de Hayek, Fatal conceit, de 1989) de querer organizar, desde un centro cualquiera de poder, la vida de la comunidad, sustituyendo las formas espontáneas, las instituciones surgidas sin premeditación ni control, por estructuras artificiales y encaminadas a objetivos como racionalizar la producción, redistribuir la riqueza, imponer el igualitarismo o uniformar al todo social en una ideología, cultura o religión. La crítica feroz de Hayek al constructivismo no se detiene en el colectivismo de los marxistas ni en el Estado-benefactor de socialistas y socialdemócratas, ni en lo que el socialcristianismo llama el principio de la supletoridad, ni en esa forma degenerada del capitalismo que es el mercantilismo, es decir, las alianzas mafiosas del poder político y empresarios influyentes para, prostituyendo el mercado, repartirse dádivas, monopolios y prebendas.

No se detiene en nada, en verdad. Ni siquiera en el sistema del que ha sido, acaso, el más pugnaz valedor de nuestro tiempo: la democracia. A la que, en sus últimos años, el indomable Hayek se dedicó a autopsiar de manera muy crítica, describiendo sus deficiencias y deformaciones, una de las cuales es el mercantilismo y, otra, la dictadura de las mayorías sobre las minorías, tema que lo hizo proclamar que temía por el futuro de la libertad en el mundo en los precisos momentos en que se celebraba, con la caída de los regímenes comunistas, lo que a otros parecía la apoteosis del sistema democrático en el planeta. Para contrarrestar aquel monopolio del poder que las mayorías ejercen en las sociedades abiertas y garantizar la participación de las minorías en el Gobierno y en la toma de decisiones, Hayek imaginó un complicado sistema —que no vacilo en llamar utopía— llamado la demarquía, en el que una Asamblea legislativa, elegida por 15 años, entre ciudadanos mayores de 45 años y por hombres y mujeres de esa misma edad, se encargaría de velar por los derechos fundamentales, en tanto que un Parlamento, semejante a los existentes en los países democráticos, estaría dedicado a los asuntos corrientes y a los temas de actualidad.

La única vez que conversé con Hayek alcancé a decirle que, leyéndolo, había tenido a ratos la impresión de que algunas de sus teorías (no la demarquía) materializaban aquel ambicionado fuego fatuo: el rescate, por el liberalismo, del ideal anarquista de un mundo sin coerción, de pura espontaneidad, con un mínimo de autoridad y un máximo de libertad, enteramente construido alrededor del individuo. Me miró con benevolencia e hizo una cita burlona de Bakunin, por quien, naturalmente, no podía tener la menor simpatía.

Y, sin embargo, en algo se parecen el desmelenado príncipe decimonónico de vida aventurera que quería romper todas las cadenas que frenan o ciegan los impulsos creativos del hombre, y el metódico y erudito profesor de mansa vida que, poco antes de morir, afirmaba en una entrevista: “Todo liberal debe ser un agitador”. En la fe desmedida que ambos profesaron siempre a esa hija de azar y la imaginación que es la libertad —la más preciosa criatura que el Occidente haya aportado al mundo— para dar soluciones a todos los problemas y catapultar la aventura humana siempre a nuevas y riesgosas hazañas.

* Artículo publicado en el diario El País (Madrid), el 5 de abril de 1992.