La carretilla del Estado es su pueblo
9 de Noviembre de 2007. Por SecretaríaTítulo de carácter popular representativo de lo que el Estado es a su ciudadanía hoy más que nunca: un peso cada vez más difícil de cargar. Muchas veces resulta más fácil al hombre comparar situaciones que en explicación teórica no es tan sencillo que como resulta de compararlo con elementos de la vida diaria, que todos conocemos y que son ejemplificantes de complejas explicaciones. La carretilla es una herramienta que posibilita al trabajador transportar los elementos de su oficio y alivianar su tarea para realizar menor esfuerzo y obtener mayor rendimiento en la ejecución de la obra, ya sea ésta construcción, labores en agricultura, etc. Para lograr un buen desempeño de éste instrumento de trabajo, quien la dirige debe saber colocar la carga justa según su volumen, de forma tal de que quede bien colocada en su posición para obtener el equilibrio deseado y no volcar, como así también no incrementar demasiado su peso para que resulte fácil su traslado. Cuando éste peso es excesivo limitamos el movimiento sino lo imposibilitamos, a sabidas cuentas de que la rueda se tranca provocando impedimento para concretar su finalidad, que es facilitar el trabajo. Esta es la situación actual del país en éste momento: la carretilla está mal cargada, sin equilibrio y con excesivo peso.
¿Cómo un país puede producir más rápido, con mayor eficiencia y agilidad cuando el pueblo que es la carretilla no soporta al Estado que lleva a cuestas? Así imposible, la solución aparenta ser fácil a simple vista, pues bastaría con equilibrar mejor su carga y no incrementar el peso, pero vemos que cada día nuestros gobernantes lo desequilibran más y más a través del incremento de los funcionarios públicos —que además reclaman hasta el imposible por mayores salarios; total pagamos todos y no se nota—, y encima agregan más peso a través del aumento real de la carga impositiva que, aunque se diga que no es tal, lo es. Cuando el mundo actual exige conocimiento y permanente capacitación, seguimos acumulando empleados públicos que por inercia y por la protectora inmovilidad que los ampara lamentablemente en su mayoría están destinados al “sedentarismo intelectual”. Los funcionarios crecen en número y el Estado en peso, de éste modo se necesitan mayores ingresos para soportar esta parafernalia, sumado a los mencionados aumentos y aumentos reclamados incansablemente por quienes no tienen que producir para realmente sostener al país.
Otro peso abrumador es la actitud obsoleta a nivel internacional del paternalismo de Estado. Aún en la idea primaria de Estado keynesiano, su teórico John Maynard Keynes no proponía en su tratado el mecanismo de dar por dar, sino que en momentos de crisis el Estado debía devolver a la sociedad una parte de lo recaudado en épocas de prosperidad económica bajo la forma de generación de empleo para generar ingresos a los ciudadanos —empleos que van de la mano privada generalmente apostando a la infraestructura civil que beneficia al conjunto social— y no la inentendible y por demás injusta actitud actual hacia quienes aportamos y hacia quienes reciben. Es un postulado que el trabajo dignifica y ennoblece al hombre, eso es un derecho y el ser humano debería considerarlo una obligación para considerarse tal. Cuando no es así, lamentablemente construimos generaciones facilistas y hasta inculcamos un pensamiento de que es lo que corresponde, equiparándolo a un derecho cuando en realidad es una obligación. Por lo pronto, hasta que los gobernantes no entiendan y apliquen herramientas en mano estos principios en la construcción de una sociedad verdaderamente más hermanada, lo que se genera es cada vez más fragmentación social.
La igualdad no consiste en equiparar arbitrariamente a todos por igual sino que se ha de asegurar por todos los medios lícitos posibles las mismas oportunidades de acceso a la educación, la salud y el empleo. Teniendo las mismas oportunidades, es el hombre quien administrando su libre albedrío juzga y decide qué es lo adecuado. Para terminar y salvando las distancias, me gustaría invitarlos a leer a Voltaire en sus Cartas filosóficas cuando realiza una parodia (así se puede decir) en la carta “Sobre el Comercio” y compara a los comerciantes y negociantes con los sectores de la nobleza monárquica, por suerte en su mayor parte desterrada para beneficio de la humanidad. Aunque en diferente momento histórico y bajo una situación política completamente distinta a la actual, aún así la podríamos comparar con nuestro tiempo y sistema político y veríamos quienes realmente trabajamos para aportar, lo que es una verdad que se mantiene en el tiempo. Los invito a la lectura, ella cuando genera reflexión nos acerca un poco más a ese concepto que parece tan lejano al hombre: la sabiduría. Les envío un fuerte abrazo a todos quienes comparten conmigo y a quines no también, dado que la tolerancia es el único camino para lograr consenso en el disenso.
Esperando que la presente resulte de interés se despide con afecto y estima,
Juan Eduardo Cuitiño Ubal
Tala, Canelones